“Todos son iguales”

Ni todos son iguales, ni todo es igual. Sin embargo, la idea se propaga, como si fuera la versión política del último virus gripal. Iñaki Gabilondo se lo preguntaba ayer, en su editorial de Cuatro, y un oyente del Gabinete de Julia Otero, en Onda Cero, aseguraba que el proceso de degradación era imparable. “Todos son iguales”, repiten a coro las tertulias de bar, las comidas de familia, los ciudadanos de a pie, mientras escuchan las indigestas pastillas electorales. “Todos son iguales”, a pesar de que algunos son gente seria, capaz de gestionar bien sus propuestas. “Todos son iguales”, por mucho que algunos son menos iguales, pero están letalmente atrapados en la telaraña del descrédito imparable de la política. Y aunque todos no son iguales, ¡qué importa, si lo parecen! La caída en picado de la credibilidad, pareja al desencanto ciudadano, los arrastra a todos, cual imparable tsunami. Y aunque ese es el reto, poner un dique para intentar salvar el crédito y la confianza, nadie sabe cómo construirlo. Por ello se deslizan por la inevitable senda de la inercia, repitiendo esquemas y lugares comunes, como si fueran pobres autómatas. Todos son iguales y, sobre todo, todo suena igual, retahíla de viejas frases conocidas, con patéticos golpes de efecto, que intentan golpear la mandíbula del adversario, sin saber que todos – o casi-tienen mandíbula de cristal. Y los golpes siempre retornan…

Esta campaña es un asco. Excepto algún candidato serio, que intenta hacer su camino sin pisar minas de tiempo (ejercicio vano, el de intentar mostrar ideas, en este festival de ruido), la mayoría hace buena la histórica frase de Abraham Lincoln: “La demagogia es la capacidad de vestir las ideas menores con la palabras mayores”. Miren ustedes el último episodio, en el debate de ayer en Antena 3: un poco de Mayor Oreja sacando a relucir los GAL, otro poco de López Aguilar blandiendo el coco de monseñor Cañizares, adjetivos gruesos mutuamente lanzados, y hasta Franco, cabalgando por el debate, cual espantajo que retorna del reino de los muertos.

Por poco, y resucita el Cid Campeador. Carmen del Riego y Juan Carlos Merino lo definieron de un plumazo, en su crónica: “Fue un debate de monólogos sucesivos”. Y también un contraste de estupideces, no porque sean menores los contendientes, sino porque se han quedado sin ideas. El debate político ya no es ni un combate de boxeo. Es, directamente, lucha libre sobre barro. Y ocurre lo que ocurre en la lucha libre sobre barro: que todos quedan sucios. Después se lamentarán que si la gente está desencantada, que si la abstención aumenta, que si la desafección de la política… Los habrá, incluso, que gastarán dinero público en hacer estudios sobre el problema, demostrando, una vez más, que se puede ser conseller y morir cada día en el intento. “¿Qué le pasa al país?”, exclaman los líderes más preocupados. “¿Qué les pasa a ustedes?”, retorna el eco. Y aunque la capacidad de los políticos para no ver ni oír va pareja a su enorme capacidad de hablar sin decir nada, algo de lo que les ocurre parece evidente. Veamos. Estamos ante una campaña de las europeas, y nadie habla de Europa.

Los lemas electorales se basan en el descrédito al contrario, cuando no en la apelación al miedo. Los debates televisivos se convierten en una sucesión de burdas consignas. La información electoral viene pautada por los comisarios políticos, y los periodistas de los canales públicos se transforman en simples apuntadores de la propaganda. Y, en medio de una crisis económica que tiene acorralados a los ciudadanos, estos se divierten en su casita de muñecas, encantados de haberse conocido y convencidos de que su mundo es el mundo. Si añadimos el sistema de listas únicas, que impone candidatos sin otro atractivo que haber medrado en los escalafones del partido, y acabamos con las miserias que todos esconden en los armarios, mientras denuncian las de los contrarios, tenemos un buen resumen de lo que está ocurriendo. Decía el oyente de Julia que, si nos descuidamos, acabaremos como Italia: los partidos tradicionales sumidos en un descrédito definitivo, la sociedad vacunada de escándalos, hasta el punto de no considerarlos importantes, y algún césar resucitado, imponiendo su populismo demagógico entre las masas. ¿Puede aparecer un Berlusconi en España? Intentos ha habido, pero eran burdas caricaturas marbellíes. Más peligroso es que el descrédito de los partidos y el cansancio de la gente sea abono para algún aprendiz de Le Pen, que haberlos haylos, y muchos están campando a sus anchas, felizmente amparados por una legalidad laxa con la extrema derecha. De facherío a berlusconismo, todo es posible si no se patea seriamente el tablero.

Llegará la noche electoral y todos habrán ganado. ¿Qué habrán ganado? El cielo de un cargo, pero habrán perdido otra oportunidad para cambiar de paradigma político. El actual está agotado y ya sólo puede aspirar a repetirse como el ajo. Pero no parecen enterarse, quizás demasiado empeñados en cumplir el irónico consejo de Lincoln: “Recuerda siempre que tu propia resolución de triunfar es más importante que cualquier otra cosa”.

Pilar Rahola