Todos somos griegos

¿No les parece a ustedes algo raro que la unanimidad se haya apoderado de los medios de comunicación españoles sobre el Gobierno griego de Syriza y sus esfuerzos por salir de una situación que ellos no crearon pero que están sufriendo? Me consta que eso no ocurre ni en Alemania, donde la izquierda real, e incluso gente inequívocamente centrista o conservadora, y reputados historiadores y pensadores, no susceptibles del comedero a la española, mantienen posiciones radicalmente diferentes al Gobierno conservador de la señora Merkel y esa especie de káiser de la economía, Wolfgang Schäuble, que me recuerda al dr. Strangelove de la película de Kubrick, y no sólo por la silla de ruedas. (Aprovecho para decir que el imperio de lo políticamente correcto es la prueba más palpable de la ausencia de libertad, la autocensura, el Je suis Charlie de los cómplices que se manifiestan sólo en los funerales).

Parémonos un momento para pensar y no hablar por boca de ganso financiero. En Grecia, tras unas elecciones democráticas sin tacha, salvo por la presión exterior que casi equivalía a una intervención, vencieron las izquierdas de Syriza. Exactamente al revés de lo que ocurrió en España, donde la izquierda, antaño llamada real, había desaparecido sin combate pero con la bolsa llena, y ganó la derecha dispuesta a repartir el sufrimiento en línea inversamente proporcional a las responsabilidades de la crisis. La culpa de nuestra ruina estaba en los fontaneros que no hacían facturas con IVA, los albañiles desaprensivos, los funcionarios corruptos. Sería difícil encontrar en los tremebundos avatares de nuestra historia un símil semejante al denominado “chocolate del loro”. Los asalariados y las clases medias vivían ¡ay! por encima de sus posibilidades.

El Gobierno griego salido de las urnas está planteando todas las argucias posibles para que no sean las clases populares, las clases medias y la modesta economía del país, los que paguen con su ruina durante décadas lo que los gobiernos conservadores y socialdemócratas estafaron durante muchos años con el beneplácito de sus avalistas y de esos mismos financieros que ahora les piden seriedad y cumplimiento de “sus compromisos”. ¿Los de quiénes? Los prestamistas convertidos en usureros. Y aquí tenemos a toda una cohorte de comentaristas que les parece de perlas que los humildes paguen sus deudas. ¿Y los ricos? Los ricos no tienen deudas, sólo fracasan en sus operaciones financieras, que no es lo mismo. Luego viene “la quita” y “el pon” que asume el Estado, es decir, nosotros mismos. Lo que hizo Mariano Rajoy y su draculín Montoro con la ciudadanía y el IVA, y la lista Falciani, y el Banco Madrid y Andorra, que otrora creó aquel inefable Jaume Castell Lastortras famoso por una frase, nada más que una frase, que ya es mérito tratándose de un banquero un tanto irregular: “Folleu, folleu, que el món s’acaba”. Lo escribí allá por el año 1978 del pasado siglo y aún estaba vivo. Hoy no podría hacerlo.

Lo de Mariano Rajoy y Montoro el Drácula –que el dios de la Hacienda me coja confesado– hubiera supuesto en cualquier país con nervio un levantamiento social. Por más que ocultemos las protestas en “breves de página par”, como se dice en el gremio, este país nuestro tendría que sentirse griego hasta las cachas. Los problemas con la Iglesia ortodoxa y su exención de impuestos sobre sus inmensas propiedades –conozco algo Grecia; incluso viví en el monte Athos e Itaca, esa isla que con toda seguridad nuestra farándula autóctona no ha visitado nunca– o la querella con los navieros, auténticos reyes del Estado desde antiguo, no son diferentes a los nuestros con la Iglesia católica y las compañías eléctricas o del gas o de las finanzas, esos oligopolios implacables.

Pero en Grecia ganó Syriza y no el Partido Popular, y están en su derecho de encontrar cualquier fórmula, por aventurada que parezca, para romper el techo de hierro que los va a aplastar durante décadas. Como a nosotros, héroes de una recuperación que es la mentira más repetida de los últimos meses y que nadie que vaya en autobús, en metro o camine, se creerá, a menos que le guste engañarse y hacer de sicario tertuliano. No quiero decir con esto que nuestros medios de comunicación mientan, sino algo más sutil: son conscientes de no decir la verdad, alegando que la verdad es tan dura que la gente prefiere no saberla. ¡Quieren noticias positivas! Pues muy bien, que visiten Disneylandia.

