Tiempo

Por Joseba Arregui (EL CORREO DIGITAL, 15/07/07):

Ya ha pasado el debate del estado de la Nación, ya se ha remodelado el Gobierno. Ha llegado la hora de pedir tiempo, como en baloncesto, a las formaciones políticas, especialmente a los dos grandes partidos. Los ciudadanos necesitamos respirar. Es tiempo de dejar en segundo plano las respuestas a lo dicho ayer por el adversario y de tratar de mirar algo más lejos. Aunque la sociología nos diga que lo que caracteriza al presente es haber transformado todo el tiempo -pasado, presente y futuro- en un único agujero negro que todo lo engulle a máxima velocidad.

Creo haber escuchado a un ciudadano privado, pero con gran reflejo público, y a quien tuve la suerte de conocer y tratar, José Ángel Sánchez Asiaín, decir que ya que la política estaba enredada en el día a día, en la táctica a corto plazo, sin posibilidades de considerar los problemas en el medio y largo plazo, eran necesarias las fundaciones, que sin la presión del momento debían acometer la tarea de la reflexión de larga duración. Pero de nada sirve que haya lugares en la sociedad en los que se produzca esa reflexión a distancia si no termina de encontrar el camino a la política. Y ésta parece tener más dificultades que nunca para superar la tentación de dejarse engullir por el torbellino de un tiempo que sólo consiste en su propio pasar. Aprovechemos, pues, esta ocasión que se abre antes de las próximas elecciones generales -parece que Zapatero apuesta por apurar la legislatura, pero teniendo para ello que abrir ya la precampaña- para subrayar algunas cuestiones de importancia.

Es evidente que toda la atención del mundillo político -políticos, periodistas y opinadores- está ya centrada en quién estará en condiciones de gobernar la próxima legislatura. Pero tanto o más que esa pregunta nos debiera preocupar subrayar que la próxima legislatura no puede ser repetición de la pasada. Bajo ninguna circunstancia. La primera reflexión que debiera hacer la política española es la referida a la digestión de las últimas generales. El resultado de éstas dejó a un PP en la oposición, pero con el convencimiento de haber perdido las elecciones no por errores propios, sino por intervención ajena a la política española. Siempre es necesario curar las heridas. Pero para ello es preciso reconocer la causa de las mismas. El PP no ha tenido el coraje para hacerlo.

Un sistema democrático no puede, sin embargo, funcionar bien si no existe una oposición con capacidad de ejercer su labor sin complejos y sin hipotecas. De igual manera, el sistema democrático exige que quien gobierna, además de hacerlo con las miras puestas en asegurarse su permanencia en el poder, lo haga pensando en el conjunto del sistema. Pero las condiciones particulares de las últimas elecciones colocaron al Partido Socialista, por un lado, ante la necesidad de sobrelegitimar su poder por medio de mensajes, señales y actuaciones dirigidas a reclamar para sí toda la legitimidad moral de la historia, y de atar a todos aquellos votantes cuya movilización le había permitido llegar al Gobierno. Y, por otro lado, a aprovechar la ocasión que le brindaba la impotencia del PP de digerir adecuadamente su derrota para arrinconarlo lo máximo posible e impedir que tuviera cualquier posibilidad de volver al poder. Esta constelación ha llevado a una situación política en la que los dos principales actores se deslegitiman mutuamente, no reconocen al otro legitimidad democrática. El PP en el fondo no le reconoce a Zapatero legitimidad suficiente para gobernar. Y a la inversa, el PSOE y el Gobierno han hecho todo lo posible para colocar al PP ante la opinión pública en el margen de lo admisible en democracia.

Cierto es que el PP ha dado demasiadas excusas para que ese intento pareciera creíble. Y cierto es también que a Zapatero le ha resultado más fácil avalar el carácter democrático de Aralar o de Esquerra Republicana, a los que nada cuesta tildar de fascista al Partido Popular, que reconocer la legitimidad democrática de la derecha. Un sistema democrático, sin embargo, no puede mantener su vitalidad y su carácter si los dos principales partidos sobre los que se articula el sistema no se reconocen mutuamente legitimidad.

