Tipos de interés: ¿inicio de la subida?

La crisis de Libia ha vuelto a poner sobre el tapete los problemas que amenazan la evolución de los precios al consumo. Tanto en los países occidentales como en los emergentes. En estos últimos, hace ya unos meses que han saltado las alarmas, tras los avances de las cotizaciones de las materias primas agrícolas, con impacto directo sobre el coste de la vida, y de las industriales, con efectos más indirectos, pero no por ello menos importantes. Así, en las últimas semanas hemos visto el cobre cotizando a valores históricos, junto al oro o la plata y otros metales, mientras que los precios del café, azúcar, cacao, soja o de los cereales se disparaban al alza por una combinación letal de aumentos de la demanda mundial y caídas de la oferta como resultado de condiciones climatológicas adversas.

En los países de rápida industrialización lo que más preocupa son las alzas en los alimentos, dado el peso del componente alimentario en el IPC, próximo en general al 40%, que amplifica el impacto sobre el índice general de precios. Esta evolución ayuda a entender las turbulencias que agitan el Mediterráneo y explican también los esfuerzos de la India y China por reducir el avance de sus economías, y reconducir a la baja un ritmo de crecimiento de los precios que se ha disparado por encima de lo deseable. Además, a partir de la última parte del 2010, el avance de la cotización del petróleo comenzó a acelerarse hasta alcanzar los 90 dólares/barril, una tendencia que se refuerza tanto por la expansión de los países emergentes como por los acontecimientos políticos de Libia, de forma que el barril del petróleo tipo Brent, el de referencia en Europa, ha alcanzado los 105 dólares, un valor desconocido desde septiembre del 2008.

Pero no solo en los países emergentes la inflación comienza a crepitar. Aunque partiendo de valores mucho más reducidos, y con amplias capacidades productivas ociosas que limitan su avance, en las principales economías occidentales también comienza a observarse este proceso alcista. Y ello está poniendo nerviosos a los distintos bancos centrales, dado el carácter muy expansivo de la política monetaria actual. Así, y con la excepción de Japón, que continua sumido en su tradicional deflación, el IPC ha dado algunos sustos en Gran Bretaña, el área del euro y también en Estados Unidos. En este país, y aunque la inflación subyacente continúa por debajo del 1%, el IPC en enero ha superado el 3% en tasa interanual, mientras en las islas británicas alcanzaba ya el 4%, y se espera que se sitúe en torno al 5% en los próximos meses. Finalmente, en el área del euro, el 2,4% de enero, tras el 2,2% de diciembre, aparece como un valor muy alejado del que desearía el Banco Central Europeo (BCE), aunque las expectativas a medio plazo son de reconducción a la baja si el avance de la energía y otras materias primas se contiene. Además, en la zona monetaria común, no hay que olvidar el fuerte impulso económico de Alemania, que podría traducirse en aumentos de precios por encima del 2% por el efecto alcista que pudieran tener algunos acuerdos salariales últimamente alcanzados (en el entorno del 3%). Como pueden comprobar, una situación que, en general, todavía no es preocupante, pero con riesgos claros procedentes del sector exterior (a través de alimentos y energía), a los que hay que sumar la fortaleza de la recuperación en Europa.

¿Qué van a hacer los banqueros centrales? De consolidarse las alzas de precios de la energía y los alimentos, y en caso de que su avance se traduzca en incrementos salariales, no les quepa duda de que al BCE no le temblará el pulso a la hora de elevar el precio del dinero. Ya lo hizo en plena crisis, en julio del 2008, cuando el petróleo se situó cerca de los 150 dólares y los alimentos también alcanzaron cotizaciones máximas. Y lo mismo sucedería ahora. Pero tanto aquí como en Gran Bretaña o EEUU, la recuperación es todavía incierta. Y un endurecimiento de la política monetaria daría al traste con uno de los pilares sobre los que se ha asentado, hasta la fecha, el proceso de mejora de nuestras economías. Por ejemplo, el peso de los intereses de la deuda de los consumidores se sitúa, en España y en la unión monetaria, en valores mínimos históricos. Y lo mismo puede afirmarse de los costes financieros de la deuda pública en ambas orillas del Atlántico.

¿Qué va a pasar? Esperemos que las aguas del Mediterráneo se calmen, la energía reduzca sus cotizaciones y que, a lo largo del año, las condiciones climáticas sean más favorables para la agricultura global. Y, en caso contrario, que haya el suficiente consenso social para no trasladar hacia delante, hacia los precios finales, los costes generados por los aumentos de precios de las materias primas. De no ser así, ténganlo claro, el BCE no tendría problemas para endurecer la política monetaria. Y quizá, y dado el ritmo de crecimiento alemán, ello sea inevitable próximamente. En todo caso, no es algo que convenga a España, dados los elevados volúmenes de deuda privada, el creciente endeudamiento público y la debilidad de nuestra actividad.

Por Josep Oliver Alonso, catedrático de Economía Aplicada, UAB.

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