Tiempo de liderar, no de romper

Soy barcelonés, catalán, español y europeo. Entiendo que ser catalán, español y europeo era un sentimiento compartido por el 50,62% de los ciudadanos de Catalunya que en las últimas elecciones autonómicas de septiembre del 2015, que se consideraron “plebiscitarias”, votaron por opciones políticas no independentistas.

Vaya por delante que respeto, como debe ser, a todos aquellos que no piensan como yo. Por tanto, respeto a los partidarios de la separación de España, aunque no comparta su posición en absoluto. Y precisamente por ello reclamo la misma tolerancia y respeto para los que, siendo catalanes, queremos seguir formando parte de España. Aunque algunos digan que no, somos unos y otros igualmente catalanes.

Por otra parte, ¿quién sirve mejor a Catalunya? ¿Quienes promueven su independencia unilateral, sin respetar las leyes vigentes y abocándola, a mi juicio, a un callejón sin salida?, ¿o quienes defendemos la pertenencia a España y trabajamos desde las instituciones para procurar su liderazgo económico y social en beneficio de todos los catalanes?

Desde que empezaron a soplar los vientos independentistas he tomado posición públicamente en contra de la secesión. Lo cual no significa que haya dejado de trabajar un solo día por conseguir una Catalunya más fuerte, más rica y más plena.

Así lo he hecho, por ejemplo, al frente de la Fira de Barcelona. Gracias a la profesionalidad de un gran equipo y de la cooperación público-privada entre las empresas y las diferentes administraciones, hemos convertido a Fira de Barcelona en un referente mundial que atrae cada año a 2 millones de visitantes y en el último ejercicio ha generado unos ingresos de 165 millones de euros, en beneficio de Barcelona, Catalunya y España, que es lo mismo.

Catalunya ha sido históricamente un pueblo integrador, negociador y generoso. Pocas veces hemos sido destructivos y rupturistas. Por eso más de la mitad de los catalanes observamos entre desconcertados y perplejos cómo se afirma esa imagen de una Catalunya que niega España y quiere separarse como consecuencia del proceso secesionista que lideran nuestros gobernantes. Pero la mayoría de los catalanes no somos así.

España no puede prescindir de Catalunya. Y Catalunya tampoco puede renunciar a España. Nos unen estrechos lazos históricos, culturales, sociales y económicos que no se pueden soslayar. Catalunya forma parte de España y debe seguir haciéndolo desde una posición de liderazgo, la que tradicionalmente ha ocupado. Ambas realidades existen y pueden (deben) coexistir. La incompatibilidad y el antagonismo que se afirman desde el separatismo son falsos. La pertenencia a Catalunya no excluye, sino que incluye la pertenencia a España, como incluye la pertenencia a Europa. Son identidades complementarias. Con los indudables matices que se quiera, somos lo mismo y somos los mismos.

Desde las posiciones independentistas el debate se refiere a lo que Catalunya supuestamente pierde por su pertenencia a España. Deliberadamente se orillan los argumentos sobre lo que Catalunya gana estando dentro. Y se obvian, por otra parte, los males de la secesión.

Es cierto que existen insuficiencias de inversión del Gobierno central en Catalunya, pero no lo es menos que entre el 2006 y el 2015, el Gobierno de España ha invertido en Catalunya más de 8.000 millones de euros en infraestructuras. O que Catalunya ha sido desde el año 2012 la mayor beneficiada de los distintos mecanismos financieros creados para rescatar a las comunidades autónomas durante la crisis.

Estos datos no suponen, en modo alguno, que no podamos y debamos trabajar para mejorar el encaje de Catalunya en España y para que se reconozca plenamente la importancia de su aportación al resto del país y su peso institucional. Pero sin olvidar que Catalunya gana estando en España y que fuera de ella tiene mucho que perder.

Desde ese punto de vista, creo que la principal consecuencia sería quedar ‘ipso facto’ fuera de la Unión Europea con todo lo que ello conlleva: expulsión del euro, pérdida de competitividad de las exportaciones, dificultades de financiación y, en suma, empeoramiento generalizado de las condiciones socioeconómicas para empresas y familias catalanas. O sea, para la gran mayoría de los catalanes.
Recuperar el ‘seny’

Por todo ello, los catalanes no deben consentir ser convocados a un referéndum ilegal ni permitir la utilización de fondos públicos para construir argumentos falaces a favor de la independencia, que enmascaren las graves implicaciones de una ruptura unilateral con España.

La mayoría de los catalanes reclama atemperar los ánimos y recuperar el ‘seny’. Todavía estamos a tiempo de construir, no de destruir. De buscar el encuentro y no la desconexión. Es tiempo de procurar la normalidad y de liderar, no de separarse.

José Luis Bonet, empresario.

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