El Gobierno de Zapatero ha pensado que todos los problemas que existían en España, que todas las quejas que planteaban los partidos nacionalistas, que todo lo que podía ser reclamado o condenado por algún sector de la sociedad, era culpa exclusiva del Gobierno de Aznar, de su forma de pensar y de actuar. Y que por lo tanto bastaba con hacer todo de forma completamente distinta para inaugurar una era de paz, consenso e idilio en la política española.

Así acometió la cuestión territorial: con voluntad de hacerlo todo de forma distinta a Aznar y de satisfacer a sus agraviados. Pero sin proyecto. Sin saber a dónde debía conducir la jugada, cuáles debían ser los límites, cómo se debían interpretar. El PP, por su lado, veía en la simple voluntad de proceder a las reformas estatutarias tambalearse los pilares del sistema. Cuando una parte cree que no se puede tocar nada bajo riesgo de poner todo en cuestión, y cuando la otra cree que se puede experimentar con todo, sin proyecto, sin límites, abriendo la espita a los sentimientos menos racionales, la consecuencia está servida: ‘patchwork’, chapuzas, división, falta de consenso, tensionamiento del sistema, interrogantes para el futuro.

Es cierto que no se ha roto España. Más cierto es que resulta infantil pensar que reformas estructurales profundas manifiestan sus efectos de un día para otro. El tremendismo del PP no ha hecho ningún servicio al sistema estatal español. El relativismo de Zapatero, tampoco. Unos, los del PP, se han quedado solos. Otro, Zapatero, ha tenido que ir cambiando de acompañantes, dejando más de un ‘cadáver’ en el camino.

También en la lucha antiterrorista había que hacer las cosas de forma radicalmente contraria a Aznar. En el último debate del estado de la Nación lo reconoció Zapatero: nunca hubo conversaciones con ETA mientras estuvo vigente el Pacto antiterrorista, mientras gobernaba el PP. El Pacto ha estado vigente sólo mientras gobernaba el PP. Un PP que también en esta cuestión, y de la mano de Mayor Oreja, sólo es capaz de pensar que Zapatero, los nacionalistas y los terroristas han llegado a un acuerdo para hacer desaparecer España. Con este planteamiento absurdo, el PP se ha hurtado a sí mismo y a no pocos ciudadanos la posibilidad de proceder a una crítica tranquila, racional y seria del mal llamado proceso de paz. Al final y con la torpeza del Gobierno de por medio la desaparición de ETA ha quedado condicionada al cambio de marco jurídico-político para Euskadi. Lo de siempre. No ha bastado la concesión de legalizar de facto a Batasuna. ETA sigue queriendo lo de siempre como siempre. Y en este viaje para el que no hacían falta tantas alforjas, se ha estado dispuesto, el Gobierno y muchos opinadores, a entregar elementos importantes de la narrativa a ETA y Batasuna, en detrimento de la de las víctimas asesinadas.

Un último elemento de reflexión más allá de las tácticas diarias, preelectorales y electorales, se encuentra en la situación de la opinión pública. En una España que proclama más alto que nunca que es una sociedad laica, un Estado aconfesional, nunca ha estado tan presente el carácter confesional de su opinión pública. La presión de tener que estar a favor de un lado o de otro, de Zapatero o de Rajoy, es increíble e insana en una sociedad democrática. La aberración que concita Zapatero en unos ámbitos se equipara al odio que se profesa a Rajoy en otros. La gravedad de la situación no puede ser minimizada afirmando que sólo afecta a la política, a los partidos, pero no a la sociedad. No es verdad: basta con escuchar las llamadas de ciudadanos a las distintas tertulias para comprobar el funcionamiento, de obediencia casi eclesial, con las ortodoxias correspondientes, con la caza correspondiente de herejes y con los anatemas necesarios que se está apoderando de la sociedad.

Siendo todo esto grave, queda atemperado por la bondad de la situación económica. Mientras dure. Mientras nos podamos permitir no ver las quiebras que vamos sembrando en nuestra economía. Pero cuando lleguen las vacas flacas -y sólo los más recalcitrantes neoliberales piensan que los ciclos económicos se han acabado- nos cogerán con la debilidad propia a los complacientes que se han permitido el lujo de dividirse en el resto de cuestiones.