Tinieblas y luz

El autoproclamado Estado Islámico ejecuta públicamente a cuchillo y, a veces, ante las cámaras de vídeo, a rehenes solitarios y prisioneros en grupos, y arrasa joyas arqueológicas a golpe de martillo y de explosivos. El EI viola mujeres, se apodera de territorios y poblaciones y somete a sus habitantes a una feroz dictadura. El EI no sólo se cobra en vidas en nombre de Dios, sino que trata además de borrar la Historia demoliendo las huellas de antiguas civilizaciones. Y nos espantamos. Pero ¿de qué nos espantamos? El crimen nació con el hombre y no es escandaloso reconocernos como parte de una especie que practica con inusitada frecuencia la destrucción de sus hermanos de raza. Ni las manadas de hienas ni las familias de leones se declaran la guerra con sus adversarias de la manera en que los seres humanos somos capaces de hacerlo con nuestros semejantes. Dicho de otro modo: las formas de acción del EI anidan en nuestra feroz naturaleza y no son exclusivas de una religión. Los romanos arrojaban en el circo a sus enemigos para que los mataran las fieras y fueron ellos quienes acuñaron la sentencia que, más tarde, hizo famosa el filósofo Thomas Hobbes en su obra «Leviatán»: «El hombre es lobo para el hombre». La frase no ha perdido actualidad, aunque resultaría más exacto si la formulásemos hoy con algo más de actualidad: el hombre es hombre para el lobo.

Tinieblas y luz

Nos espantan los hombres-bomba que se arrojan cargados de explosivos contra una multitud cualquier día en las calles de Bagdad, o los que estrellaron sus aviones contra las Torres Gemelas de Nueva York aquel luctuoso 11-S, o quienes se inmolan en nombre de Alá en su búsqueda del paraíso a través del martirio. Pero ¿hemos olvidado la historia del judío Sansón y el templo de Gaza, el primero y más famoso terrorista suicida de la Historia humana? «¡Muera yo con los filisteos!», se lee en el bíblico Libro de Jueces (16, 28-31). «El edificio se hundió sobre los pilares y las gentes que estaban allí. Los que, al morir, mató Sansón fueron más de los que mató en vida».

Recordemos, por otra parte, a los miles de víctimas que echó vivas al fuego la cristiana Inquisición: entre otras, reputados hombres de ciencia como Giordano Bruno. ¿Qué es más terrible: la daga islámica o la hoguera cristiana? ¿Y por qué figura todavía entre los santos de la Iglesia católica Santiago Matamoros, el que ayudó a los cristianos a vencer a los musulmanes en la batalla de Clavijo? La leyenda dice que surgió de pronto de los cielos y, con su espada, dio muerte a más de cinco mil «moros».

No hay que irse tan lejos, sin embargo, para hacer recuento del horror desatado por el hombre. El Holocausto nazi, anteayer mismo, buscaba el exterminio de una supuesta raza crecida en una fe, la judía, y la de sus herederos, fueran o no creyentes. Y las todavía más recientes guerras de la antigua Yugoslavia tenían el respaldo de religiones como la católica y la ortodoxa, además de la musulmana. Fueron guerras de índole territorial, desde luego; pero bendecidas por sus respectivas iglesias. Recuerdo que, en la ciudad de Mostar, en Bosnia Herzegovina, se tendía un puente sobre el río Neretva que comunicaba, desde el siglo XV, a las dos comunidades que habitaban la urbe: la musulmana bosnia y la católica croata. Fue volado por las bombas croatas en 1993, rompiendo una convivencia que había sobrevivido varias centurias. Y en Sarajevo, donde también durante siglos vivieron en armonía católicos, ortodoxos, judíos y musulmanes, fueron bombas ortodoxas serbias las que incendiaron la gran biblioteca islámica de la ciudad, perdiéndose miles de textos de incalculable valor histórico.

Las Cruzadas constituyeron un intento de implantar en los Santos Lugares el reino de la fe cristiana, una suerte de estado religioso sostenido por la espada y la cruz. Las guerras duraron casi dos siglos, desde que Godofredo de Bouillon conquistara Jerusalén en el año 1099. Bendecido por el Papa, este noble húngaro decretó una implacable matanza entre los habitantes de la ciudad que profesaban la religión judía o la musulmana, incluidos mujeres y niños. Cuando casi un siglo después, en el 1187, Saladino reconquistó para el islam la ciudad, no hubo sin embargo matanza de civiles. Pero la llama del rencor religioso, escrito en biblias, coranes o torás, sigue ardiendo en esta mal llamada Tierra Santa.

Turbas cristianas bizantinas, azuzadas por el obispo copto-ortodoxo Cirilo, incendiaron la Biblioteca de Alejandría, en los inicios del siglo V de nuestra era. ¿Cuántas de las tragedias atenienses se perdieron allí? Se dice que cientos de obras, muchas de ellas salidas de las plumas de Esquilo, Sófocles y Eurípides. El cristiano Cirilo odiaba la ciencia tanto como la literatura, ya que fue también el instigador de la lapidación de la sabia Hypatia, inventora del astrolabio.

La lista de la destrucción de ciudades es también larga. Pongamos unos pocos ejemplos: el incendio de la bella Atlanta por las tropas nordistas de Sherman en la Guerra de Secesión americana, Nanking demolida y 300.000 masacrados por tropas japonesas en 1937, la arrasada Guernica de nuestra Guerra Civil, el bombardeo aliado de la ciudad de Dresde en 1945 (25.000 muertos civiles); Hamburgo (40.000), Hiroshima (166.000), Nagasaki (80.000)…

El EI surge de nuestra naturaleza cruel y demoledora tanto como de los preceptos originales del islamismo que preconizan en determinadas circunstancias la «Yiddah», la Guerra Santa. Por fortuna, durante la Ilustración creamos unos principios democráticos y de respeto de las leyes que son el origen de la Declaración de los Derechos del Hombre. La derrota del EI y de toda intransigencia está en la defensa tenaz y valerosa de esos principios y derechos, no solamente en pedir la ayuda de Santiago Matamoros para acabar con la barbarie desatada por el EI.

Hay que leer a menudo aquello que escribió el filósofo alemán Friedrich Schelling: «En el hombre está el poder entero de lo tenebroso y, a la vez, la fuerza entera de la luz».

Javier Reverte, escritor.

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