Nosotros somos griegos que nos creemos alemanes, y para demostración de nuestro engaño, mientras ellos pelean y critican y llevan a cualquier timador a la cárcel o le obligan a dimitir porque ha mentido, nosotros partimos de que el engaño, la estafa, la impostura, forman parte del engranaje. Si la cosa alcanzará hasta lo cómico que a nuestras clases dirigentes les pareció excesivo llamar imputado a un presunto delincuente. A partir de ahora se le llamará “investigado”. Es decir, como todos. ¿O es que hay alguien bajo el dominio del ministro Fernández que no tenga la convicción de estar sometido a investigación?

El Gobierno griego pide 287.700 millones al Gobierno alemán por reparaciones de guerra tras la ocupación y destrucción de Grecia entre 1941 y 1944. Están en su derecho, porque como muy bien sabe cualquier usurero disfrazado del traje negro del prestamista, la deuda no prescribe sino que se multiplica en una cadena sin fin hasta la liquidación o la ruina. Grecia vivió la Guerra Fría como ningún país europeo, con una guerra civil entre rojos y blancos, que apenas terminó en 1949, y la Alemania Federal, el lado bueno de los buenos, logró maravillas amparada en la división entre Bonn y Berlín. Y luego un golpe militar organizado por la OTAN que supuso la dictadura de los coroneles, todo para que no gobernara la izquierda.

Y resulta que ahora que gana la izquierda, buena parte de los gobiernos europeos, acosados por los mercados –esa expresión que antes de lo políticamente correcto, se denominaban “los que mandan porque han mandado siempre y administran tu país por delegación”– resulta que se les exige sumisión. En otras palabras, esquilmaron el país y consintieron la corrupción a todos los niveles, con impunidad absoluta. Pero cuando llegaron los tiempos de crisis y la amenaza de un pozo económico que puede llevárselos por delante, sacan la vara de medir que tenían enmohecida por falta de uso, y les dicen “Europa, caballeros, es como un museo, y para mantenerlo, porque no olviden que de la misma Grecia nos lo hemos llevado todo lo que podía ser transportable, deben volver a su condición de agrícolas de subsistencia. Zorba el griego, está muy bien como modelo literario y es aceptable para nuestros parámetros. Pero olvídense de Z, aquel filme de Costa Gavras en el que ustedes garantizaban la ventajosa dictadura de los coroneles”.

La desigual pelea entre izquierda y derecha en Europa ha reaparecido. Esa que habían disuelto los gatos negros o blancos de Felipe González, que por cierto se demostraron incapaces de cazar ratones. Y la frivolidad escénica del patético Zapatero. Se acabaron las pantomimas. Esta pelea será a muerte y se juega en Grecia, o por mejor decir, tiene a los griegos como protagonistas. ¿O es que ustedes, brillantes administradores y comentaristas de lo ajeno, acabarán pidiendo una intervención en Grecia para desalojar a los que no aceptan el chantaje? Porque lo de Grecia es la mayor provocación que pueden hacer nuestros gobiernos, haciendo pagar a su ciudadanía el derroche que supuso la fortuna sobre la que se asientan.

¡Qué artículos, qué editoriales, qué cúmulo de agudeza analítica! Incluso antiguos radicales han redactado artículos de opinión dando orientaciones a esos griegos “malas cabezas”. Como aquel diario local extremeño de 1944, en los últimos tiempos del Japón imperial del general Tojo, que escribía para aleccionarle: “Si el general Tojo hubiera leído nuestro editorial de ayer…”.

1 comentario


  1. Amén de ciertas imprecisiones como lo de la lista Falcani (inútil ante un juez por su origen ilícito), las compensaciones de guerra que pretende cobrar Grecia (a todas luces inaceptable) o la guerra civil como “pecado” occidental (fue la URSS abandonó a su suerte a los “rojos”), lo cierto es que las variopintas consignas no se convierten en argumentos por mucho que se empeñe su autor.

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