‘Todos los vascos son navarros’

Se cumple este verano el quinto centenario de la incorporación de Navarra a Castilla por las tropas de Fernando el Católico. A los que tienen a Navarra como objeto de deseo, lo de la anexión no les gusta. Prefieren utilizar el término conquista. Y no les falta razón, porque fue conquistada a la fuerza y con varios focos de resistencia que tardaron en darse por vencidos.

En el curso de estas cinco centurias, el Viejo Reino ha sido bocado apetitoso para franceses, hispanos y no digamos para los que hoy forman la Comunidad Autónoma Vasca. En los últimos años machacaban a los viajeros con sus grafiti en los que se afirmaba: Nafarroa Euskadi da (Navarra es Euskadi), hasta que se rindieron a la evidencia de que Navarra no puede ser otra cosa que ella misma. Con cierto ingenio, han inventado ahora otra triquiñuela, que parece menos ofensiva. Se ve en pintadas en la zona vascoparlante fronteriza con Francia, allí donde acampó Carlomagno. Aseguran con trazos gruesos: «Todos los vascos son navarros». El propósito, sin embargo, es el mismo: el de la casa común, el de la patria vasca que fue una quimera de un experto en ingeniería histórica: Sabino Arana.

En la Transición, los socialistas proponían esa unificación, y al ver que no contaba con respaldo popular, guardaron la ikurriña en el cajón de los objetivos imposibles. El Estado español, sin embargo, está en deuda con Navarra porque permitió que los padres de la Carta Magna -muy aficionados a utilizar los artículos para un roto y para un descosido- se inventaron la fórmula de la disposición transitoria cuarta que establece el mecanismo de posible unión de Navarra con la Comunidad Autónoma Vasca, toda una excepción en el texto constitucional que prohíbe expresamente la federación de comunidades autónomas.

El presidente del Gobierno, Mariano Rajoy, prometió en la campaña electoral previa a las últimas elecciones generales, delante de la presidenta navarra, Yolanda Barcina, que eliminaría esa anomalía si se daba la condición indispensable para abolirla: la reforma constitucional. ¿Será una de esas promesas que no se cumplen?

El abertzalismo tiene una virtud indiscutible: su tenacidad. Podrán tener todo el viento en contra, que ellos no cejan en sus objetivos. Hubo una época, en la etapa franquista, en que a Navarra los vecinos la miraban por encima del hombro, hasta que se dieron cuenta de la falta de visión de futuro porque una región que cuenta con todo para sobrevivir (desde el desierto hasta la vegetación más exuberante) podía ser también una excelente despensa. Y es que, curiosamente, hasta en las hipótesis políticas más románticas ronda el pragmatismo hasta imponerse al resto de los intereses. Un ribereño, de los que Baroja pintaba cejijunto y rudo (porque don Pío tenía derecho a equivocarse), decía con socarronería: «¿Para qué quieren que nos anexionemos? ¿Para comerse nuestros espárragos y melocotones?».

Pero sería una falta de realismo pensar que Navarra y Euskadi son vecinos que se llevan mal porque no tienen nada en común. Se llevan bien porque son muchas las afinidades -más en la zona de la Montaña que en la Ribera-. En la zona vascoparlante de Navarra, el euskera es idioma cooficial con el castellano.

En mi novela El árbol del paraíso (perdonen la referencia publicitaria) al protagonista, de personalidad maciza, de nobleza admirable y de amor a su tierra, un etarra le quiere llevar a su causa. El muchacho, al que el terrorista le hace el panegírico de una Euskal Herria por la que merece la pena enamorarse, incluso morir y matar (más lo segundo), intenta quitárselo de encima con argumentos más humanos. «Yo estoy -le dice- enamorado de una chica de verdad, no me puedo enamorar de un ente de ficción».

Euskal Herria no existe más que en los deseos y en las palabras. Díganselo, si no, a los franceses. Los racionalistas han sabido sacudirse el problema de un sentimiento estéril que conduce a la inversión de valores: la reflexión por la visceralidad, el razonamiento por el fanatismo.

Pero sería incompleta esta aproximación a la realidad navarra si nos quedáramos con una visión aldeana y excluyente, si obviamos el conjunto de la nación de la que forma parte. Me refiero a los fueros. Son un privilegio legítimo que a los navarros en general les costaría renunciar; méritos propios, ganados en buena lid, justos pero escasamente solidarios. Es una simplificación que, demagogias aparte, convendría analizar.

José Joaquín Iriarte es periodista y escritor, autor de El árbol del paraíso.

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