¡Todos al máster!

Durante las primeras décadas del siglo pasado, un periodista madrileño de cierto predicamento, Vicente Sánchez Ocaña, primo y valedor de Josefina Carabias, uno de esos agudos informadores que podría ser el cronista de este Gobierno cuando sus componentes ocupen un lugar de privilegio en el camposanto de Spoon River, escribía, en una de sus habituales colaboraciones para La Nación de Buenos Aires, que en la sociedad española había coléricos socialistas (Baroja los denominaba «pedantes, charlatanes e hipócritas»), coléricos carlistas, coléricos republicanos, coléricos catalanistas, coléricos vascos, trolistas –es decir, profesionales de la mentira como Valle-Inclán–, políticos chanchulleros o histriónicos, generales de salón (y no fue muy acertado en esto), monologuistas como Unamuno. Pero, sobre todo, los que él más destacaba eran los «perenganistas». No acierta a definirlos, pero yo deduzco que se refería a aquellas personalidades que, sin oficio ni beneficio, pero siendo familiares de, amigos de o de condición cercana inconfesable, ocupaban cargos políticos muy por encima de su saber y capacidad.

¡Todos al máster!Hoy carecemos de Barojas, Unamunos y Valle-Inclanes, pero de lo que sí seguimos teniendo en abundancia es de «perenganistas». En el lenguaje inclusivo de hoy en día emitido por nuestras grandes lumbreras de la lengua española habría que añadir perenganistos y perenganistes. El género, para llevar a cabo estas encomiendas, da igual. Una de esas perenganistas posiblemente sea Begoña Gómez, la esposa del presidente del Gobierno. No la presidenta del mismo, pues a ella nadie la votó. Para esta persona, nada menos que la Universidad Complutense de Madrid acaba de crear una cátedra extraordinaria en Transformación Social Competitiva. Por supuesto dirigida por ella. La inscripción para beneficiarse de estos cursos es muy económica y sumamente social: unos 7.000 euros. Y luego los estudiantes se quejan de que la matrícula por curso es muy alta. Es decir, que está a la altura de cualquier hijo de un trabajador de Vallecas o de El Pozo del Tío Raimundo. La catedrática, por la gracia de Dios o, como será laica, por la gracia de ser, temporalmente, quien es; tiene un curriculum medio fantasma que yo, después de tantos años en la universidad pública, no he logrado desentrañar. El caso es que, para resumir: no es licenciada, no es doctora, no ha sido profesora, no tiene méritos académicos, no ha publicado nada ni ha dado conferencias ni ponencias (al menos que se conozcan) y, por tanto, carece de reconocimiento relevante alguno, no sólo español sino internacional.

El sueldo de esta catedrática postiza, tampoco es que sea muy elevado, pero a la vista de los sueldos de los profesores no está nada mal. Hoy, un profesor asociado cobra al mes entre 300 y 600 euros. Hoy, un ayudante doctor gana unos 1.300. Hoy, un titular, unos 1.800. Y un catedrático, unos 3.000, más sus sexenios y complementos. El sueldo de esta nueva e ilustre docente está muy por encima de eso. La Universidad pública española está depauperada y no solo económicamente, también intelectualmente. Bastante mediocridad ya hay en ella para reforzarla todavía más. Si la señora del presidente hubiera tenido antes algún otro trabajo, como igualmente le sucede a su propio marido, no tendría ahora que depender de estas migajas aportadas por la propia hambruna universitaria e instituciones privadas. Estas últimas llevadas con ronzal. ¿Es esto feminismo? ¿Es acaso ser feminista, como ella misma proclamó en aquella manifestación suicida, restarle puestos a jóvenes estudiantes más preparadas y con méritos? A éstas sólo les faltaba el principal requisito: disfrutar del estatus social sobrevenido por matrimonio y cargo. Y, por si esto fuera poco, días después lideró un acto en el que promovía un sindicato de empresas o empresarios afines al Gobierno y discrepantes con los ya existentes. Creo que dijo, y espero no equivocarme, que había que «rehumanizar el capitalismo». En palabras de una ferviente socialista cuasipodemita, no está nada mal.

Por todo lo dicho, ya no me escandaliza lo perpetrado por el Ministerio de Ciencia e Investigación: la retirada de todos los nombres de españoles insignes de la denominación de los Premios Nacionales de Investigación. Ahora están en la rectificación, que a ver en qué queda. Estaba claro que ante el nombre rutilante de Begoña Gómez, qué significan apellidos tan insignificantes como los de Ramón y Cajal, nada menos que todo un Premio Nobel, galardón tan sobreabundante en nuestro país. O los de Enrique Moles, Menéndez Pidal, Leonardo Torres, Gregorio Marañón (uno de los médicos humanistas más grandes que han existido en España), De la Cierva y tantos y tantos otros. ¿Motivos? ¡Ah, sí! Fascistas todos, como el que esto escribe. Es decir, debido a sus edades, prefascitas-fascistas de primera hora y posfascistas siempre. Los demás méritos fueron adquiridos, como en el caso precedente, por contacto. Por ejemplo, Blas Cabrera, un gran físico amigo de Einstein.

