Tiempo de purificación

Por Manuel Mandianes, antropólogo del Centro Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) y escritor (EL MUNDO, 01/02/07):

El 1 de febrero, toda la comunidad celta se lavaba y se limpiaba de las manchas del invierno, y los hombres descansaban de las fatigas de la milicia, con ocasión de la fiesta agraria de Imboc. La vispera, los celtas encendían un fuego en algún lugar del poblado, cada casa llevaba un tizón para encender el fuego del hogar y las cenizas de los rescoldos de la hoguera las esparcían sobre los sembrados para purificarlos, protegerlos de las pestes y propiciar la abundancia de las cosechas. Bridget, gran diosa de los irlandeses, protectora de los médicos y diosa de la fecundidad, sustituyó la fiesta de Imbolc (Guyonvarc h, Les fêtes celtes). Febrero, del latín februus, purificado y purificador, está jalonado de ceremonias para alcanzar la limpieza y la fecundidad de las mujeres y de los campos, para proteger a los seres vivos de tormentas y rayos, y mantenerlos a salvo de pestes y maldiciones. Los romanos daban a estos ritos el nombre de februaria. El ambiente orgiástico, de purificación y de fertilidad, no es del todo extraño al ambiente indoeuropeo de las fiestas de febrero (G. Dumèsil, Le problème des centaures).

Fauno, un día que vio pasar a la hermosa Lidienne, con un acompañante al lado, la siguió y entró en su cueva detrás de ellos. Con su órgano hinchado y más duro que un cuerno, se metió a oscuras en la cama más próxima a la de la hermosa mujer en la que estaba el joven que la acompañaba, quien lo empujó y lo hizo caer causando gran estruendo. Todo el mundo se despertó y Fauno tuvo que salir corriendo con sus vergüenzas al aire porque tenía la túnica remangada. Con los jirones de la piel de un macho cabrío que Inuus -una de las encarnaciones de Fauno y dios protector de la fertilidad de los rebaños- mandaba sacrificar, se golpeaba a las mujeres. Los golpes propiciaban su fertilidad y las preparaban para el alumbramiento fácil. Otra versión del mito dice que era el mismo dios quien penetraba a las jóvenes romanas para hincharlas o para que su hinchazón llegara a buen puerto.

El 15 de febrero, día de la lupercalia, los lupercos, poseídos por el espíritu del lobo, desnudos en recuerdo de Fauno y con retales de lana en la mano en sustitución de los jirones de la piel del macho cabrío, ponían la ciudad patas arriba. Del caos resurgía una ciudad nueva y pura. La primera teoría de las tres que quieren explicar el origen de su nombre afirma que viene de lupus (lobo); la segunda cree que es el nombre de los habitantes del lugar en donde la loba amamantó a los dos hermanos, Rómulo y Rémulo, cuando fueron salvados de las aguas; y la tercera que lo tomaron de Faunus Lykaios, una montaña de la Arcadia.

Hacían un banquete en el que corría el vino en abundancia y, partiendo del Lupercal y volviendo a él, organizaban batidas para purificar sus alrededores (Ovidio, Los fastos, Lib. II, vv. 19-46). Las romanas casadas que no tenían hijos peregrinaban, con sus maridos, al bosque sagrado de Esquilin, en donde la diosa Junon tenía un templo. Allí se postraban de rodillas y, entonces, las copas de los árboles se mecían y las fecundaban (Plutarco, Rómulo, XXI ).

Los irlandeses sustituyeron el 1 de febrero la fiesta de la diosa Bridget por la de Santa Brígida, quien, con otras diez religiosas, mantenía el fuego encendido con el tizón del fuego sagrado de Imboc que debía permanecer en los hogares sin apagarse durante todo el año. Si este fuego moría, la dueña de la casa, señora del fuego, estaba obligaba a ir a buscarlo a otra casa que conservara el original. En muchos pueblos de Europa, esta costumbre se conservó hasta tiempos recientes. Contradiciendo el transcurso lineal del tiempo, la tradición dice que, inspirándose en las dos comadronas que figuran en los apócrifos, Santa Brígida, experta en medicina, asistió a la Virgen en el momento del parto y, por lo tanto, fue uno de los primeros testigos del nacimiento del Señor.

