¡Todos espiados!

Los casos de espionaje nos enseñan mucho a veces sobre el estado de las sociedades afectadas por ellos. Así, a finales del siglo XIX, el caso Dreyfus, así conocido por el nombre de este capitán del ejército francés, judío, acusado de espionaje a partir de una burda falsificación, reveló en su momento la existencia de una discrepancia profunda en el seno de la sociedad francesa y puso en evidencia la “guerra de las dos Francias”, entre progresistas y republicanos, por un lado, y nacionalistas más o menos antisemitas por el otro.

Con las revelaciones de Edward Snowden, entramos de lleno en un universo en el que el espionaje y la vigilancia nos incitan a reflexionar sobre el lugar de nuestro país en el mundo, también sobre el lugar de Europa, y a partir de ahí efectuar una gran separación intelectual para ir de lo más global, de lo más general, de lo mundial, hasta lo que cada uno de nosotros tenemos de más íntimo, de más personal. La cuestión se plantea en un espacio más amplio que el de un solo Estado nación –España, Francia, por ejemplo– y cada vez más cada ciudadano puede sentirse afectado personalmente. Viene como a sintetizar todas las clases de dimensiones de la experiencia contemporánea.

Quizá en primer lugar hay que sorprenderse, allí donde uno se sorprende poco, y al mismo tiempo pedir que se acabe con las falsas sorpresas. ¿Cómo una máquina tan sofisticada como la NSA ha podido ser ella misma víctima de una única persona y ser penetrada de alguna manera por un único ejecutante, que además ha acumulado una fenomenal masa de informaciones? ¿Es posible hacer funcionar un dispositivo tan pesado y complejo como el que denuncia Snowden sin que tarde o temprano se produzcan fugas? Y por otra parte, dejemos de ser naifs: lo que parecen descubrir los gobiernos de los países espiados y los medios no debería ser una sorpresa llegados a este punto, al menos desde que existen los servicios de información y allí donde estos han alcanzado un cierto nivel de competencia, incluida la tecnológica. Razonablemente se puede suponer que los gritos desaforados y los indignados propósitos de algunos dirigentes europeos están dirigidos a calmar a su opinión pública y a permitir seguir negociando, especialmente en materia comercial, con Estados Unidos, admitiendo que no vengan de una repentina comprensión de lo que hace la NSA. ¿Y por qué no imaginar que tarde o temprano, si las presiones sobre esta agencia no cesan, la Administración americana, a su vez, dará a conocer las prácticas de espionaje de los países espiados por Estados Unidos?

Las revelaciones de Snowden son la ocasión de leer el mundo en su brutalidad geopolítica. Estados Unidos aparece en su voluntad hegemónica y esta no consiste solamente en el soft power teorizado por Joseph Nye, la cultura y una cierta ejemplaridad, sino también en actividades cínicas de vigilancia que arruinan la confianza y la amistad afectando tanto a los mayores responsables mundiales como a los simples ciudadanos. La imagen de la potencia amiga asegurando la paz, la democracia y la libertad más allá de sus fronteras cede el paso a la de un Gran Hermano que funciona no sólo a escala de Estados Unidos sino a escala planetaria. El Reino Unido, asociado a EE.UU. en su política de piratería, no sale engrandecido de revelaciones que demuestran su duplicidad respecto a la Unión Europea y que al mismo tiempo obligan a esta a pronunciarse: ¿es capaz de aportar una respuesta integrada, o por el contrario deja a los estados reaccionar de modo disperso y separado?

Esta respuesta, más allá de las relaciones diplomáticas, implica la puesta en práctica, a escala europea, de dispositivos que aporten al Viejo Continente su independencia y el respeto de las reglas claramente dictadas en materia de comunicación y de internet. Y estamos lejos de eso.

Pero la geopolítica y la construcción europea no lo son todo. Si se movilizan las opiniones públicas, y no solamente los jefes de Estado o de Gobierno, es también porque la vigilancia es masiva y porque accediendo diariamente a millones de conversaciones, mails, etcétera, la NSA puede no sólo ejercer un control sobre cada uno de nosotros y constituir dossiers que nunca serán suprimidos, sino también saber cómo piensa la gente, cómo cambian sus opiniones y, a partir de ahí, predecir mejor los comportamientos, las actitudes, las emociones. El espionaje que revela Snowden está en todas direcciones, afecta a los responsables de nuestras naciones tanto como a la sociedad civil y a cada ciudadano, permitiendo a EE.UU. promover mejor sus intereses políticos y militares, así como los económicos y culturales.

En un caso de espionaje se pasa de este modo a la vida social. Y aquí, internet es básico. Porque el velo que se descubre ocultaba al menos en parte las implicaciones de nuestra entrada en un universo en el que las nuevas tecnologías de la comunicación transforman la cultura, los comportamientos, las relaciones entre las personas, autorizando nuevas formas de movilización, pero también de control y de poder. Comunicar, se entiende mejor así, también es producir datos que pueden inmediatamente circular o ser almacenados en la nube y permitir no sólo la vigilancia sino también el uso instrumental y la manipulación. Lo que los ciudadanos descubren, aparentemente al mismo tiempo que sus dirigentes, es que la sociedad de la información o de las redes –llamémosla como queramos– presenta características específicas que la vuelven compleja y vulnerable. La vida social ya no está, o al menos no como antes, inscrita en un cuadro único de un Estado nación, en fuerte correspondencia con él, sino que es global por la existencia de Google, Facebook, Twitter y demás. No es sólo este espacio armonioso de intercambio enriquecedor y de la movilización emancipadora, no está hecha necesariamente de una comunicación feliz. Es también fuente de nuevas formas de dominación, de control de alienación.

Google, por ejemplo, es una formidable herramienta de acceso al saber y a la información; pero es también un instrumento de poder económico, político y cultural, una herramienta de marketing y de publicidad. Y entonces, al mismo tiempo que no deja de hablar de globalización, de mundo multipolar, de países emergentes, las revelaciones de Snowden sugieren que este tipo de instrumentos están al servicio de la potencia americana, articulada en torno a su Administración y su complejo militar-industrial y que es fuente de diversas modalidades de opresión o de desigualdades sociales.

Desde entonces la necesaria confianza con el vínculo social se ha roto. Los ciudadanos, en Europa, descubren que incluso sus más altos dirigentes son vigilados, pierden la confianza en la capacidad de su propio país para protegerse y para protegerlos. Descubren que los Estados Unidos de Barack Obama finalmente no son mejores que los de Ronald Reagan o de George W. Bush si se trata de los valores universales, del derecho y de la democracia y de cómo llevarlos a la práctica. Y se preocupan por la falta de reacción real de sus autoridades, que parecen prudentes por debilidad más que por preocupación por cuidar el futuro de las relaciones con Estados Unidos.

Y por último, la guinda del pastel: entre los gobernantes que protestan más o menos y las opiniones públicas que pierden confianza, el debate apenas está estructurado en Europa. Por ahora no es más que un asunto de los parlamentos o de la representación política. Pero las revelaciones de Snowden, que alimentan las inquietudes, el sentimiento de abandono, de desamparo, de pérdida de influencia y de la capacidad de los estados, no pueden también alimentar a las fuerzas políticas que se alimentan de estos miedos. Estas revelaciones contribuyen a profundizar la crisis de la representación política y bien podrían favorecer a los partidos populistas y nacionalistas.

Michel Wieviorka

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