Tiempo de lamentos y quebrantos

Los independentistas catalanes con sus iniciativas unilaterales han provocado la crisis más compleja al sistema del 78. En contra de los que dicen que las crisis siempre presentan oportunidades de mejora, ésta nos aboca por desgracia a repetir nuestro pasado, la peor parte de la historia de España. Su desdén por todo lo español les ha llevado a catalogarnos como auditorio de una historia que están escribiendo a espaldas de su pasado y de la realidad. Su descabellada altanería ha estado a punto de convertirnos a los ciudadanos españoles en súbditos, porque la crisis catalana afecta muy directamente el sistema democrático español que protege y enmarca los derechos que nos presta la dignidad pública perdida durante los 40 años de franquismo.

Pero el envite independentista catalán igualmente ha divulgado los errores, las deficiencias y temores de la clase política española. La Transición fue un pacto del que conocemos casi todo. Pero por debajo de lo conocido hubo a mi juicio, un acuerdo, tal vez no voluntario ni desde luego explícito, para erradicar del escenario político español la sentimentalidad nacional. Sentimentalidad que fue causa, a juicio de quienes tenían la iniciativa política en aquellos momentos, de las terribles confrontaciones de los años treinta. Así el éxito de la democracia española se basó fundamentalmente en su utilidad para los distintos grupos políticos y, no hay que olvidarlo, para los ciudadanos en general. Los nacionalistas vieron en la Transición una estación muy conveniente para sus fines, los grandes partidos, dejando atrás las simbologías y el sentimentalismo, veían como nos íbamos pareciendo más a nuestros vecinos y los ciudadanos, debido al impresionante salto económico, pudieron gozar, por muchas críticas que se hicieran, de un nivel de vida impensable para nuestros padres. Todo ello sin los sólidos consensos históricos que tenían los países de nuestro entorno.

Cierto es que, a ese remanso racional y utilitario, los nacionalistas periféricos tiraban de vez en cuando piedras que provocaban suaves ondas de malestar en la ciudadanía pacífica. Pero el miedo a una reacción del nacionalismo español, que como otros europeos ya había mostrado su rostro en los años 30 del siglo pasado, sumado a la capacidad de un Estado nuevo y próspero para “comprar” a los nacionalistas, mantenía dominados los impulsos contrarios a la rutina oficial, siempre catalogados por tirios y troyanos de fachas, nostálgicos o reaccionarios. También parece cierto que en el ámbito político se inauguró un tiempo en el que el Estado permitía a los nacionalismos hacer “mangas y capirotes” en sus territorios respectivos a cambio de una mínima responsabilidad política en Madrid de la que los propios partidos nacionales se aprovecharon alternativamente durante ese tiempo. Podríamos resumir: “vosotros hacéis lo que queráis en vuestros territorios y en Madrid os comportáis responsablemente”. El campeón de esta estrategia, tan simple que debería provocar dudas, fue Jordi Pujol, intocable en Barcelona e imprescindible en Madrid para todos.

Causa de este acuerdo fue la debilidad de una derecha que siempre ha creído que su legitimidad electoral, la única que se debe tener en cuenta, no era suficiente para evitar no sé qué sombras del pasado. A la debilidad de la derecha se unió en esos tiempos una izquierda a la que empezaba a carcomer un criptonacionalismo que veía a España sobre todo como un problema. Los años de Gobierno de Suárez no sirvieron a la derecha para desembarazarse del inconsciente que les hacía prisioneros del pasado y las legislaturas de Felipe González nos deslumbraron tanto que nos impidieron ver cómo lo identitario comía espacio al cosmopolitismo; y no sólo en las Comunidades Autónomas nacionalistas. Lo más cercano se convertía en la base para los análisis, desdeñando análisis políticos nacionales, todo se convirtió poco a poco en una agregación de los intereses de las diversas Comunidades Autónomas. Sin que nos diéramos cuenta y escondidos bajo el discurso de la igualdad, iban ganando terreno proyectos más o menos insolidarios o conformistas.

Todas las estrategias de oposición o de Gobierno, cada vez en legislaturas más ásperas y aisladas, pasaban por atraerse en una u otra posición a los nacionalistas con promesas futuras o transferencias contantes y sonantes, sin un plan razonable de organización del Estado por parte de los grandes partidos nacionales. Se han negociado durante estos años transferencias a las Comunidades Autónomas que eran imposible devolver al Estado por las cuentas anuales o por un acuerdo parlamentario para salir del paso. La improvisación y el sectarismo rampante, que fue haciendo poco a poco más difícil los acuerdos entre los grandes partidos nacionales, así como el juego político coyuntural dieron como resultado una administración cara, duplicada, en cierta medida ineficaz y, sobre todo, un continuo y descontrolado poder en manos de los nacionalismos periféricos que no vieron lo obtenido como una mayor capacidad para gobernar mejor en su comunidad, sino como una acumulación de fuerzas para reforzar sus proyectos independentistas .

