¿Tienen futuro los ‘indignados’ de NY?

En Estados Unidos este año ha sido difícil distinguir a los auténticos fantasmas entre los ciudadanos ataviados con disfraces de Halloween, y no digamos ya entre tantos extraños seres humanos como hay en la vida económica y política intentando desesperadamente llegar a un acuerdo con las pesadillas del día. Esta atmósfera irreal lo fue todavía más el pasado fin de semana cuando Batman apareció en Wall Street, como parte de la representación que se estaba filmando para una nueva película sobre el cruzado enmascarado.

Probablemente, en ningún lugar del mundo fue más vívida la atmósfera de Halloween que en Atlanta el pasado fin de semana, a pocos kilómetros de donde yo vivo. Cerca de la medianoche, coches de policía y helicópteros descendieron sobre los partidarios del movimiento Occupy Wall Street -Ocupa Wall Street- (OWS) que estaban acampados en Woodruff Park, y les obligaron a abandonar el lugar. El desalojo fue resultado de una decisión del alcalde. Afortunadamente, no hubo ningún incidente violento. Tres días más tarde algunos de los manifestantes regresaron al mismo escenario con sus tiendas de campaña.

Esta serie de acontecimientos pacíficos no fue la norma en otras ciudades. Casi al mismo tiempo, en Oakland (California), cientos de policías intentaron desmantelar el campamento OWS en un parque de la ciudad, utilizando gases lacrimógenos. En medio de la confusión y la polvareda de los hechos, Scott Olsen, de 24 años, sufrió una fractura de cráneo e hinchazón cerebral después de que presuntamente recibiera un golpe en la cabeza por un proyectil de la policía. Resultó ser un joven veterano de la Guerra de Irak, y la prensa inmediatamente ironizó con el hecho de que un joven estadounidense podía sobrevivir a Irak pero resultar gravemente herido en su propio país por la policía. Olsen se encuentra todavía en estado de coma, y el alcalde de Oakland ha tenido que pedir disculpas públicamente.

La actividad del OWS en Estados Unidos representa sólo a una muy pequeña proporción de la población y ha logrado impacto sólo en las grandes ciudades, donde hay lugares adecuados para acampar y donde la prensa está siempre vigilante ante posibles incidentes. El ojo público tiende a concentrarse principalmente en la zona de Wall Street, donde personalidades destacadas (estrellas de cine, escritores, clero) acuden de vez en cuando para expresar su apoyo a este movimiento de indignados.

En las universidades, escenario habitual de toda clase de movimientos de protesta, hay poca actividad. La semana pasada, un día laborable, en la Universidad de Georgia vi sólo a dos estudiantes ondeando una bandera y pidiendo apoyo. En el parque del campus, habían instalado una tienda. Incluso el grupo de okupas de Atlanta parece escaso. Cuando anunciaron una conferencia de prensa esta semana para explicar su táctica, sólo acudieron 10 de ellos. Estas cifras ponen de manifiesto la enorme brecha entre lo que reclaman los manifestantes -que su movimiento está activo en 950 ciudades en todo el mundo- y la realidad, ya que en verdad son muy pocos los activistas.

Cuando el tiempo es bueno, cientos acuden para apoyarles, como ocurre habitualmente en países como España, cuyos problemas sociales son incluso más graves que los de Estados Unidos. Cuando hace frío o llueve, no se ve a nadie. Ayer mismo, se conoció que los indignados de Nueva York han pedido al acalde Bloomberg que les facilite un refugio durante las próximas semanas para poder mantener vivas aus protestas durante el gélido invierno que se avecina.

Y en el mismo sentido, estos días, un periódico de Londres explicaba que del enorme número de tiendas de campaña que han colocado los indignados británicos en su campaña Ocupar la Bolsa, situadas a las puertas y alrededores de la catedral de San Pablo, apenas un 10% están verdaderamente ocupadas durante la fría noche.

En Estados Unidos, por supuesto, los movimientos de protesta tienden a derrumbarse ante la indiferencia generalizada. El problema es aún peor con el OWS, que no ha expresado ningún programa firme y no ha generado líderes suficientemente elocuentes. Eso no significa que no sean serios.Los okupas de Atlanta han citado a «personas sin hogar, embargos, desigualdad de ingresos, y desempleo» entre sus razones para movilizarse. En la página de Facebook de su periódico Wall Street Camp out, la protesta se describe como «una manifestación no violenta que se opone a la negativa influencia corporativa sobre la política estadounidense». El texto afirma que el OWS «fue inspirado por el movimiento de la Primavera Árabe, particularmente las protestas en Tahrir Square que dio lugar a la revolución egipcia de principios de 2011».

