Todos eran mis hijos

Podrá parecerles fetichismo pero uno de los libros de mi biblioteca por los que siento más apego no es un libro de Historia sino una primera edición inglesa del Teatro de Arthur Miller con una dedicatoria magnética: «To Marilyn». Está fechada en 1958, dos años después del matrimonio entre la rubia explosiva y el intelectual contestatario, e incluye, además de las cinco mejores obras de la primera época de Miller, una introducción en la que da en el clavo sobre la utilidad social tanto del teatro como del periodismo.

¿Cuál es el sentido último de ese empeño común por contar historias que aúna a las tablas con la prensa? Miller nos da tres pistas a cual más valiosa. En primer lugar habla de mostrar «la doblez del ser humano» o lo que es lo mismo la distancia que media entre «el concepto que uno tiene de sus propios actos y la descripción verdadera de lo ocurrido». Por si fuera poca cosa, en segundo lugar incide en subrayar que «las consecuencias de los actos de cada uno son tan reales como los propios actos», a pesar de que su carácter diferido «nos lleve a tomarlas raras veces en consideración». Finalmente se trata nada menos que de «desvelar lo que todo el mundo sabía y nadie decía públicamente». Es lo que nuestro nuevo columnista Enric González apuntaba el otro día un poco más finamente: «La función de un periódico sería, más o menos, tocar los huevos».

Conociendo estas tres premisas, resulta espectacular ver a Arthur Miller sobrevolar con sus gafas de concha y su nariz picuda de águila imperial el oasis de calma y felicidad que parece rodear a la familia Keller e ir acercándose a ella mediante lentos círculos concéntricos en el interminable, casi tedioso, primer acto de Todos eran mis hijos.

All my Sons fue su primer gran éxito como autor, el que le permitió cruzar la anhelada «puerta giratoria» que separa el anonimato del éxito, cuando, dirigida por Elia Kazan, alcanzó las 326 representaciones en el Broadway de 1947 y derrotó a The Iceman Cometh de Eugene O’Neill en la pugna por el Premio de la Crítica.

No he utilizado por casualidad la palabra «oasis». Los Keller como la sociedad catalana comparten una fantasía y un secreto inconfesable, conciliando ambos mediante el ejercicio rutinario de la hipocresía doméstica. Su fantasía es que el hijo mayor, muerto a bordo de su avión durante la Segunda Guerra Mundial, sigue en realidad vivo y cualquier día atravesará de regreso el umbral de la puerta. Pero perfectamente podría haber sido que ellos y sus entrañables vecinos promulgaran ese mismo día la república independiente del «happy valley» en el que imaginariamente habitan. «Es como si estuviéramos en una estación de ferrocarril, esperando un tren que nunca llega», resume Chris, el hermano del mesías prometido.

El secreto inconfesable es una sucia historia de corrupción: el padre, Joe Keller, suministró a la U.S. Air Force piezas de avión defectuosas que ocasionaron la muerte de hasta 21 pilotos y permitió que fuera su socio quien pagara por ello en la cárcel, alegando que ese día no estaba en la fábrica. De nuevo lo de menos es el episodio concreto, lo de más la justificación retrospectiva que el delincuente hace de aquella conducta repulsiva que el paso del tiempo ha ido moldeando como la base de su prosperidad. Todo lo hizo por el bien de sus hijos.

Es al comienzo del segundo acto cuando se produce el cambio de ritmo que transforma lo que parecía una pieza costumbrista en un drama de alto voltaje. El punto de inflexión llega cuando la enfermera que vive en la casa de al lado se refiere a los Keller con la misma expresión con que en Cataluña se denomina, entre bromas y veras, a los Pujol: «Lo que a mí me ofende es tener por vecina a la Sagrada Familia. Me hacen parecer una desgraciada, ¿entiendes?». Para añadir a continuación el elemento de contraste con esa idílica fachada de abnegada devoción a una causa: «Todo el mundo sabe que Joe mintió como un bellaco para librarse de la cárcel… Anda, sal y verás. No hay vecino que no sepa la verdad». Lo saben pero no lo dicen pues nadie quiere romper el hechizo de su patriótica autoestima.

La guardiana de las esencias es la madre. Kate Keller es la que, como Marta Ferrusola, mantiene a la familia focalizada en la esperanza de lo que un día sucederá. Su fuerza se basa en el atrincheramiento en un mito que nadie que venga de fuera podrá destruir. Para ello combina dos elementos complementarios: la religión y la astrología. «En la vida hay cosas que pueden ser y cosas que no pueden ser. Como que el sol sale por fuerza cada mañana, porque así debe ser. Para eso existe Dios, si no podría pasar cualquier cosa». Durante el día invoca a la divina providencia, pero al caer la tarde se refugia en el horóscopo como quien recurre a la bruja Avelina.

Chris, el hijo superviviente, representa a toda una sociedad acomodaticia en la que el culto a la utopía -alguna vez se reparará esa injusticia del destino que nos impide terminar de ser una familia rica y plena- sirve de protección frente a la verdad. De ahí que todas las alarmas de la madre salten cuando se acercan a él dos personajes que parecen portadores de letras de cambio del pasado. No son Vicky Álvarez y Javier de la Rosa sino los hijos del socio que ha sufrido los malos tratos del déspota y ha pagado en la cárcel por sus propias culpas y por las ajenas. Ann tiene un elemental afán de justicia («No se puede sentir compasión por esa clase de personas»); a George le indigna que el rasero no sea igual para todos («El tribunal de apelación se tragó el cochino embuste y ahora Joe es un pez gordo y mientras otro, pagando el pato»).

