¿Tiene futuro la democracia?

El Brexit, la elección de Trump, el auge de los populismos, los nacionalismos y los partidos antisistema, junto con las regresiones antidemocráticas en Rusia, Venezuela, Bolivia, Filipinas y varios otros países han hecho que numerosos pensadores pongan en tela de juicio el futuro de la democracia en el mundo.

La Historia tiene algunas enseñanzas al respecto, pero no muchas, porque la historia de la democracia moderna es corta. Si bien su gestación se prolongó algo más dos siglos (puede decirse que comenzó con la Revolución inglesa del siglo XVII), la democracia plena tiene apenas un siglo de existencia. Se estableció precisamente en torno a la Primera Guerra Mundial (1914-18), si bien algunos pioneros, como Nueva Zelanda y Australia, la implantaron un poco antes. Aunque los tratadistas discutan sobre la definición precisa, entendemos por democracia el sistema político en que el pueblo, sin más distinciones que la edad, elige a sus gobernantes; lo cual implica, por lo tanto, el sufragio universal de ambos sexos, ejercido con periodicidad.

La historia de la democracia, con todo, es curiosa. Inventada y bautizada por los griegos clásicos (más exactamente, los atenienses), duró relativamente poco tras el siglo IV de la era precristiana. La República romana estableció un sistema parlamentario semidemocrático, que pronto derivó en dictadura e imperio. Desde entonces hasta el siglo XX la democracia desapareció de la historia, aunque hubiera algunos conatos aquí y allá. ¿Por qué esta larga interrupción de unos 23 siglos? Simplemente, porque ni los filósofos ni los gobernantes confiaban en la capacidad de los pueblos de tomar decisiones sensatas en materias de alta política. Al fin y al cabo, por impresionante que fuera el caso precursor de la Atenas clásica, el resultado de la primera democracia no fue ejemplar: ofreció errores flagrantes, de los que el más recordado es la condena a muerte de Sócrates, aunque hubo muchos más.

La resurrección de la democracia en el siglo XX en nuestra era es producto de una evolución secular: la introducción del parlamentarismo y la Revolución Industrial en Inglaterra pusieron en marcha dos procesos paralelos: el desarrollo económico permitió, a través de la educación, la acumulación de capital humano en la población, lo que la fue capacitando para participar cada vez más en la política; esta creciente participación fue ensanchando las bases del parlamentarismo, de modo que los censos electorales se fueron ampliando hasta alcanzarse el sufragio universal. De manera concurrente, el crecimiento económico alumbró el establecimiento de una clase media, cuyo voto a favor de partidos moderados contribuyó a dar estabilidad a las nacientes democracias. Este proceso, que se había desarrollado gradualmente a lo largo del siglo XIX, se precipitó con la Guerra Mundial y el triunfo del comunismo en Rusia. El éxito de la democracia en el periodo de entreguerras se vio empañado por el ascenso de los totalitarismos, que condujo a la Segunda Guerra Mundial. Pero ésta concluyó con triunfo de las democracias (y del comunismo). Por otra parte, el crecimiento económico ha borrado las antiguas distinciones de clase. En los países desarrollados, la gran mayoría puede considerarse clase media. La democracia pasó así a ser el canon político, y la mayoría de los países se fueron proclamando democráticos, aunque muchos de hecho no lo fueran. Parecía que nos aproximábamos al “fin de la historia” (expresión de Francis Fukuyama), en que la inmensa mayoría de la población estaría gobernada democráticamente, disfrutando de la paz y el bienestar que el imperio del Derecho y el Estado de Bienestar conllevan.