Un grupo de feministas radicales defiende que la Candelaria es uno de los soportes simbólicos del antifeminismo de la Iglesia para sostener la defensa a ultranza de la pureza como virtud exquisita de la mujer. La mujer que daba a luz era impura y atraía el mal (porte malheur). Por lo tanto era objeto de varios tabúes hasta el día de su purificación delante del sacerdote. En cumplimiento de lo que ordenaba la ley Levítica (Levítico, XII, 1-8), la Iglesia dice que la fiesta de la Candelaria actualiza el rito de purificación que la Virgen llevó a cabo cuarenta días después de haber alumbrado a Jesús (Lucas, 2, 22-24). Las madres cristianas, el día de la Candelaria, 2 de febrero, llevaban a su casa la vela bendecida durante la misa y con ella hacían cruces en todas las aberturas hacia el exterior de la casa para protegerla contra los incendios, los rayos y las tormentas, y se la ponían en las manos a los agonizantes.

La Iglesia predica que los cirios de la Candelaria simbolizan el cirio Pascual; es decir, a Jesús resucitado, luz que ilumina el camino y faro que orienta la vida del cristiano. Algunos liturgistas recogen el guante que les lanzan las feministas y afirman que las velas de Deméter y de las menadas, cristianizadas, simbolizan a las almas que buscan su camino iluminadas por la fe. Deméter, acompañada de las menadas, se alumbraba para buscar, por todas partes, a su hija Perséfone, raptada y llevada al infierno por Hades, su hermano y, de ahí, reina del mundo subterráneo. Los dioses se la entregaron porque Deméter, diosa poderosa, amenazó con detener las cosechas si su hija no le era devuelta, pero Zeus dispuso que Perséfone tendría que pasar la mitad del año en el infierno porque había comido la granada, símbolo, debido a su forma y estructura internas, de lo múltiple y diverso de la unidad aparente de las cosas (R. Graves, Los mitos griegos).

El oso salía de su madriguera, por primera vez, el 2 de febrero, primera fecha posible del martes de carnaval. Si el día estaba claro porque había luna llena, volvía a esconderse; si el día estaba nublado porque había luna nueva, entonces, emprendía sus andanzas por el mundo. Los catalanes dicen: «si la Candelaria llora, el invierno va fora (se acabó); si ríe, está vivo». Es el momento en que, desde el Cáucaso hasta los Pirineos, el oso y las máscaras empezaban a perseguir a las mujeres, especialmente a las estériles, para fustigarlas con vejigas infladas y hasta podían mantener relaciones con ellas. El 3 de febrero se celebra San Blas. El santo taumaturgo curó a un niño al que el lobo había destrozado la garganta. Desde entonces, es tenido por sus fieles como abogado de los asmáticos y considerado como el sanador de las vías respiratorias por las que los seres vivos mantienen a flote su alma, del latín animus: aire, soplo.

Ahora, las mujeres no van a la Iglesia pasada la cuarentena del parto para purificarse ni llevan a sus casas las velas de la ceremonia, pero cualquier restaurante que se precie debe tener velitas sobre las mesas, y en las cenas de casa, cuando hay invitados, también han de tenerse velas. Los políticos, interpretando los deseos de pureza del pueblo, prohíben mear y escupir en la calle, y a las prostitutas dejarse ver. Hay pequeños locales impuros, con humo, y puros, sin humo; los grandes están divididos en dos partes: una para limpios y puros, y otra para sucios e impuros. En Cataluña, para cuidar la pureza de la lengua, examinan historiales médicos. Y también con operaciones de cirugía estética. Los políticos, cuando ven que su popularidad decae, en vez de obrar bien, por sus obras los conoceréis, lanzan una campaña de imagen.

El hombre tolera mal saberse un animal finito y sucio y trata de reforzar con leyes y medidas los pequeños principios morales que le permitan soportar el espectáculo de mirarse todos los días al espejo. Tal vez esta sea una de las razones por qué las tradiciones no desaparecen sino que se transforman.