Inicialmente los Keller y sus amigos cierran filas frente a los elementos perturbadores con la misma hipocresía con que lo han hecho los dirigentes del nacionalismo catalán arropados por el periódico que pagan: eso son calumnias, infundios ya reiterados en el pasado, aquello fue cosa juzgada… «En esta casa no tenemos nada que discutir», sentencia la madre. Pero llega un momento en que los indicios se acumulan de tal forma que ni siquiera un bofetón al chico sirve ya para mantener la ley del silencio. La cruda verdad se abre camino y el viejo patriarca explota: «¿No queríais dinero? Pues eso hice, dinero. ¿De qué tengo que pedir perdón? Queríais dinero».

Tras ese último hurra, antes de tener que asumir las consecuencias de sus actos, llega el único momento en que acierta en su diagnóstico. «¡Todos eran mis hijos!», exclama amalgamando en su mea culpa a aquellos hijos biológicos para quienes robó -incluido el que hasta su esposa admite al fin que ya no volverá nunca- con las víctimas directas o indirectas de su latrocinio. A su familia carnal y a la familia moral de todos los marcados por la influencia de su utilitarismo fanático, de su egoísta escala de valores, de su manera salvaje de entender la vida.

En el teatro una acumulación emocional así sólo puede zanjarse con la detonación de un disparo en la buhardilla. En la vida pública de una sociedad abierta lo que exigimos son explicaciones que permitan interpretar lo ocurrido y enderezar lo que se nos ha ido de madre. En algún momento de este proceso de depuración de responsabilidades apenas iniciado Jordi Pujol tendrá que pasar de las muecas y los tacos a mirar a los catalanes a la cara y contestar a la pregunta de por qué sus cinco hijos con actividad profesional conocida están implicados en operaciones opacas, como mínimo sospechosas cuando no turbias y casi siempre basadas en el tráfico de influencias con las administraciones que él y su partido han controlado durante treinta años. El denominador común no es que Jordi Jr., Josep, Pere, Oleguer y Oriol le hayan salido unas lumbreras, sino que Jordi Jr., Josep, Pere, Oleguer y Oriol operen en paraísos fiscales, naveguen entre la comisión y la subvención o practiquen el pelotazo ventajista.

Claro que hay otros partidos y dirigentes, especialmente los dos presidentes y tres secretarios generales del PP durante los 19 años que van desde 1990 hasta 2009, que tras las gravísimas revelaciones de EL MUNDO, también tendrán que responder a interrogantes devastadores y tiempo habrá de poner el foco sobre ello. Pero cuando tus cinco hijos varones y la práctica totalidad de tus colaboradores más estrechos -Mas, Felip Puig, Alavedra, Prenafeta, Durán…- aparecen implicados en tramas corruptas o beneficiados por ellas y cuando la reacción recurrente a cualquier nuevo escándalo, tanto en una como en otra generación, consiste en apelar al victimismo y envolverse en la senyera, aquí hay -¿cómo no vamos a reconocerlo?- todo un hecho diferencial.

¿Quién será el David Frost que haga saltar de sus casillas a este Nixon, el Dostoyevski que abra el camino de la redención por el dolor de los pecados a este Raskolnikov, la Ophra Winfrey que extraiga suavemente la confesión inconfesable del maillot de este Lance Armstrong? «Es imposible ganar siete Tours -u otras tantas elecciones- sin doparse» y es imposible que tus cinco hijos y tu secretario general y tus consellers se forren sin hacer trampas. «Sí, yo me dopé»; sí, yo los dopé con la EPO de la construcción nacional, con los esteroides del «Madrid nos roba» y con la hormona del crecimiento del Catalunya is not Spain. Era una causa noble. Nuestro fin justificaba los medios. Primero era para el partido, luego fue para nosotros. Yo lo hice por todos ellos y la sociedad catalana, siempre en la vanguardia, me entendía. Esa fue la pieza defectuosa. Ese fue el defecto de fábrica que nos derribó a todos… «Lo peor fue traicionar a quienes me apoyaron y creyeron en mi».

Pellizquémonos y volvamos a la realidad. Con una justicia tan premiosa y mediatizada como la nuestra el ritmo de los acontecimientos no coincide nunca con el tempo dramático. Si el caso Pallerols ha tardado catorce años en sustanciarse -y apañarse-, no esperemos el desenlace de este poliédrico caso Pujol que ha ido emergiendo durante las últimas semanas y cuyo perímetro procesal se empezará a concretar en las próximas, antes de las calendas griegas. Lo que ya no tendrá es vuelta atrás. Ni a ese personaje, ni a esa familia, ni a ese partido se les podrá volver a mirar de la misma manera. Porque como dice uno de los vecinos de los Keller «uno se pasa la vida intentando alcanzar la estrella de su integridad, pero una vez apagada, ya nunca más vuelve a encenderse». Eso es lo que les ha sucedido.

Una última cosa antes de bajar este domingo el telón, a propósito de lo de «tocar los huevos». En esa introducción a su Teatro Escogido Arthur Miller alega que «la finalidad de la dramaturgia no es tan solo atacar los nervios y emociones del espectador sino contribuir a crearle una conciencia más exigente». En eso estamos, llanamente, gibelinos entre los güelfos, güelfos entre los gibelinos. Cuando a pesar de haber anunciado una y otra vez las sacudidas sísmicas nadie te convoca a la reconstrucción, ¿qué puede hacer un buen topógrafo sino trazar al menos el mapa de las ruinas?

Pedro J. Ramírez, director de El Mundo

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