Tiempos de prueba

Por Javier Otaola, abogado y escritor (EL CORREO DIGITAL, 20/02/07):

El juicio por la matanza del 11-M nos va a enfrentar a un tipo de delincuentes ‘inspirados religiosamente’ a los que no estamos acostumbrados; todos los terroristas se pueden catalogar paradójica y cruelmente como ‘asesinos altruistas’ que se ven a sí mismos movidos no por intereses personales entendibles según las reglas del egoísmo individual, sino que lo hacen al servicio de un propósito ideológico de orden político o religioso, movidos por un ‘fanatismo trascendental’ inasequible a la razón moral común y por lo tanto insensible a cualquier argumento ajeno a su propia lógica autista. Conocemos desgraciadamente el terrorismo etarra y su discurso político en el que se amalgaman confusamente nacionalismo y revolucionarismo marxista-leninista, pero no hemos conocido hasta ahora un terrorismo de inspiración teocrática que nos retrotrae a los tiempos de las cruzadas.

Para entender aunque sea aproximativamente el terrorismo islamista tenemos que acudir a la historia oscura de los totalitarismos del siglo XX. ‘El fin justifica los medios’ y ‘la mentira es un deber’ son dos de los principios tácticos esenciales de todo totalitarismo, tal y como han demostrado lúcidamente Raymond Aron y Robert Conquest. Según estos autores, el fanatismo doctrinal y el terror se combinan fácilmente con una gran flexibilidad en la táctica y en la práctica con tal de lograr sus objetivos, de ahí el permanente recurso a la mentira: explica Conquest que el totalitarismo no es tanto una moral a respetar como un entendimiento del poder y de la lucha por el poder en la que todos los medios pueden ser utilizados, amparados en la buena conciencia que da el ‘saber’ que el fin último es -supuestamente- moral, patriótico o incluso querido por Dios.

Debemos recordar cómo los nazis utilizaron sin reparos todas las técnicas de la propaganda y del engaño: manipulando el incendio del Reichstag, instrumentalizando el cristianismo a su favor -a pesar de que lo odiaban-; o cómo los comunistas soviéticos distinguían sin ningún empacho entre la llamada verdad superior (‘pravda’) útil para la lucha ideológica respecto de la verdad factual (‘istina’), completamente sacrificable a la propaganda.

En el mismo sentido grandes pensadores y juristas del Islam a los que los grupos terroristas se refieren han teorizado sobre la ‘santa mentira’ dirigida a salvaguardar la ‘unión de los corazones’ (‘taalib al-qulub’): «Las mentiras son pecado, salvo cuando son dichas para el bienestar de un musulman» (AI-Tabarani); «la mentira verbal está autorizada en la guerra» (Ibn Al-Arabi). En el chiísmo existe incluso un concepto específico, la ‘taqiyya’, que autoriza al creyente a renegar públicamente de su fe, en un contexto hostil, para salvarse; en la misma línea el salafismo suní se refiere a la ‘mentira de circunstancia’: «Está permitido mentir para evitar un mal más grande. La mentira es fea pero se puede utilizar para el bien. Se puede mentir a un infiel (‘kafir’) incluso fuera de la guerra para asegurarse un interés material». La ‘djihad’ puede exigir el engaño y la mentira para combatir a los infieles (Ibn Taymiyya).

El Islam clásico divide al mundo en tres espacios físicos y morales diferenciados. El primero sería ‘dar-al-Islam’, que es la tierra que ya es islámica y donde los infieles son tolerados en situación de inferioridad y se aplica plenamente la ‘sharia’. Otro espacio sería ‘dar-al-Harb’, que es la tierra en la que los musulmanes son débiles o minoritarios; en ella, para defenderse, pueden practicar la ‘taqiyya’ que permite la mentira y el disimulo para la obtención de ventajas. Una tercera sería ‘dar-al-Sulh’, espacio de transición. Las reglas morales que rigen en cada uno de estos espacios no son las mismas.

Estos esquemas ideológicos no son seguramente hoy en día compartidos por la mayoría de los musulmanes ordinarios, sin embargo sí forman parte del discurso del islamismo político y de los grupos teocráticos.

Desgraciadamente, el totalitarismo -teocrático, nacionalista o revolucionario- no es una realidad nueva para nosotros los europeos, lo hemos padecido en diferentes versiones, ha seducido a muchos en el pasado, y nos hemos visto obligados a reflexionar sobre él: Raymond Aron, Karl Popper, Robert Conquest y Hannah Arendt, que han estudiado la estructura mental del totalitarismo, han acordado una atención especial al papel fundador de ‘la idea’ como justificación de la lucha por el poder. Robert Conquest ha definido el totalitarismo como un subjetivismo ideológico llevado hasta el extremo. Karl Popper y Raymond Aron han demostrado que lo que caracteriza más profundamente al totalitarismo no es únicamente el recurso a la violencia y el absolutismo del poder estatal a su servicio, sino el culto mismo a la ideología, entendida en su sentido etimológico como la lógica de una idea total que lo explica todo sin lugar para las dudas, la ironía o la incertidumbre.

La sumisión a ‘la idea’ por encima de todo.

Paradójicamente, el mismo discurso fanático que justifica la autoinmolación y el suicido puede también justificar la simulación y la mentira para salvaguardar los propios intereses.

Vivimos tiempos en los que se va a poner a prueba la solvencia de nuestras instituciones democráticas.