¿Tiempo de primavera para el nacionalismo?

¿El populismo todavía está en ascenso? Esa pregunta se cernirá sobre las elecciones en Israel, India, Indonesia, Filipinas, España y la Unión Europea en los dos próximos meses. Sin embargo, será inapropiada, ya que la verdadera contienda es entre nacionalismo e internacionalismo.

Sin duda, la división nacionalista-internacionalista está siendo impuesta por la fuerza por los propios populistas, particularmente el presidente norteamericano, Donald Trump, cuyo desdén instintivo por las leyes y las instituciones internacionales es claro desde ya hace tiempo. Pero también está siendo explotada por políticos más convencionales, incluidos algunos en la más multilateral de las instituciones, la Unión Europea, que está experimentando un cambio profundo en su dinámica política interna.

El término populismo simplemente describe una técnica de campaña utilizada por políticos insurgentes de toda índole. Por ende, su poder como epíteto político ha disminuido con el uso, especialmente en los años que transcurrieron desde el referendo del Brexit y la elección de Trump. Una vez en el poder, los populistas tienen que gobernar para complacer a sus votantes o, de lo contrario, arriesgarse a una derrota en la próxima elección.

Consideremos el Movimiento Cinco Estrellas (M5E), que llegó al poder en junio de 2018 como socio experimentado en la coalición gobernante de Italia, pero desde entonces ha perdido una serie de elecciones regionales, obteniendo la mitad de los votos con respecto a un año antes. Esa caída no refleja la desilusión de los votantes con las propuestas de políticas populistas del M5E; después de todo, ha logrado implementar el ingreso básico que prometió para las personas en busca de empleo. Más bien, la participación del M5E en la coalición se ha visto ensombrecida por la fuerte retórica nacionalista de su socio gobernante, el partido de derecha Liga.

Ahora, consideremos al primer ministro indio, Narendra Modi, al presidente filipino, Rodrigo Duterte, y al sobreviviente consumado por excelencia, el primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu. A diferencia del M5E, los tres hicieron campaña como populistas pero han gobernado como nacionalistas duros. En las elecciones del 9 de abril (Israel), del 11 de abril y 19 de mayo (India) y del 13 de mayo (Filipinas), lo que se pondrá a prueba es esa estrategia nacionalista.

Modi, Duterte y Netanyahu han utilizado el miedo –a los atentados terroristas de Pakistán, a los carteles de la droga y a los cohetes de Hamas, respectivamente- y han apelado al orgullo nacional. Su objetivo manifiesto es fortalecer al estado-nación frente a las amenazas extranjeras y domésticas, por medios tanto económicos como políticos. Han tenido poca consideración por las instituciones o leyes internacionales y, si llegan a considerar el contexto internacional, suele ser a través de relaciones bilaterales con Estados Unidos y/o China, y no tanto recurriendo al multilateralismo.

Hay otras cuestiones similares en juego en el período previo a la elección presidencial del 17 de abril en Indonesia, donde al presidente Joko Widodo (“Jokowi”) y a su rival, Prabowo Subianto, se los puede describir como “populistas”. La diferencia es que mientras que Jokowi se presenta montado en su experiencia de liderazgo de cinco años tanto en Indonesia como en el sudeste asiático en general, Prabowo se está posicionando más como un nacionalista al estilo de Duterte, como lo hizo en 2014.

En Europa, las políticas son diferentes, pero las divisiones clave son sorprendentemente similares. Los términos populista y euroescéptico no captan realmente el ascenso de partidos de extrema derecha como Vox en España, el Partido de la Libertad de Austria y Alternative für Deutschland (AfD) en Alemania; tampoco bastan para entender las políticas del primer ministro húngaro, Viktor Orbán, y del partido gobernante Ley y Justicia (PiS) de Polonia.

Sin duda, estos partidos son todos nacionalistas y conservadores y, por lo general, se oponen a la inmigración. Pero con una constante referencia a “la ley y el orden”, están explotando temores culturales más que militares o geoestratégicos. Por ende, si la extrema derecha obtuviera logros significativos en la elección general de España en abril, y luego en las elecciones del Parlamento Europeo en mayo, la manera correcta de analizarlo no será como un fenómeno anti-UE.

Un reequilibrio de poder hacia la derecha nacionalista representaría una visión cambiante de la UE, pero no un rechazo expreso al estilo Brexit. Auguraría un alejamiento aún mayor de la integración, hacia una estrategia intergubernamental más ad hoc para enfrentar cuestiones relacionadas con la inmigración y el estado de derecho. El alcance de las políticas verticalistas pronunciadas desde Bruselas sería significativamente más limitado. Y en tanto los estados miembro individuales de la UE empezaran a perseguir sus propias políticas hacia Rusia, Libia y otros terceros países, habría una amplia retirada de los esfuerzos por negociar políticas exteriores y de seguridad comunes.

Entonces, olvidémonos del populismo. La verdadera contienda en las elecciones de este año, así como en la elección presidencial de Estados Unidos en 2020, será entre nacionalismo e internacionalismo. En medio de las crecientes tensiones geopolíticas, mayores flujos de inmigración y el estrés persistente de las pasadas crisis financieras, el interrogante es si apelar a un orden internacional basado en reglas todavía puede ganarse el corazón de los votantes y calmar sus miedos. A falta de un liderazgo estadounidense que le dé credibilidad a esa idea, la respuesta es una incógnita.

Bill Emmott is a former editor-in-chief of The Economist.

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