Por desgracia, las cosas no han sido exactamente así. En primer lugar, muchos Estados actuales sólo tienen de democráticos el nombre. Tratan de mantener las apariencias, pero ni el sufragio se ejerce en ellos libremente, ni hay separación de poderes, ni los gobiernos ceden su puesto de buena gana, antes bien recurren a toda clase de artimañas (a menudo violentas) para perpetuarse. Además, hay amplios segmentos de la población mundial que rechazan la democracia, los más importantes de los cuales son los movimientos islamistas radicales (Al Qaeda, Estado Islámico), que la consideran un sistema ajeno y antagónico a su cultura. Uno de los grandes conflictos mundiales es hoy el enfrentamiento entre occidente y estos movimientos antioccidentales, la mayoría de los cuales opone la teocracia a la democracia.

Pero incluso dentro del campo realmente democrático las cosas no son tan idílicas como se creía hace una generación. Dentro de países de impecable ejecutoria han aparecido movimientos que ponen en duda las bases de convivencia que se daban por inamovibles hasta hace muy poco. A ellos me refería en el primer párrafo de este artículo. Y es que la propia esencia de la democracia la convierte en un sistema muy frágil, que puede generar tendencias autodestructivas. Una de ellas es la tentación del suicidio; se han dado casos de suicidio democrático que están en la memoria de todos: esto ocurre cuando se vota por un gobernante que está decidido a instaurar un Gobierno autocrático. Así ocurrió con Hitler en la Alemania de Weimar en 1932, o en Argentina con Perón, o en Venezuela con Hugo Chávez. Y tantos otros casos ha habido. Las democracias son estables en la medida en que sus mayorías se sienten satisfechas y seguras y no están dispuestas a votar por un candidato o partido que amenace la estabilidad del sistema. Pero las sociedades son olvidadizas y, cuando sienten que su bienestar está en peligro, tienden a ser muy susceptibles a los cantos de las sirenas populistas y a revolverse contra el régimen político al que tanto deben. Existe en la conducta colectiva una tendencia a dar por hecho un cierto nivel de bienestar e incluso una mejora continua de ese bienestar, de modo que una pausa en ese crecimiento provoca un movimiento de rebelión que acostumbra a dar lugar a situaciones de inestabilidad que pueden llegar a poner en cuestión las bases mismas de la democracia. Por otra parte, y debido a esa desmemoria colectiva, los hijos de aquéllos que bendijeron y veneraron la llegada de la democracia ya no sienten ese fervor; frecuentemente sienten, al contrario, despego y hastío hacia la institución, y están dispuestos a echarlo todo a rodar cuando se consideran víctimas de las fuerzas impersonales del mercado. Se producen así fenómenos como el Brexit, el trumpismo, los nacionalismos, los populismos y demás aberraciones democráticas.

Por otra parte, raro es el caso en que la democracia produce gobernantes excepcionales. Hoy se oyen con frecuencia voces lamentando que no tengamos líderes como Churchill o De Gaulle. Desde luego, Cameron y Hollande son poca cosa en comparación con aquellos gigantes. Pero es que figuras tan excepcionales eran productos de circunstancias excepcionales, que exigían decisiones valientes y desesperadas. Hoy triunfan los políticos grises que no lideran sino que van a la rastra, buscando el regate corto que prescriben las encuestas de opinión. O cuya panacea es el regreso a un pasado en gran parte mítico e irreal, como es el caso de Trump, de los nacionalistas catalanes o vascos, de los populistas franceses o alemanes, o de los aislacionistas ingleses. La supervivencia de la democracia exigiría otro tipo de líderes, gobernantes que no persiguieran la reelección de un modo rastrero. Quizá fuera mejor adoptar mandatos más largos sin posibilidad de reelección, al menos de reelección inmediata. O, igual que en Estados Unidos, permitir una sola reelección.

Como toda obra humana, el sistema democrático adolece de graves defectos. Los que, pese a todo, creemos que es la alternativa menos mala, debemos debatir cómo reformarla para salvarla. Renovarse o morir, como murió la democracia ateniense.

Gabriel Tortella, economista e historiador, es autor de libros como La democracia ayer y hoy (con L. García Moreno, Gadir) y Los orígenes del siglo XXI (Gadir).

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