Tierno y el callejero de Madrid

Otra vez «begin the beguine», o el viejo tejer y destejer de la España, nueva Penélope del viejo Larra. Estoy en contra de alterar el callejero enmendando la plana a tres décadas de gobiernos democráticos de unos y otros. Quiero decir que el consistorio madrileño siempre ha tenido una política muy medida y razonable de honores urbanos. El callejero, en principio, debe tener estabilidad. Primero, por razones de orientación; y segundo, para no provocar disgustos innecesarios. Y es que todo el asunto de las calles ya lo trató mi alcalde, don Enrique Tierno. Les cuento cómo fue.

Don Enrique pretendía ser alcalde de todos y por eso solía prestar bastante atención a los que no le habían votado. Sobre todo, era alguien muy fino que sabía saltar sobre los charcos que muchachos muy ideologizados, más que los de hoy pero menos gamberros, le planteaban inillotempore. Un tema que había que tratar era el nombre de las calles. Estaba claro que había que incorporar al callejero de la capital el espíritu de concordia del que el país estaba impregnado, y eso era incompatible con un nomenclátor hecho bajo otras circunstancias históricas. También estaba claro que se hiciera lo que se hiciera algunos iban a quedar descontentos, pero se buscó desde el principio que el descontento se debiera a su propia cerrazón y no a la política del ayuntamiento.

Se fijó así una guía de moderación: al César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios. Al fin y al cabo, la República había cambiado muy pocas calles, básicamente las que recordaban figuras monárquicas no históricas, con lo que para evitar sofocos uno de los criterios fue el retorno al nombre anterior al 14 de abril. Otras pautas fueron: las calles de ampliación se dejaban como estaban, las de nombre tradicional volvían al que había persistido en la memoria y se recuperaban nombres anteriores de personajes históricos. Y todo ello buscando acuerdo, consenso si posible, y evitando la acusación de revanchismo. Se intentó, además, que la operación saliera barata. No se quiso ser maximalista.

A Dios lo que es de Dios llevaba a no quitarle ninguna calle o plaza a Dios e incluso a devolverle algunas: Santa Engracia por Joaquín García Morato; las cuestas y glorieta de San Vicente por Onésimo Redondo y Ramiro Ledesma; la Encarnación por unos hermanos de Serrano Suñer fusilados en la guerra; el capitán Cortés la perdía ante Santa María de la Cabeza. Con este gesto, la rama democristiana de UCD quedó tranquila. Todo se discutía en la comisión de Cultura del ayuntamiento, se consultaba al magnífico Instituto de Estudios Madrileños.

Recuerdo varias reuniones en la sala grande de comisiones. A la caída de la tarde, con un whisky con hielo, parecía que íbamos a estar todos de acuerdo. Se acordó abordar de una primera tacada las calles del centro. En esas reuniones preparatorias alcancé un cierto prestigio en la materia, pues acudía a ellas con el maravilloso libro de Pedro de Répide: las calles de Madrid. Répide, maestro de los cronistas de la villa, había tenido durante veinte años columna fija en «El Liberal» y luego en el «Heraldo» sobre las calles capitalinas. Todas estaban ahí. Sobre todo, había que distinguir bien entre militares franquistas y decimonónicos, muchos de ellos héroes de la Guerra de Independencia y liberales. De los generales cayeron pocos, pero relevantes: Sanjurjo ante un gran alcalde de Madrid como José Abascal; Mola, el iniciador del golpe, cayó ante Espartero, príncipe de Vergara y titular anterior de la calle; Primo de Ribera cedió ante la Ronda de Atocha; el general Goded, ante el general Arrando. La discusión iba muy bien y estábamos alcanzando un pleno acuerdo con los concejales de UCD, que eran buena gente. Con la entonces avenida de José Antonio sacamos matrícula de honor. La calle históricamente se había llamado, por tramos, Conde de Peñalver, Pi y Margall y Eduardo Dato. Peñalver y Dato ya tenían calle y nadie se las quería quitar. A Pi y Margall nadie lo reivindicaba entonces. El nombre de avenida de Rusia, durante la Guerra Civil, tampoco lo propuso rescatar nadie. Así que con gran éxito decidimos llamar Gran Vía a la Gran Vía. Llamar plaza de la Moncloa a la plaza de la Moncloa; y olvidar el de Mártires de Madrid también fue fácil. Víctor Pradera cedió ante los mejores títulos de Juan Álvarez Mendizábal; los hermanos Miralles, frente al general Díez Porlier, con explicaciones aceptadas por el último hermano Miralles con vida, Jaime Miralles. El gran líder progresista del XIX Saturnino Olózaga la recuperó de los Héroes del 10 de agosto. La devolución de la plaza de Roma al liberal Manuel Becerra se hizo previo convite al embajador de Italia y la dedicación a Roma de un gran parque que estaba sin nombre.

Todo iba sobre ruedas, pero topamos con el Caudillo, y allí esperaba toda la oposición emboscada. La cosa se caldeó por una calle menor, la del comandante Franco; tan inadmisible para algunos como intolerable el cambio para otros. El Répide no ofrecía ayuda. Para algunos se trataba del hermano aviador, Ramón; para otros era Francisco, pero enaltecido como héroe de la guerra de África y no como caudillo. El concejal que presidía, hombre recio y de probada trayectoria antifranquista, zanjó: hermano o héroe, o ambas cosas, el comandante Franco se queda. Pero quedaba el hito mayor. Ya habíamos devuelto a los Agustinos Recoletos el paseo de Calvo Sotelo, pero la avenida del Generalísimo era reciente: cambiar iba contra el criterio de no alterar las calles de planta nueva. Franco tenía gran cantidad de mementos en toda la ciudad y había caído alguno, pero este era el más importante. Nuestra propuesta fue impecable. Prolongación de la Castellana, la vieja avenida de la fuente castellana. Un posibilista de UCD preguntó hasta dónde iba a llegar la Castellana, y se respondió: hasta Burgos, si hace falta. Los de UCD no quedaron del todo descontentos. En total, se cambiaron unas 27 calles y el presupuesto no llegó a 500.000 pesetas.

Mi alcalde, Enrique Tierno, creó felicidad sin presupuesto y procuró no molestar a los que no le votaron más allá de lo estrictamente necesario. Buen consejo que debería seguir mi nueva alcaldesa.

Juan Claudio de Ramón fue delegado de Obras y Servicios Urbanos del Ayuntamiento de Madrid (1979-1981)

2 comentarios


  1. El artículo es del padre del autor que ponen, como pueden ver en el texto y en la firma. En definitiva, sobra el segundo apellido en el nombre del autor, o en todo caso localizarlo en Ayto. de Madrid

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