Si se le hiciera a nuestro ministro de Censura e Innovación un examen ligero sobre cada uno de sus guillotinados, ¿sabría algo de ellos? Pedro Duque –de quien, equivocadamente, pensaba que era rehén de este Gobierno– tendrá el honor de haber vilipendiado a personas que hicieron infinitamente más por su país que él como astronauta, porque como ministro ni eso. Sí, sí, claro, es que Pedro Duque tiene ahora en la cabeza su NASA española (nasa siempre fue un arte de pescar, sobre todo, mariscos). Yo creo que sería mejor que ese esfuerzo lo invirtieran en una planta de crionización para que se preservara tanto talento ministerial. Ser ministro no da derecho a carecer de vergüenza: y Pedro Duque parece haberla perdido. Insultar a estas personalidades es insultar a todos los españoles.

Una de las cosas fundamentales, después de dejar de ser ministro, es poder volver a salir a la calle a rostro descubierto (en épocas en que esto pueda volver a ser posible) y sin escoltas. Es entonces cuando uno se da cuenta de su buena o mala labor. Nadie sensato se olvidará de lo que Pedro Duque ha hecho, seguramente al dictado de Irene Montero. A este paso también desaparecerá el Premio Cervantes. Dos ínclitas prepodemitas que hoy disfrutan en la semiclandestinidad de aquello que criticaban me vinieron a ver a mi despacho y, de manera amenazante, me conminaron a que cambiara el nombre de Cervantes por el de una mujer. O, en su caso, doblar todos los premios. Hoy habría que quintuplicarlos o incluso más según las investigaciones científicas de la Montero más intelectual del Gobierno.

Sí, nuestro país sigue estando lleno de perenganitos, perenganitas y perenganites. Y, si bien los rectores han estado callados y sumisos ante el desmán de la señora de La Moncloa, han actuado bien al reclamar al astronauta (a partir de ahora será algo despectivo) que reincorpore de nuevo los nombres. Actuaciones como éstas ponen en peligro monumentos como el de Cajal en El Retiro, obra extraordinaria de Victorio Macho. Cualquier desaprensivo podría destruirla en nombre de esta orden ministerial. Tome nota el alcalde de Madrid. Es increíble que mientras los nacionalistas catalanes o vascos hacen gala de sus mentes más preclaras, el Gobierno de todos los españoles les haga el juego a ellos, colaborando en la destrucción de nuestro patrimonio y humillando nuestra identidad compartida.

Este Ejecutivo que es de una cobardía extrema ante los independentistas sólo es valiente contra los pacíficos constitucionalistas. ¿Dónde se aplica la memoria histórica a los etarras? ¿Cómo aún al PNV se le permite que su alma mater, Sabino Arana, sea un racista y xenófobo? ¿Cómo el PNV no ha renegado aún de sus vínculos con el nazismo al que se ofreció como colaborador por pertenecer ellos también a la raza aria? Y de Cataluña qué decir. Me refiero, claro está, a los fanáticos independentistas. ¿Quiénes fueron los que más traicionaron a la República y al mismo socialismo? ¿Cómo se comportaron con Manuel Azaña al que el presidente Sánchez lleva coronas de flores a su tumba para fotografiarse con quien ni leyó? Si lo hubiera hecho, su comportamiento sería otro. Placas anticonstitucionalistas e insultantes cuelgan de fachadas de edificios a los cuales no llega la Ley de Memoria Histórica. Este Gobierno sólo exige perdón y reconciliación a las víctimas mientras que todo se lo regala a los asesinos y delincuentes traidores a su país. Ya me gustaría que esos millones de parados y quienes no disponen de una vivienda digna pudieran disponer de esas celdas de cinco estrellas de espléndido menú.

¡Triste España! Repleta de perenganitos. Yo creo que todos deberíamos apuntarnos a ese máster de los milagros, como lo hubiera calificado Valle- Inclán. Especialmente, los pensionistas y parados. Al fin y al cabo, qué son 7.000 euros. A lo mejor hasta se aprende a cómo prosperar.

César Antonio Molina es licenciado en Derecho y en Ciencias de la Información. Doctor. Profesor de las universidades Complutense y Carlos III. Doctor Honoris Causa por la Universidad L’Orientale de Nápoles. Escritor. Ex director del Instituto Cervantes y ex ministro de Cultura. Acaba de publicar su libro ¡Qué bello será vivir sin cultura! (Editorial Destino).

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