Tierno Galván: Las ‘movidas’ del ‘viejo profesor’

Por Victoria Prego, periodista (EL MUNDO, 19/01/06):

Cuando se cumplen 20 años de la muerte de Enrique Tierno Galván, EL MUNDO se suma al homenaje a su memoria recordando los distintos papeles que desempeñó en la vida pública española en unos tiempos complejos e inciertos. En 1965, siendo profesor en la Universidad de Salamanca, se solidarizó con la protesta que encabezaba un grupo de catedráticos contra las medidas de represión del régimen.Fue expulsado de su cátedra, pero pasó a ser uno de los líderes intelectuales de las protestas estudiantiles. En los 70 se convirtió en el referente de mayor prestigio dentro de los dirigentes de la oposición a Franco. Como alcalde de Madrid, su último cometido, el viejo profesor dejó una impronta que, 20 años después, se mantiene prácticamente intacta

Estuvo dispuesto a inventar su vida pasada y a reinventarse a sí mismo tantas veces como lo consideró necesario. Y lo hizo con el aplomo y la audacia que sólo poseen quienes atesoran una insuperable opinión sobre sí mismos.

Catedrático de Derecho Político, Enrique Tierno Galván perdió la primera plaza de las oposiciones frente a Manuel Fraga y se tuvo que conformar con ocupar la cátedra vacante, en Murcia.Se hacía llamar viejo profesor cuando aún no había cumplido los 30 y durante décadas cultivó hasta la obsesión su imagen de intelectual circunspecto con la suficiente capacidad y solidez políticas como para saberse llamado a ser el presidente de la Tercera República española. Según quienes le conocían, y fuimos muchos, él contemplaba su propia figura como la del padre por antonomasia de la izquierda prudente, con posiciones posibilistas, no radical. Alguien apto precisamente para pilotar una transición política.

Esta ensoñación la compartió sin el menor pudor con alguno de sus pupilos -jóvenes universitarios deslumbrados por la brillantez y la amabilidad del profesor- en los últimos meses de la vida de Franco, cuando ya era evidente que España embocaba un tiempo de transición hacia una tan deseada como incierta democracia.«Yo soy el hombre idóneo para pactar con los sindicatos de izquierda y al mismo tiempo con los militares y otros poderes fácticos», explicaba por entonces a sus próximos.

Esa, la de sentirse llamado a los más altos destinos políticos, fue precisamente una de las razones por las que Enrique Tierno Galván, presidente por entonces del Partido Socialista Popular, se negó en redondo a pactar con Felipe González y Alfonso Guerra, jóvenes dirigentes del PSOE renovado, para acudir juntos a las primeras elecciones democráticas de junio de 1977, ni bajo las siglas del PSOE ni siquiera como independientes, que fue lo máximo que Alfonso Guerra estuvo dispuesto a concederle. La otra razón era que despreciaba sin disimulo a estos nuevos dirigentes, frente a quienes se sentía abismalmente superior en lo intelectual y, por descontado, en lo político. Esta era desde 1975, tras la muerte de Franco, su posición y su juego.

El emblema del partido, cuyas insignias se fabricaron en una industria chatarrera de Calasparra, Murcia, era una paloma roja anillada en espiral. Y el lema de la campaña electoral fue Por un socialismo responsable. Se trataba de un claro intento de reclamar para sí la confianza de los poderes del antiguo régimen y la de los votantes deseosos de recorrer el camino hacia la libertad sin tener que pagar los altos costes de un enfrentamiento posible entre la vieja derecha y la nueva izquierda.

El, don Enrique Tierno, era el partido. Y su partido, el PSP, era él. Luego estaban los militantes, la mayoría de los cuales había acudido a sus filas por admiración al profesor. Era una organización mayoritariamente compuesta por estudiantes, profesores y diplomáticos. «Nosotros no teníamos obreros», recuerda divertido uno de sus militantes. «Bueno, teníamos uno que se llamaba Huélamo y trabajaba en la Standard. Luego había otro que era taxista.Pero a Huélamo era al que sacábamos en los carteles y en algunos actos». A ese partido de izquierda moderada, de gentes de la universidad y sin componentes obreros, se acercaron muchas veces a lo largo de aquella campaña electoral irrepetible muchos de los viejos caciques de provincias, deseosos de limpiar su pasado político, ofreciéndose a acudir a las elecciones en las listas del PSP con el compromiso de financiar la campaña.

Escenas de ese tipo, en la que viejos falangistas, antiguos dirigentes del Movimiento o meros representantes de las fuerzas vivas de las capitales de provincia, ponían su cuenta corriente al servicio del profesor para poder tener la oportunidad de colarse en las filas de ese socialismo responsable que -Tierno no tenía ninguna duda- estaba llamado a dirigir los destinos de España con él al frente, se repetía con frecuencia.

