Todos al centro de la escena

Hace pocos días, conocíamos la noticia de que tres diputados del Grupo Parlamentario Popular en la Asamblea de Madrid habían dejado a su grupo en minoría al no votar a favor de una iniciativa de Ciudadanos con la que se pretendía instar al Gobierno de la nación a la presentación de un proyecto de Ley sobre la gestación subrogada. La actuación de esos tres parlamentarios, al parecer, estaba basada en razones ideológicas, al ser la propuesta presentada por Ciudadanos contraria a sus creencias. Desde la dirección del Grupo Popular no se tardó en anunciar la imposición de una sanción a estos diputados autonómicos, por romper la disciplina de voto.

He aquí un ejemplo más de la escasa entidad que, para algunas formaciones políticas, presentan las cuestiones ideológicas, en sintonía con una tendencia que arranca en la segunda mitad del siglo XX. Por aquel entonces, los cambios surgidos en los modos de trabajo de las sociedades industriales occidentales -sobre todo, el declive de las industrias tradicionales, como el carbón y el acero, y el auge del sector servicios- lograron transformar el contexto social de la política. Los partidos no pudieron seguir descansando en el viejo sistema de las clases sociales que había constituido el núcleo de su apoyo electoral. Las tradicionales divisiones ideológicas se vieron atenuadas y los partidos y sus dirigentes tuvieron que luchar, cada vez más, para obtener el apoyo de un creciente grupo de votantes independientes: es decir, de votantes cuyas afiliaciones políticas ya no eran transmitidas como una herencia entre generaciones. Al contrario, eran votantes que tomaban sus decisiones sobre la base de las opciones que se les presentaban.

Todos al centro de la escenaSe asiste, así, al declive gradual de la política ideológica y al boom de la política de confianza. La tradicional política basada en los partidos de clase, con su sistema de creencias marcadamente opuestas y su fuerte contraste entre la derecha y la izquierda, no ha desaparecido del todo, pero se ha visto significativamente debilitada desde esas profundas transformaciones sociales del período de posguerra. Desde entonces, florece una forma de política que se basa cada vez más en los específicos programas de acción política que ofrecen los partidos. Ahora bien, estos programas no pueden recibir ya respaldo con la simple apelación, como antes ocurría, a los intereses de clase de los votantes. La cuestión de la credibilidad y la veracidad de los dirigentes políticos se convierte en asunto de creciente importancia. Los electores empiezan a preocuparse más por el carácter de los dirigentes y por su veracidad, al ser estos aspectos el principal medio para garantizar que las promesas políticas se puedan convertir en realidades y de que las decisiones difíciles reposen en juicios sensatos. Este modelo, con la salvedad de los primeros años de nuestra Transición -en los que la carga ideológica del debate entre los diferentes partidos alcanzó un papel protagonista-, es el imperante en la España actual. ¿O era el imperante hasta las pasadas elecciones generales?

Muchas lecturas se han hecho del resultado de los comicios. Ahora bien, por lo que aquí interesa, parece claro -y objetivo- que ningún líder político ha sido capaz, por sí mismo, de concitar la confianza de la ciudadanía necesaria para formar gobierno. Del mismo modo que, salvo algún caso aislado, las numerosas encuestas preelectorales coincidieron en otorgar un suspenso rotundo a la mayoría de los candidatos en lo que atañe a la valoración y confianza suscitada. Es verdad que son varias las razones apuntadas como desencadenantes de esta nueva realidad: los múltiples casos de corrupción que han aquejado -y aquejan- a la vida pública, la profesionalización de la política, la desconexión de la clase dirigente de los problemas cotidianos de la sociedad.

Sin embargo, concurre otro dato relevante: las cada vez menores señas de identidad diferenciadoras de unas formaciones políticas respecto de otras. La política de confianza ha conducido, poco a poco, a una relajación del ideario y principios tradicionales de los partidos, que constituyen el fundamento de su existencia. Lo único que ha pasado a importar es el elector y, en función de lo que creen que éste piensa, así actúan los políticos. En suma, es como si el marxismo se hubiese aburguesado y el liberalismo se hubiese socializado. Todos en el centro. Ese es el axioma.

Así las cosas, no resulta difícil detectar formaciones en las que ya no se reconoce, de forma nítida, una concreta concepción de la sociedad y de su organización ni, desde luego, esquemas axiológicos cimentadores de un modelo ideológico. Apelar a las siglas, a la marca, como enganche para la captación de votos se viene revelando como una estrategia insuficiente. De otro lado, fiar por completo el discurso político a las excelencias de la gestión económica puede provocar la apreciación generalizada de ciertos partidos como organizaciones aptas para llenar la despensa, pero no para orientar el país hacia metas trascendentales de alto voltaje político o social.

Para rizar el rizo, en los últimos tiempos hemos asistido a la proliferación de los llamados versos sueltos, de gran atractivo mediático, que en no pocas ocasiones contribuyen a generar más incertidumbre al elector tradicional de ciertas formaciones. Personas que hacen carrera en un partido, pese a que sus planteamientos, en temas relevantes, distan mucho de lo que se supone que son los principios de éste y se aproximan a los propios de otras fuerzas políticas. Echar mano del argumento de la diversidad y de la libertad de expresión para explicar estas pautas de comportamiento puede gozar de favorable acogida si nos quedamos en la epidermis. Pero no sirve para aclarar por qué se está en un partido cuyo ideario, en teoría, no comparte tales planteamientos. Y, desde luego, hay que convenir en que, al elector medio, estos versos sueltos le generan, como poco, despiste.

Dentro de este contexto, la potente irrupción en el Parlamento de un partido de reciente creación, que ha hecho de la reacción al statu quo existente y de sus postulados ideológicos -claramente de izquierdas- su santo y seña, fuerza a cuestionar la vigencia actual del modelo de política de confianza. La nueva formación ha encontrado una amplia aceptación electoral pese a no ocultar un ideario que halla en las tesis de Gramsci y Laclau, con sus concepciones sobre el populismo y la hegemonía, algo más que una simple fuente de inspiración.

Cabe pensar que no nos encontramos sino ante la enésima manifestación de una peligrosa característica española: la de los bandazos, típicos de naves sin dirección coherente y sin proyectos bien definidos para llegar a un puerto fijo. Sin ir mucho más lejos, en la década de los 80, los españoles contemplábamos el vaivén de la modorra de las tareas jurídico-políticas junto con el sobresalto de las acciones terroristas. La torpeza de las ambiciones de algunos jefes políticos y el susto de la puesta en marcha de golpes de Estado. La pesadilla de la reburocratización de las instituciones al mismo nivel que el pesar por la quiebra de numerosas empresas, incluso bancos. La rutina de ciertos neocentralismos junto con la exageración de tendencias independentistas que, a la vez, crean supercentralismos en sus respectivas regiones.

Es posible que asistamos a un cambio de tendencia, a un proceso de incipiente valoración ciudadana de lo ideológico. A un hartazgo de la concentración estratégica de los partidos en el centro, en una suerte de mixtura de tal calibre que resulta complejo detectar hechos diferenciales en unos y en otros. Generar emoción en política exige tener bases ideológicas asentadas. La elevada abstención en las últimas elecciones y el creciente interés por los debates políticos en televisión, con el consiguiente despeje a córner del parlamento, deben contribuir a la reflexión en este sentido.

Carlos Domínguez Luis es Abogado del Estado en excedencia y socio de Business&Law Abogados.

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