Tiempos raros estos…

Hace unos días volví a ver, por puro placer, Apocalypse now, la película de Francis Ford Coppola. Casi al final de la cinta, cuando el capitán Willard ha llegado al fin del mundo, al centro de infierno en tinieblas que el sistema identifica con el coronel Walter E. Kurtz, el jefe loco le pregunta al joven intrépido, que todavía cumple las órdenes del mando superior: «¿Tú eres un militar o un asesino?». Willard duda unos segundos, pero después contesta con firmeza, creyendo que así desarbola la pregunta del jefe loco: «Yo soy un soldado», dice. Entonces, Kurtz, con la superioridad asombrosa de quien se sabe condenado de antemano, lo aplasta con una sola frase: «No, tú eres el chico bueno al que envían los tenderos a cobrar las facturas». ¡Con «los mercados» has topado, coronel Kurtz!, me dije metafórico mientras veía el sacrificio del jefe que se creyó dios en el fondo de la jungla de Vietnam.

La otra tarde estuve con un economista sabihondo, de los que lo saben todo del mundo financiero y económico pero siempre después de que ocurran los desastres, las ruinas y las debacles. Me confesó una cosa que yo ya sabía, pero que cuando la repito casi nadie de los músicos del «Titanic» entre los que me muevo a diario se la cree, que de los cuatro grandes negocios que hay en el mundo de hoy tres se mueven en la clandestinidad ilegal: la ciberdelincuencia, el narcotráfico y el tráfico clandestino de armamento. El cuarto pilar de la sabiduría económica es el negocio del petróleo, que sube y baja como les da la gana a sus «mercados». Ahora tengo un tic nuevo que supongo que ustedes entenderán: cuando escucho hablar de «mercados» me echo mano a la pistola. Pero como no llevo pistola y, además, soy un músico del «Titanic» de lo más divertido, lo que hago es echarme a la cara el saxofón y toco algunas notas de This is the end. Entenderán, pues, que en estos tiempos raros que vivimos, y mientras se me acaba el dinero, me pase las tardes tocando el saxofón en privado, viendo películas apocalípticas y evitando encontrarme con «los mercados». Pero sucede que, por esta manía absurda de la incertidumbre de estos tiempos raros, vivimos rodeados por «los mercados». Todos los días «los mercados» nos soplan al oído noticias que no tienen ninguna explicación, sino que los mensajeros son los que tienen la culpa de todo. Yo a «los mercados» no los he visto nunca, aunque me los imagino como una multitud de enanos que nos atan en la arena de la playa como a Gulliver el aventurero en una novela que más me parece una metáfora de nuestra era que una obra de ficción.

A otro economista, este extrañamente sensato y cauto, le pregunté el otro día en el Gijón, mientras nos deleitábamos fumando en el interior del bar nuestros últimos Edmundos del año pasado (antes de la prohibición, no me vaya yo mismo a delatar más de lo que lo hago), cómo andaban «los mercados». Se lo dije en tono de chanza, animus iocandi, como quien toca una balada triste y vespertina de saxofón. «Desbocados», me dijo, y añadió: «En estos tiempos raros, cualquier cosa es posible». No sé por qué me puse a hablar de la resurrección del proyecto de Chillida con la montaña mágica de Tindaya, en Fuerteventura, y había en la tertulia un ecologista (había entrado el Gijón con el economista) que me reprochó que apoyara también, además de fumar, la destrucción de la Naturaleza. Ahí me agarró la furia reflexiva y ataqué con todas las divisiones de la razón: «Antes acabaremos nosotros con nosotros mismos que con la Tierra. Demasiado Naturaleza viva y muerta para que el ser humano se la lleve por delante», le dije. Y me quedé exhausto. El tipo no se arredró, sino todo lo contrario. Le vi en los ojos la cólera de Dios y creía que me iba a preguntar si yo era un militar o un asesino. «¿Tú de qué vas?», me preguntó. Y esa es una pregunta que siempre me irrita, me la pregunte un ecologista o un experto en «los mercados». «De músico del “Titanic”», le dije para desconcertarlo, pero se quedó pensando en silencio y luego me dijo que ya me quedaba poco. Luego supe, cuando se marcharon, que el ecologista trabajaba en el Ministerio de la Presidencia, en esa ley que Jáuregui quiere ponernos en la boca, en los dedos y en la cabeza a todos los músicos del «Titanic» que quedamos en este mundo. Es decir, que pasaremos de la llamada «autorregulación» al miedo a la multa de la censura. «Ya llegamos a donde íbamos», me dije, mientras agarré de nuevo el saxo y largué para todo el Gijón un par de notas de un bolero que ando componiendo en esta cuesta de febrero.

La ley de Jáuregui promete, según las noticias de los «mercados» que llegan a nuestros oídos, una dureza desconocida en la democracia española. Sucede que, según algunos avergonzados por el mal gusto de la televisión-basura y porque hay sueltos por los papeles demasiados insultadores, libérrimos músicos del «Titanic» que seguimos tocando nuestros instrumentos mientras el barco se hunde, hay que meter en vereda, y de una vez, la libertad de expresión que está en manos de verdaderos locos: como Kurtz en el fondo de la jungla. En medio de tales reflexiones, y cuando ya el Edmundohabía gastado la mitad de su espléndida ceniza, me pregunté una vez más quién iba de verdad a meter en vereda a «los mercados», unos tipos invisibles cuya característica única es que están pendientes de nuestra debilidad para robarnos y que, además, siempre ganan. Es decir, siempre nos arruinan. Después pensé que cuando «me» leyeran estos pensamientos lunáticos iban a tomarme por frívolo, e incluso por indocumentado, porque le hago música a la crisis y trato de flotar en la incertidumbre como si fuera un náufrago en la alta mar de la tormenta. ¿Y qué nos queda?, me dije. Leer, pasar horas leyendo a ver si ahí, en algún libro, están las claves de lo que nos está pasando, que, según los expertos en «los mercados» (de izquierdas y de derechas), va a durar bastantes años en marcharse. ¿Y cómo quedaremos, bichados de la viruela mercantil para siempre, regados de petróleo hasta por dentro de los intestinos, «bajándonos» sin cesar e ilegalmente películas y músicas o volviendo al porro y al ácido de nuestra juventud más excelsa, huida hace años? Volví a mi casa de noche, con el saxo mudo bajo el brazo izquierdo (donde tengo más fuerza), y me recluí, sin cenar, en mi estudio de leer y escribir. Me fui directamente a la autoridad perpleja de Dürrenmatt y ahí lo leí una vez más: «Raros tiempos estos en los que se hace difícil demostrar lo evidente». Me pareció una frase muy lúcida del coronel Walter E. Kurtz en el fondo de la jungla, mientras el capitán Willard lo acecha y espera el mejor momento para matarlo. Para matarlo y para que la autoridad absoluta del sistema (o «los mercados») no se ponga en duda nunca más.

Por J. J. Armas Marcelo, escritor y director del foro literario “Vargas Llosa”.

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