Esta intangible pero poderosa realidad unida a las consecuencias sociales de la crisis económica y a la aparición de nuevas expresiones políticas encuadradas sin duda en los nuevos populismos, han llevado al independentismo catalán a creer que su “Anunciación” particular había llegado. Los independentistas no cejarán por muchos trampantojos que introduzcan en su estrategia. Siempre he creído que el nacionalismo catalán en realidad preferiría una derrota a una victoria imposible de gestionar, aumentando así su calendario de fechas negras y el martirologio al que sucumben con trascendencia religiosa. Solemos olvidar a la hora de enfrentarnos a los nacionalismos que su lógica sacrifical les lleva donde la razón nos impediría llegar a los que carecemos de ese sentimiento tan parecido a la fe religiosa.

Por otro lado, la cautela de los partidos nacionales -carentes de un discurso nacional moderno, poderoso, republicano- ante la apuesta independentista abre hueco a la expansión sentimental de la sociedad española. Algo que no nos debería sorprender porque toda nuestra historia está repleta de explosiones populares -nuestro teatro clásico es una buena muestra del protagonismo popular en todos los aspectos de nuestra vida pública, en contraste con otros teatros nacionales cuyos actores principales son bien distintos -. Y, siendo sinceros, ese protagonismo popular, épico y avasallador del pueblo español, no siempre ha ido en la dirección que marcaba el progreso en nuestro entorno. Hoy, la reacción del pueblo, siempre espontánea, no es la muestra del fracaso de la nación, sino de la incapacidad del Estado, de la dirigencia política, de las élites. Cuando pudimos no supimos proyectar desde donde se podía un patriotismo constitucional, muy propio de países atormentados por su pasado, enmarcando la inevitable sentimentalidad que produce una larga historia en común en la concordia, la igualdad, la libertad y la razón. No nos importó procastinar todo ante unos nacionalismos expansivos; al fin y al cabo, todo se podía “comprar”. Hoy nos encontramos ante una iracunda embestida del independentismo catalán y un murmullo cada vez más creciente enfrente, que si hoy no es más que una reacción cívica -expresada en banderas en balcones y ventanas o en manifestaciones muy civilizadas y pacíficas- bien se puede convertir en un grito nacionalista tan peligroso como cualquier otro.

Los dirigentes políticos españoles, no me refiero a los que quieren aprovecharse del problema catalán para acercarse a sus delirios ideológicos, tienen un margen tan estrecho que les aleja de las mejores opciones. Ya no podrán ofrecer a los independentistas sin tener en cuenta su coste electoral y no encuentro ningún ofrecimiento que satisfaga a los nacionalistas en estos momentos, excepto la derrota a un altísimo coste para todos. Las soluciones políticas para acomodar el Estado a las inquietudes del nacionalismo periférico podrán ser variadas, imaginativas o arriesgadas, pero cualquiera que sea la opción tendrá que conjugarse con el fortalecimiento de lo que nos une a los españoles. Nada se podrá hacer por detrás y a oscuras, tampoco sin convencer a la mayoría, porque nos hemos situado en la siguiente encrucijada: o la reacción de un gran número de españoles la convertimos en el final de la Transición, a la que siempre faltó lo simbólico y lo sentimental, o corremos el riesgo de oponer al nacionalismo periférico un nacionalismo tan macizo, sólido y amenazador como el que ellos representan. Aunque suene mal en este periodo de “democratitis infantil” y teniendo en cuenta ese nuevo sujeto político activo, la solución está en el Estado no en la nación, en los políticos no en el pueblo, en las élites no en la gente. Pero para conseguirlo hace falta decir la verdad y estar dispuesto a no dar el mejor perfil personal en los próximos tiempos.

Adenda: La acción política necesita de discurso y realismo. Cuando se carece de discurso sólo quedan las leyes, cuando se pierde el principio de realidad aparecen las crisis, el caos. Y hoy estamos, por falta de ideas y de realidad, en un combate entre las leyes y el caos; nada bueno suele salir en el ámbito público si falta la política, que imponga y modere, que señale y prohíba, que incite y embride.

Nicolás Redondo Terreros es miembro del Consejo Editorial de EL MUNDO.

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