Tolerancia contra fanatismo

Francesc de Carreras, catedrático de Derecho Constitucional de la UAB (LA VANGUARDIA, 25/11/04)

El pasado día 2 fue asesinado en Amsterdam el director de cine Theo van Gogh, descendiente del célebre pintor. Un islamista fanático le disparó unas veinte veces y sobre su cadáver dejó clavado con un cuchillo un escrito de cinco folios en el que además de justificar su acción hacía una llamada a la guerra contra los infieles. El fallecido dirigió recientemente la película Sumisión, un alegato contra el sometimiento de la mujer en ciertos sectores de la cultura musulmana basado en la experiencia personal de Ayaan Irsi Ali, escritora y parlamentaria holandesa nacida en Somalia, también colaboradora del filme.

Desde un cierto punto de vista puramente cuantitativo, se podría considerar que el asesinato de Van Gogh no reviste gran importancia si lo comparamos con otros grandes atentados terroristas recientes de autores ideológicamente afines: de inmediato pensamos en Nueva York y Madrid. Sin embargo, a pesar de que la magnitud del crimen es incomparable, el asesinato del cineasta holandés reviste una característica cualitativa que lo distingue de los anteriores: del terrorismod e masas hemos pasado al terrorismo selectivo. En efecto, aVan Gogh se le asesina por sus ideas y por expresarlas públicamente. El objetivo es, por tanto, doble: castigar personalmente al director por su película y advertir a quienes se atrevan a expresarse en parecidos términos que corren idéntico riesgo.

En definitiva, quizás podamos empezar a intuir un cierto diseño previo y coherente en la secuencia de los distintos atentados que llevan el sello islámico radical. En efecto, la finalidad del 11-S fue mostrar que se podía desafiar sin complejos a los principales centros de poder político y económico de Estados Unidos y, además, atemorizar a todos los sectores de la sociedad, desde los altos ejecutivos de empresas multinacionales hasta los inmigrantes sin papeles que efectúan labores de limpieza en sus más simbólicos rascacielos. El 11-M iba dirigido a provocar el terror en un sector social más específico: aquella parte de la población que acude diariamente al trabajo en transporte público a las ocho de la mañana, es decir, la gran mayoría de los ciudadanos en edad de trabajar de cualquiera de las sociedades industriales avanzadas.

El asesinato de Van Gogh, por último, es una seria advertencia a un tercer sector: el de las personalidades del mundo intelectual, académico, cultural e informativo que tienen una especial capacidad de inf luencia en la sociedad a través de la expresión de ideas, pensamientos, opiniones y noticias o de la creación artística, literaria o científica. En definitiva, se trata de sembrar el miedo entre aquellos que tienen la capacidad y la posibilidad de pensar y expresarse con libertad sabiendo que serán leídos o escuchados.

El terrorismo selectivo respecto al mundo intelectual lo conocemos bien en España, pues los atentados de ETA durante los últimos diez años han ido dirigidos preferentemente hacia ese sector, junto al de los políticos vascos de los partidos de ámbito estatal. En épocas anteriores, en cambio, las víctimas escogidas eran, sobre todo, militares, policías y empresarios extorsionados. Muy probablemente, las intenciones del asesino de Van Gogh coincidan con las de ETA: intimidar y anular la capacidad crítica de aquellos que tienen armas tan peligrosas como la palabra y las ideas.

Este crimen sobrecoge todavía más si tenemos en cuenta que ha sucedido en la tradicionalmente tolerante sociedad holandesa. En efecto, desde el siglo XVII, Holanda ha sido el paradigma de la tolerancia intelectual: en épocas preliberales allí se publicaban los libros racionalistas e ilustrados que no permitían editar las monarquías absolutas europeas, y allí se refugiaban los pensadores y escritores perseguidos por sus opiniones disidentes. Esta tradición de permisividad ha llegado hasta hoy: las más avanzadas costumbres prohibidas son legalizadas antes en Holanda que en cualquier otro país europeo: desde las drogas blandas y el aborto hasta los derechos de los homosexuales y la eutanasia. ¿Por qué en este país tan respetuoso con la libertad individual se ha producido este crimen?

Quizás se trate de una casualidad, quizás no.No hay por ahora fundamentos suficientes para dar una respuesta consistente. En todo caso, no creo que la respuesta bien argumentada que pueda darse en el futuro llegue a la conclusión de que la causa de tal crimen sea la excesiva tolerancia de la sociedad y del Estado holandés. Si algo hemos aprendido en España tras la lucha contra el terrorismo de ETA es que el único remedio eficaz contra el terrorismo son las reglas que prescribe el Estado de derecho. Cualquier atajo que se aleje de estas reglas es perjudicial para los fines perseguidos.

Nos encontramos ante el reto de un nuevo terrorismo basado en el fundamentalismo religioso. Como nos argumenta hasta la saciedad el profesor Àlex Seglers en su reciente e importante libro Musulmans a Catalunya. El repte de la integració i la llibertat religiosa (Angle Editorial, Barcelona), sólo mediante el ejercicio de los derechos constitucionales en condiciones de igualdad se puede alcanzar una integración social respetuosa con los principios democráticos que impidan que los fanáticos cometan los horrendos crímenes de los últimos años. Alguien pretende el choque de civilizaciones. Demostrar que ello es evitable es la tarea que tenemos que resolver aplicando nuestros principios democráticos.