El actual ministro de Defensa, José Bono, uno de los jóvenes militantes del PSP y, junto con Raúl Morodo, el más destacado entonces de todos ellos, fue testigo en un restaurante de Albacete de la oferta que el notario, el médico y otro caballero, también fuerza viva de la ciudad, hicieron al líder del PSP: a cambio de obtener un sitio en las listas del partido, ellos se comprometían a asegurarle la financiación de la campaña electoral.

Enrique Tierno venía en ese momento de dar un mitin brillantísimo e incendiario en el Teatro Circo de la ciudad. Un mitin en el que la emoción se desató a raudales. «Yo vi allí, absolutamente conmovido», cuenta uno de sus colaboradores, «cómo lloraban hombres de 60 o 70 años. Creo que lloraban por su juventud perdida. Pero aquel día estaban escuchando de nuevo aquellas cosas por primera vez en muchísimos años. Y creo que también lloraban por ese tiempo eterno en el que habían convivido con el miedo».

Fue también Tierno el protagonista del primer mitin multitudinario que tuvo lugar en la capital de España después de 40 años. Alrededor de 25.000 personas se congregaron aquel sábado 26 de marzo de 1977 en la plaza de toros de Vista Alegre. Era la primera convocatoria de masas que hacía la izquierda española desde hacía más de 40 años. Un grupo de anarquistas, bandera negra en ristre y con voluntad de reventar el acto, intentó una y otra vez acallar la voz de Tierno Galván. No lo consiguieron. El viejo profesor logró hacerse con los miles de asistentes. Tanto, que la revista Cambio 16 tituló la noticia así: El paseíllo de Tierno, y la ilustró con una caricatura del dibujante Ramón en la que el líder del PSP aparecía vestido de torero. Un elogio sin paliativos que, sin embargo, indignó a Tierno Galván. Aquéllos aún eran tiempos en los que el profesor había incluso declarado tras acudir a La Zarzuela para una audiencia con el Rey: «Personalmente, no tendría inconveniente en presidir un Gobierno de la Monarquía, pero siempre que fuera de mayoría socialista».

A alguien que se sueña al frente de los destinos de la patria y que cultiva la imagen de fino intelectual y hombre hondamente comprometido con la batalla por las libertades, el mundo de la caricatura, no digamos de la tauromaquia, le pareció un auténtico insulto.

Pero las elecciones de julio del 77 sacaron al líder del PSP de sus ensoñaciones. Tierno sólo obtuvo seis escaños. Y Felipe González 118. Todo se desvaneció para él en ese preciso momento.Poco después, en el congreso del PSP celebrado en octubre en Torremolinos, el profesor reconoció paladinamente ante los suyos que todo se había acabado.

Las negociaciones con el PSOE para la absorción se cerraron en abril de 1978 y consistieron básicamente en que los componentes del PSP abandonaban sus siglas y entraban a formar parte del PSOE, que se hizo cargo de las deudas del pequeño partido derrotado: casi 50 millones de pesetas de la época. Para entonces, los jóvenes dirigentes socialistas, que nunca perdonaron a Tierno ni su soberbia intelectual, ni sus intentos de impedir que la Internacional Socialista diera su apoyo al PSOE renovado, ni sus alianzas con Rodolfo Llopis contra ellos, ya habían encontrado el modo de hacerle pagar sus pasadas actitudes y sus no tan pasados desprecios.

Cuando llega el momento de establecer la composición de la ponencia que debe iniciar los trabajos para elaborar una Constitución, Tierno sufre un golpe amargo a manos de aquéllos a quienes él llamaba «estos muchachos». Los socialistas votan una ponencia de siete miembros, y no de nueve, como en principio se había pensado, e incluso están dispuestos a ceder una de sus plazas al representante de la minoría catalana, Miquel Roca, con tal de dejar fuera de ella a Tierno, que sufre así la mayor frustración de su vida política y académica: no haber podido participar en la redacción de una Constitución para España.

Al año siguiente, con la Constitución recién aprobada, González y Guerra le ofrecen lo que podía haber sido un caramelo envenenado: la candidatura a la alcaldía de Madrid en las elecciones de abril de 1979. Es una manera de mantenerle alejado del poder. Madrid y su Alcaldía no eran lo que son ahora. Aquel era un cargo que habían desempeñado acreditados franquistas como Arias Navarro o Juan Arespacochaga y no tenía ningún atractivo inicial. Pero él resulta finalmente elegido alcalde con la ayuda del PCE.

Y Madrid es la revelación para Tierno. El se da cuenta de que ya no va a poder ocupar posiciones superiores en la vida política y decide darle la vuelta a la situación. Empieza entonces de nuevo a reinventarse a sí mismo y a reinventar Madrid. Y uno y otra, el alcalde y su ciudad, se enaltecen recíprocamente, se proporcionan su mejor imagen pública y se otorgan el orgullo y la alegría de ser madrileños. Y así, consumada su última metamorfosis, el hombre que se había ofendido por una caricatura en la que aparecía vestido de torero se marca en una verbena de los años 80 un baile mítico con una deslumbrante Flor Mukube, Miss Guinea, después de haber hecho la siguiente e inolvidable declaración: «Me gustan las mujeres con los senos caídos».