Tiranos y siseñores

El abuso de poder se manifiesta cuando el aspirante a tirano interioriza que su lacayo adolece de dignidad, percepción o valentía. La tiranía anida en todas las organizaciones. Pero basta con que alguien la denuncie para que su consolidación resulte más difícil. La cobardía de callarse o de posponer medidas drásticas alumbran estos procesos, en donde tan nocivos como los tiranos son los siseñores que los rodean.

El siseñor es fácil de identificar. Lo veíamos en Hamlet cuando el príncipe danés comentaba a su gran chambelán Polonio: «Esa nube que ves tiene forma de camello». Polonio asentía: «Sí, tiene forma de camello». Entonces Hamlet rectificaba: «Parece una comadreja»; y Polonio volvía a aceptar que efectivamente tenía el dorso de una comadreja. Hamlet otra vez cambiaba de opinión: «O de una ballena», y Polonio confirmaba: «Exacto, de una ballena».

Pues bien, díganme ¿quién en esa escena tan humillante es Chávez y quién Iglesias, quién Zapatero y quién Maduro? La pregunta es retórica, la duda es otra: ¿por qué razón inexplicable el parlanchín Iglesias se ha convertido en los temas venezolanos en el «mudito Iglesias» o por qué el demócrata Zapatero hace de ventrílocuo de Maduro? No lo sabemos, como tampoco sabemos quién paga a Zapatero por su neutral mediación, o a Iglesias por su incontinencia gestual en España. ¿Rige aquí también la presunción de inocencia o más bien los inocentes somos nosotros?

Hay dos características recurrentes en el tirano: a) su zalamería o aparente preocupación por el bienestar del oprimido y b) su cruel desvergüenza cuando se quita la careta. Sobre lo primero hemos podido presenciar en el mundo empresarial vicisitudes de corporaciones como Rumasa, Banesto o Caja Madrid, y cómo la rendida voluntad de los altos ejecutivos a los dictados de sus presidentes acabó mal en todos los casos. Gentes con preparación que, abducidas por el carisma y encanto de sus jefes, han terminado en la cárcel o con penas por cumplir. En los tres casos la ceguera fue parecida: el comportamiento manipulador del factotum producía un sentimiento infinito de lealtad, haciendo que se olvidaran de la obligación primigenia de fidelidad para con sus familias o su buen nombre.

Recojo otro recuerdo, esta vez en el hotel Capri de la Habana, un día de «elecciones», acompañado de funcionarios de MediCuba, viendo por televisión cómo votaba Castro. Al llegar el comandante en jefe ante la urna se interesó por si quien iba a recibir su voto había almorzado. El interpelado contestó con sorpresa que todavía no, a lo que Castro, con aspavientos protestó escandalizado: «Es más importante para la Revolución que este hombre coma a su hora, que que seamos puntuales en cerrar los colegios electorales», frase que los funcionarios de MediCuba acogieron con arrobo exultante ante tanta humanidad. La verdad es que nunca supe si aquel hombre comió a su hora o un tiburón en su probable huida a Miami se lo comió a él; pero el comentario de Castro resultaba tan poco creíble que animaba a subirse a una balsa y salir de allí pitando. Alguna vez alguien debería preparar una tesis sobre «qué grado de desesperación lleva a un hombre a jugarse la vida de manera tan horrible cuando, por otro lado, le tratan tan bien».

Junto a estos ejemplos de personas seducidas y abandonadas están otros que representan lo contrario, como Louis Louchet, que en medio del reinado del terror de la Revolución Francesa fue el primero que se atrevió a pedir en la Asamblea Nacional, de manera heroica, que arrestaran a Robespierre, algo secundado de inmediato por cientos de diputados que esperaban cautos a que algún insensato lo propusiera primero; prudente espera que llevó a muchos a la guillotina.

En el caso de Venezuela y de sus presos políticos, españoles de bien no han dudado en asumir insultos por defenderlos, como Rajoy, González, Aznar, Rivera… y especialmente la alcaldesa Carmena; o, en otro orden de cosas, la fiscal venezolana Ortega, ambas a contracorriente de sus intereses partidarios. Para vergüenza democrática, ningún juez venezolano, a modo de Polonio, se ha atrevido a discutir la arbitrariedad de su presidente en su «golpe de estado» y posterior marcha atrás como, por ejemplo, han hecho «a la mínima de cambio» los jueces americanos con Donald Trump. En España hace poco la resistencia a la tiranía la ha reflejado bien el Consell de garanties estatutàries de Cataluña, presidido por Joan Egea, y de sus miembros, que, con independencia de quien les nombrara, han sido fieles a la ley y a su propio prestigio.

Imagino que el señor Errejón también habrá manifestado alguna vez que Iglesias es tan humano como Castro y habrá tardado en comprender qué le ocurrió en su último congreso. La respuesta es que cuando subió a rematar a la red se quedó a media pista. No fue lo suficientemente valiente para ofrecerse a liderar su proyecto alternativo, no fuera a dar la impresión de ser ególatra, ambicioso o desleal. Y con estos duros epítetos entro en la segunda característica del tirano. Los tiranos son eso: narcisistas, codiciosos e infiables; triunfan no por ser los mejores, sino porque se concentran en lo que pretenden y no les preocupa la imagen que puedan dar. En eso consiste la tiranía, en procurar que lo peor de uno mismo se refleje con miedo en los ojos de los demás cuando te gritan a la salida de tu casa o un autobús recorre las calles diciendo en una viñeta que no eres de los suyos. Si han de destruir a alguien lo harán, con un abrazo tal vez, pero lo harán; y Errejón no valía para eso.

Decía Georges Clemenceau, que no era un populista, que la voz del pueblo era la voz de Dios y que el dirigente político debía dirigirla inteligentemente. Siempre me quedó la duda de cómo se debía interpretar lo de «inteligentemente». Carter, un presidente americano populista como Trump, aunque no tiránico como el magnate, decía que consultando a menudo a la gente, cosa que luego nunca hizo; mientras que Hitler o Stalin preferían la comodidad de ser más la voz de Dios que la del pueblo y se declaraban ateos, cavilo que para que nadie pensase que tenían competencia. Utilizar la voz del pueblo hablándole como si se fuera Dios o endulzar la píldora de arsénico con falsedades, es la misma tiranía ante la que solo cabe una contundente oposición. No hay que desfallecer, el tirano siempre decepciona y acaba cayendo, y en ese empeño hay que ayudarle con determinación. Sin cobardes no hay tiranos.

José Félix Pérez-Orive Carceller, abogado.

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