En la práctica, a pesar de estos articulados sentimientos, los manifestantes expresan una confusa amalgama de opiniones. Por ejemplo, Scott Olsen fue un miembro activo de Veteranos por la Paz y Veteranos de Irak contra la Guerra. Otros manifestantes de Wall Street han exigido impuestos bajos, educación gratuita, amor libre y la abolición del capitalismo, entre cientos de otras causas. Pero tienen poco en común, excepto un deseo compartido de protestar. Hace dos semanas que los manifestantes de Wall Street presentaron al Congreso de EEUU una breve lista de propuestas, de las cuales la principal era que el Gobierno debería investigar la forma en que hace funcionar las finanzas. Se trata, en fin, de una lista confusa de peticiones y nada resultará de ella.

Estados Unidos tiene hoy graves problemas: una profunda crisis bancaria, una tasa de desempleo muy grave, un sector de la construcción colapsado, guerras en el extranjero que cuestan la vida de jóvenes estadounidenses cada día… Éstos y otros muchos problemas eclipsan a los manifestantes. Hasta ahora las autoridades han mostrado tolerancia hacia ellos. Pero ocasionales estallidos de violencia, como en Oakland y, hace escasos días, en Denver y en Nueva York, muestran que la situación está lejos de ser pacífica. La policía está impaciente por tener que trabajar horas extra, día y noche, para controlar unas concentraciones que creen sin sentido. Los funcionarios municipales, como en Atlanta y Los Ángeles, también están furiosos por el enorme gasto extra que provocan.

Pero los manifestantes no están preocupados por el gasto. En uno de los mítines de Wall Street, un trabajador independiente dijo: «La Banca está haciendo toneladas de dinero de todo el mundo… mientras la clase trabajadora está luchando para mantener un salario digno». Otro le secundó: «No vamos a ser parte de este sistema que no funciona para nosotros». ¿Será ésta la versión capitalista de la Primavera Árabe? Un profesor de Princeton aseguró en su apoyo: «Estamos hablando de un despertar democrático. Estamos hablando de elevar la conciencia política». La posibilidad de una revolución excita al famoso director de cine Michael Moore, quien dijo: «Los republicanos y los ricos saben que la erupción se aproxima. Las cosas se están calentando. Es sólo una cuestión de tiempo hasta que ninguna cantidad de puertas y vallas será capaz de proteger a los gobernantes de esta nueva Era Dorada». Por su parte, un periodista escribió: «Estamos viendo el comienzo de la autoafirmación desafiante de una nueva generación de estadounidenses, una generación que terminará su educación sin empleo, sin futuro, y encadenada a una deuda enorme e imperdonable».

UNA VISIÓN diferente y menos favorable proviene de un historiador. Admite que existe un terrible problema, de corrupción en la elite gobernante, pero afirma que «los manifestantes de Wall Street no son el grupo adecuado» para conseguir un cambio. Son, dice, demasiado de clase media, demasiado ricos con sus iPods y Blackberries, demasiado partidarios de la fiesta y la música, y poco preocupados por la verdadera tarea de la revolución. Atacan a la derecha, olvidándose de que la izquierda es igualmente culpable (como en España) de la situación actual. Afirman que la forma de avanzar es boicoteando las elecciones y los partidos políticos, olvidándose de que sin elecciones no hay democracia, por lo que al negarse a votar realmente ayudan a los políticos a los que declaran estar atacando.

Los ocupantes, sin duda, continuarán hasta que el frío haga imposible la protesta, pero la chispa que han encendido no desaparecerá así como así. Aunque el OWS no tiene objetivos y seguramente fracasará como grupo de presión, está ayudando a canalizar el enorme descontento en una sociedad que se enorgullece de la democracia y la libertad, pero que en realidad no tiene ninguna de ellas. A pesar de todo, el movimiento puede tener un futuro si es capaz de aprovechar las energías de la mucha gente inteligente que desea utilizar sus dones para socavar las elites políticas y financieras que se han interesado sólo en hacerse ricos. Los técnicos informáticos ya han permitido al OWS acceder a los sistemas de correo electrónico de Wall Street. Las elites jóvenes tienen la oportunidad de desestabilizar lo viejo. Vamos a ver si tienen la inteligencia y la paciencia para hacerlo.

Por Henry Kamen, historiador británico. Su último libro es Poder y gloria. Los héreoes de la España imperial, Espasa, 2010.

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