Todos son víctimas

«Barack Obama ha decepcionado a los japoneses», me comentaba Naoki Inose, un destacado escritor nacionalista que, en 2012, fue elegido alcalde de Tokio. Le manifesté mi sorpresa porque ¿no era el primer presidente estadounidense que acudía a Hiroshima para reflexionar? «Esperábamos –decía Inose– que presentase las disculpas del pueblo estadounidense por el crimen cometido en 1945 contra Japón». Desde los ventanales de la confortable villa de mi interlocutor veía los rascacielos de Tokio, que ya se parece a Manhattan, pero mejor organizado. Me parece que Inose representa la opinión que predomina entre sus compatriotas de que los japoneses se consideran víctimas de la guerra mundial, cuando fueron sus causantes. La destrucción de Tokio en 1945 y las dos bombas atómicas sobre Hiroshima y Nagasaki han borrado los diez años anteriores en los que el Ejército japonés colonizaba Asia con fiereza.

Al contrario que los alemanes, los japoneses nunca analizan su pasado, nunca se han planteado una autocrítica, y resulta que los más jóvenes son los más ignorantes y los que están más dispuestos a considerarse víctimas. Inose, que ha escrito mucho sobre la civilización japonesa tradicional, no niega el imperialismo japonés, pero considera que solo se trataba de un pálido remedo del colonialismo occidental. Esta civilización japonesa, que describe como perfectamente armoniosa hasta aproximadamente 1850, fue destruida por los occidentales cuando obligaron a Japón a abrirse al resto del mundo. Hiroshima solo fue el acto final de un siglo de agresiones. Esta versión de la historia reescrita, a la que llaman «la nostalgia de Edo» (el antiguo Tokio), está actualmente en boga. Mi intención no es contradecir a Inose (me abstuve de ello porque habría sido descortés), sino meditar sobre la tentación actual de los pueblos de considerarse víctimas en vez de actores, e incluso vencedores en la Historia.

todos-son-victimasJapón no es más que un ejemplo de esta tendencia al victimismo, después de haber sido durante mucho tiempo una nación marcial y dominadora. El discurso oficial chino es comparable, porque los dirigentes de Pekín justifican todos sus actos, incluso los agresivos, con la reparación de las humillaciones causadas por los occidentales, hasta la revolución comunista de 1949. Los coreanos, víctimas de la colonización japonesa desde 1911 hasta 1945, una generación en una historia milenaria, siguen una línea parecida porque nada les parece más importante que recibir disculpas y reparaciones. El victimismo, evidentemente, también tiene adeptos en Europa, y el mejor ejemplo es Austria, que quiere hacernos creer que fue víctima del nazismo, cuando, en 1938, los «invasores» nazis conducidos por Hitler, un hijo del país, fueron recibidos con entusiasmo.

Lo que resulta aún más singular es el deseo de algunos países de unirse al bando de las víctimas de «genocidio». Este término se creó para designar al Holocausto de los judíos por parte de los nazis, sin precedentes históricos conocidos. La definición jurídica de la ONU es precisa: exige que un gobierno haya ordenado la exterminación de todo un pueblo debido a su raza o su religión. El asesinato en masa de los tutsis en Ruanda entra dentro de esta categoría, aunque finalmente un ejército tutsi haya recuperado el poder. ¿Es posible imaginarse a un ejército judío conquistando Berlín en 1945? Entre los candidatos al reconocimiento del genocidio, las asociaciones de armenios en el exilio –desde hace tres generaciones– son algunos de los más decididos, y cuentan con suficiente influencia en Francia y en EE.UU. para que el Parlamento francés y el alemán les hayan concedido esa condición «superior» de víctima. Los historiadores siguen divididos, ya que no niegan que el ejército otomano masacrara a los armenios de Turquía en 1917, pero, al mismo tiempo, un ejército armenio atacaba a los otomanos en el frente ruso.

En EE.UU., algunos intelectuales afroamericanos, como Cornel West, militan a favor de que la esclavitud de los negros sea reconocida como «genocidio». El término debería aplicarse más bien a los indios de las dos Américas, pero estos carecen de portavoces elocuentes. Donald Trump, que se suma a esta ola de victimismo, consigue convencer a buena parte de los estadounidenses de que ellos también son víctimas de los chinos, que les «roban sus empleos»; de los mexicanos, que «violan a sus hijas», y de los europeos, que no pagan por la protección militar que EE.UU. les proporciona.

¿A qué se debe el éxito de esta retórica victimista? Me parece que, como cualquier ideología, el victimismo sustituye al conocimiento; el hacerse la víctima impide estudiar la complejidad de la historia. Y para todo aquel que se identifica con el discurso victimista, la condición de víctima es, sin duda, más fácil de asumir que la condición de vencedor, porque la víctima, por definición, no es responsable de su destino, lo cual resulta muy tranquilizador para algunos. Solo el otro es culpable.

Guy Sorman

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