Todos somos Madame Bovary

Estos últimos meses parece que, en lo tocante a lo literario, erotismo y mujeres se han dado la mano, no sólo en la ficción, sino incluso en el terreno del ensayo. Por cuestiones profesionales, tuve que leer la trilogía de E. L. James, Cincuenta sombras de Grey, y estar al tanto de la nueva moda de la novela erótica, ese paso de la novela rosa de siempre a la literatura porno para mamás, como se ha bautizado por algunos al fenómeno. De este primer libro, que ha batido todas los récords de ventas, se sumaron dos novelas sucesivas que, al hojearlas, me percaté seguían en la misma senda que la primera. Luego, casi al mismo tiempo, he asistido a otro fenómeno mediático, esta vez de ensayo, en el que la crítica literaria italiana, Francesca Serra, reputada en su país, en su libro Las buenas chicas no leen novelas, elabora un concepto en apariencia novísimo, el de pornolectoras.

Cuando comencé a leer el libro caí en la cuenta de que la característica principal de este ensayo consiste en juntar churras con merinas, en un cafarnaúm, como diría Josep Pla, donde se mezcla a Rousseau y su concepción de la lectora virgen, a Madame Bovary, la famosa fotografía de Marilyn Monroe leyendo Ulises, tan de moda últimamente, Laa mantede Lady Chatterley, el Paraíso de Dante, el Timeo, de Platón, incluso, El informe secreto sobre el mesmerismo… todo esto para llegar a la apoteosis del final de este proceso de formación de pornolectoras que dura trescientos años, nada menos que desde la Ilustración, Cincuenta sombras de Grey. Acabáramos. Otra vez me he topado con el libro de moda.

He supuesto que me encontraba ante una nueva modalidad de crítica literaria, modalidad que parece tener en demasía el ruido de lo mediático para vender y promocionarse, que es de lo que se trata. Como ahora no estamos en el terreno de la cultura de masas, aunque vivamos de ella, sino en el de la crítica literaria, hay que disfrazar la cosa con alguna idea más o menos seria. Y ésta se encuentra, cómo no, en el machismo de la industria editorial que va ya para los trescientos años, Francesca Serra dixit. En un momento determinado de la lectura del ensayo temí que el modo de hacer de la política de Berlusconi se hubiera colado en el de hacer ensayo en el país, pero algunas otras lecturas del mismo jaez provenientes de Estados Unidos me disuadieron de esa sensación. Es el signo de los tiempos. La parcelación de los intereses, con su pequeño mundo, en una exposición más general. Ahí reside la trampa.

Las buenas chicas no leen novelas comienza así: «Tal vez ustedes no lo sepan, pero todas somos pornolectoras. Todas las lectoras lo somos, sin excepción, incluidas las solteronas y las monjas. Cuando una niña de cualquier lugar del mundo tiene en las manos su primer libro, se convierte de inmediato en pornolectora, lo quiera o no. Probablemente lo ignorará toda su vida; sin embargo, nadie le devolverá la inocencia…». Cuando leí este párrafo caí en la cuenta que el estilo de Francesca Serra se parecía sospechosamente al cura que tenía en el colegio cuando quería convencernos de que todos éramos pecadores, aunque no fuéramos conscientes de ello. Se nota que la eminente crítica proviene de un país católico por el modo de exponer la cuestión. Toda mujer es pornolectora, y gracias a ella todas son susceptibles de saberlo… y, por supuesto, también por obra de ella les puede venir la absolución. ¿De dónde? Francesca Serra no nos lo dice, pero lo deja entrever. De los tiempos futuros, donde puede surgir de un momento a otro y liberarlas de ese complejo mediático, publicitario y machista que es la industria editorial, que las utiliza vergonzosamente a través de clichés figurados desde hace siglos. Aunque, recalca, no es optimista. Lo dicho, igual que el cura de mi colegio, salvo que aquí el discurso es utópico en vez de apocalíptico. Lo inconcreto del asunto, sin embargo, es del mismo jaez.

Pero, ¿qué es, en definitiva, una pornolectora? Se trataría de cualquier mujer, que es el género que más lee, pero también es víctima del machismo del mercado. Para sustentar esta teoría, Francesca Serra se apoya en la tesis de que las mujeres no leen por un impulso intelectual, sino con todo su cuerpo, que es una imagen que hemos heredado desde Rousseau, que en La nueva Eloísa, decía que «una mujer virgen no lee novelas». Para seguir en la cosa llega a citar a Joyce y a la creación de Gerty MacDowell, la patética adolescente que es víctima de las ansias masturbatorias de Leopold Bloom y que se alimenta de novelas rosas y de apetitos eróticos de las que no es consciente.

Cuando creí que a estas alturas del libro lo había visto casi todo, Francesca Serra se nos descuelga con Madame Bovary, símbolo central de su libro ya que es la imagen cabal de la pornolectora del XIX, «es adúltera, consumidora, lectora voraz y al final se suicida». ¿Qué hacer ante tamaña exposición de cierta historia de la literatura?, ¿responder? Así, cuando se refiere a Rousseau, ¿no se da cuenta que echa tierra a su propio tejado porque la lectura de novelas estaba vista como trasgresora?; ¿no sabe, por otro lado, que «Madame Bovary c´est moi», es decir, un gordo pelirrojo, burgués y algo resoplón llamado Gustave Flaubert? ¿No sabe que tanto la Bovary, como la Karenina, o nuestra Ana Ozores son símbolos de la emancipación de la mujer en el siglo XIX, y que esa liberación se subsume a través de ser víctimas de un sistema que las oprime, y de lo que dieron buena cuenta el mentado Flaubert, Leon Tolstoi y nuestro Clarín, por poner escasos ejemplos? Y, por otro lado, ¿qué hace con Jane Austen y sus novelas de chicas obsesionadas con buscar marido rico? ¿Cómo afronta a Emily Brönte, autora de la novela más trasgresora del siglo XIX, Cumbres borrascosas? ¿Merece la pena buscar ejemplos múltiples, por otro obvios? No. En realidad sobre todas estas cosas pasa por ellas como por ensalmo. No le conviene.

Podríamos escribir páginas y páginas rebatiendo, sin demasiado esfuerzo intelectual, todos los puntos en que se apoya mi colega. El problema viene del cansancio que surge de ello, porque el libro es un reflejo, nada más, de lo que se ha convertido gran parte del mercado editorial, donde se riza el rizo hasta la perversión… un poco tonta, todo hay que decirlo. Imagino que Francesca Serra es la E.L. James del ensayo, justo por todo lo contrario de lo que la autora británica afirma. En el fondo actúa como un apósito, alimentándose, bajo capa de cierto conceptualismo, esa parafernalia falsa, de lo que en apariencia se esconde detrás de fenómenos como el de Cincuenta sombras de Grey. En realidad, y eso es lo que inquieta, se trata sólo de pereza.

Juan Ángel Juristo, escritor

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