Tierno Galván: Figura de un tiempo inaugural

Por Alberto Ruiz-Gallardón, alcalde de Madrid (ABC, 19/01/06):

ORTEGA llamó la atención sobre ciertas personalidades que «conservan hasta la senectud un poder de plasticidad inexhausto, una juventud perdurable, que les permite renacer y reformarse dos y aun tres veces durante la vida». Para el filósofo madrileño, «hombres así suelen tener el carácter de precursores, y la nueva generación presiente en ellos un hermano mayor de advenimiento prematuro». Enrique Tierno Galván, que tan fielmente se ajusta a ese perfil, y de cuya desaparición se cumplen hoy veinte años, fue uno de esos individuos especiales que supo transformarse a sí mismo, de manera que su figura cobró a lo largo de los años significados nuevos e insospechados, escapando del anquilosamiento y conectando de un modo tan intenso con la realidad de cada momento que, en su última fase, terminó por convertirse en uno de los alcaldes más queridos de Madrid. Y aunque no puede infravalorarse el mérito personal de esa actitud, hay que reconocer que forma parte del espíritu más amplio de una generación excepcional, la de la Transición, que aún no ha sido suficientemente apreciada, e incluso sufre algún intento revisionista, pero que tuvo la generosidad y el acierto de reinventar la convivencia entre los españoles, evitando tanto el continuismo como el salto atrás en el tiempo.

Esa creatividad de la época adquiere en Tierno Galván dos facetas. La primera es la del intelectual en política, la del diputado de talento que, en la crónica de Cuco Cerecedo, y en consonancia con Ortega, aparece como una «fuente de eterna juventud» capaz de quitar «varios o bastantes años de encima a los parlamentarios» mediante una serie de intervenciones en la Carrera de San Jerónimo que a menudo comenzaban «con una bondadosa homilía para terminar con un repaso general de la asignatura…». Esa etapa es la que el Viejo Profesor culmina con un Preámbulo de la Constitución en el que, con envidiable claridad de concepto, «la Nación española» afirma su voluntad de establecer «la justicia, la libertad y la seguridad y promover el bien de cuantos la integran», propósito de vigencia naturalmente intemporal, pero que en todo caso fue redactado en unos días en que una izquierda fiel a sus raíces se sentía cómoda con esta idea.

En el equilibrio de ese texto se trasluce ya el principio de generosidad con el que Tierno va a revestir luego su otra y definitiva faceta, la de primer alcalde de Madrid en la democracia.

Fue una responsabilidad inesperada. Después de una difícil trayectoria de lucha por las libertades y dedicación a la vida académica, el PSOE, donde se había integrado mal que bien el socialismo clásico de su pequeño partido, le envió a la conquista de una institución a la que, contra pronóstico, él dio visibilidad. Queriendo tal vez relegarle a lo que entonces era un cargo de trascendencia más incierta que hoy, lo que hicieron fue darle protagonismo, y la oportunidad de llevar la política a un ámbito que otros habían considerado secundario. Tierno hubiera podido amargarse o retraerse, al estilo del último Azaña, pero no lo hizo, porque aquélla era una época inaugural en la que todo era promesa, y porque no estaba en su carácter, en última instancia bienintencionado bajo esa ironía que él vestía a modo de coraza. Si en algún momento fue real eso que se llamó «el desencanto», desde luego no fue en su papel de alcalde de Madrid, ni en la vida de la ciudad misma. Antes al contrario, un Tierno bienhumorado y en su papel dotó de contenido a una figura que en las décadas anteriores había sido opaca, la del alcalde de la capital, y devolvió la ilusión y el respeto de los madrileños por una institución, la de su Ayuntamiento, centrada en la defensa de sus intereses.

Su gran logro, por encima de cualquier posible error, fue identificar el afán de vivir de Madrid, de salir a la luz, de sacudirse el sambenito de la ciudad oficial. Comprendió que bajo ese cliché latía una sociedad inquieta, rebelde, creativa, que aprecia la cultura y que responde cuando se le habla en un lenguaje culto. Tierno tuvo, además, una visión de conjunto de las necesidades de la ciudad, porque, más allá del anecdotario, pensaba que «la ciudad es un hecho intelectual», y sabía que el alcalde de Madrid no puede actuar únicamente como un símbolo o una figura familiar, sino que debe ser también un impulsor de proyectos. No acertó en todo, y es imposible compartir las bondades del «crecimiento cero», pero todavía se pueden extraer de su idea de Madrid enseñanzas muy válidas. Por ejemplo, que la ciudad es también su río y hay que actuar en su entorno, que el centro no puede soportar indefinidamente la presión del automóvil, o que la imagen internacional de la capital de España es parte de nuestra identidad y bienestar. Tierno asumió el deseo de Madrid de tener entidad propia, recuperó tradiciones y fue consciente de que éstas debían encontrar un contrapeso en la vanguardia. Y, sobre todo, entendió que una sociedad urbana avanzada como la nuestra no puede permitirse actitudes inmovilistas.

Para un joven concejal con más vocación que experiencia, como era yo en 1983, su figura suponía un derroche de ingenio y erudición, y una prueba de que la cortesía ofrece un molde inmejorable para dar forma a la discrepancia y hacerla provechosa. Recuerdo bien algunos debates con él y muchos de sus consejos. Y especialmente, aquel sentido de la contención que rozaba la flema, así como un carácter a fin de cuentas pragmático, que le acercó a los madrileños tanto como le alejó de los prejuicios. Por eso Tierno es memoria viva de Madrid, como se vio en el cortejo fúnebre más impresionante que esta ciudad recuerda, donde le rindieron homenaje ciudadanos de diferentes ideas, y de ahí que cualquier tentación de monopolio sobre su figura esté condenada al fracaso, porque no es de unos ni de otros. Pertenece a cuantos le tratamos y apreciamos, y a la Historia misma de Madrid, habitada por individuos excepcionales que, como decía Ortega, tienen la rara capacidad de transformarse y renacer.