Tomando deseos por realidades

Todos tendemos a tomar nuestros deseos por realidades. Ya lo hacíamos de pequeños, por aquello de creer en la omnipotencia de los deseos. (¡Y es tan difícil renunciar a la infancia!). Además, tampoco es cosa de hacerlo del todo. Algunos piensan que en la capacidad de los niños para organizar sus juegos está incluso la clave del éxito de la ciudad de los mayores. Siempre, claro está, que cultiven el arte de respetar y ser respetados.

Pero qué duda cabe que, ya en la edad adulta, conviene discernir entre los tiempos cuando toca ser niños, y cuando toca no serlo. Cuándo y cómo. Y en la vida política hay riesgos en lo de ser niños a destiempo y de mala manera. Son riesgos comprensibles, porque el ambiente político favorece las fantasías. Los políticos son voluntaristas casi por naturaleza. Quieren imponer su voluntad unos a otros, dicen cómo son las cosas y cómo van a ser, hablan de sus sueños y del futuro, adoptan aires proféticos. Y halagan los impulsos voluntaristas de sus seguidores, de lo que denominan (su) pueblo, de cuya voluntad, que llaman soberana (y sobreentienden ilimitada, en teoría, y subordinada a ellos, en la práctica), se dicen (con la boca pequeña) mandatarios.

Pero descendamos a la realidad del lugar y el momento. Al drama catalán. El drama comienza por ciertas ofuscaciones de una buena parte de ambos bandos que toman sus deseos por realidades.

Primero, el lado de quienes quieren que Cataluña siga siendo parte de España. Muchos españoles creen que no hay apenas riesgo de secesión. Nunca ocurrirá, repiten. Porque no habrá referéndum, y/o porque, de haberlo, ganarían ellos. Pero deberían aguzar la vista y, para ello, considerar un “escenario peor”.

Parece un hecho que (con márgenes de variación) cerca de la mitad del electorado catalán vota a partidos independentistas o se proclama independentista en los últimos años. Otro hecho, que dos tercios, al menos, de los catalanes consideran legítimo el referéndum sobre la independencia. Otro, que los catalanistas están movilizados, y los que favorecen mantener los lazos con España no tanto; de modo que el talante de los unos parece el de ir a más, y el de los otros, el de poco más que estar ahí. Y otro, que si se realiza el referéndum, es probable que un gran porcentaje de los partidarios de la independencia votará y, en cambio, lo hará un porcentaje no tan grande de los opuestos a ella (porque muchos se abstendrán, en parte confusos y en parte reacios a participar en un referéndum ilegal), lo que daría el triunfo a los primeros.

No digo que este escenario vaya necesariamente a ocurrir. Digamos que conviene tener en cuenta este “escenario peor” para los partidarios de que Cataluña forme parte de España, y asignarle, por precaución, una probabilidad del 50%.

Pues bien, de realizarse, las consecuencias supondrían la difusión en España de una sensación (bastante justificada a los ojos de muchos) de fracaso histórico, que afectaría retrospectivamente a la narrativa de su historia reciente (y de casi toda su historia moderna), en primer lugar, la de la Transición democrática, así como al papel de los políticos (y las élites de todo tipo), el sentido de identidad y la autoestima colectiva. El país habría de atravesar después un período largo y difícil, que pondría muy a prueba el sentido moral, el aguante emocional y la capacidad estratégica de unos españoles que podrían pensar haber llegado a este punto en un estado de sonambulismo. Todo ello contra un telón de fondo de múltiples rencores, y de incidentes diversos con los catalanes, a propósito de lo que pudiera ocurrir, casi al día siguiente, en otros lugares de España (en el Mediterráneo, en el Atlántico…). Y contra el telón de fondo de una inseguridad económica y un desconcierto social y moral que afectarían a España y Cataluña, pero también al conjunto de una Europa muy vulnerable. Sería un paisaje para bastante tiempo, y de bastantes gentes, depresivas e irritables.

Pero segundo, el mundo de los catalanistas podría encontrarse con que ese mismo escenario (a primera vista el mejor para ellos) les depararía, probablemente (de nuevo, digamos, con una probabilidad del 50%), muy malas sorpresas. Una buena parte de ellos parece creer que les espera un horizonte risueño. Pero, por mor de un poco de realismo, les convendría colocarse en un “escenario peor”.

Por lo pronto, no se encontrarían con una comunidad política integrada y reconciliada, sino con dos, una hegemónica y otra, por el momento, subordinada, a considerable distancia una de otra. Es un hecho que la mitad, o más, del país catalán no quiere separarse. Es un hecho que casi tres cuartas partes de los catalanes albergan algún sentimiento de ser españoles. Gestos teatrales aparte (y nadie duda de la importancia del teatro, todo lo contrario: durante dos horas te absorbe y luego te deja un toque de nostalgia y merece un recuerdo, a veces muy profundo), la clase política catalanista no constituye un buen simbolismo de su comunidad política, y su mayoría independentista del momento deja fuera a una parte muy extensa y crucial de los catalanes, a los que tolera, adoctrina y margina. De entrada, no tiene un proyecto político que una y clarifique, sino uno que divide y confunde, tratando incluso de combinar lo que los antiguos llamaban el colectivismo anarquizante y el individualismo burgués, tal vez a la búsqueda del tiempo perdido.

De seguir ese impulso, sin mucho rumbo, en un contexto de crisis, y de exclusión de la zona euro y de la Unión Europea, Cataluña se embarcaría en un proceso de separación de su economía y de sus tratos sociales con su entorno inmediato, con un resto de España sobre el que ha tenido hasta ahora, como sabe muy bien, un grado crucial de control. Deshaciendo, deshilvanando, unos tratos que se han ido haciendo y rehaciendo a lo largo de ¿cuántos siglos? Que le han dado tanto protagonismo, y coprotagonismo.

De quedarse, con un poco más de inteligencia y de realismo, y con una dosis mayor de amistad cívica (y a condición de encontrar semejantes dosis de inteligencia y amistad cívica en el resto de España), los catalanes podrían no sólo protagonizar su propia Cataluña (con la probable admiración de todos), sino también, y al tiempo, una España europea. Pero ¿cómo se puede llevar adelante una aventura europea, cuando lo que se hace es contribuir a destruir Europa?

Mirémoslo con un poco de perspectiva, y con un talante esperanzado y positivo. Somos parte de Europa, y esto no es ornamento sino sustancia. Es nuestra identidad de ahora en adelante, porque lo ha sido desde tanto tiempo atrás. Es nuestra identidad porque no tenemos otra narrativa; y es esa narrativa la que nos dice, a nosotros y a los demás, aunque sea de manera siempre tentativa, en el marco de una conversación continua, quiénes somos y qué vamos queriendo ser.

Miremos hacia atrás. ¿De dónde hemos venido? Hemos sido Hispania romana el año 0; reino de los visigodos en el 500; cornisa de pequeños reinos cristianos por donde se desplegarán la ruta de Santiago y las hazañas del Cid, en forcejeo con Al Ándalus, en el entorno del cambio de milenio; unidad de unos Reyes Católicos (que, por cierto, “tanto montan el uno como el otro”), en el 1500, que proyectan el país hacia Europa y ultramar; y acabamos de dejar atrás un año 2000 que resume una historia dramática pero susceptible de un cruce de narrativas que son como variantes, todas, de los avatares europeos contemporáneos. Qué seamos en el futuro ya se verá. Pero creo que la senda previa esboza el horizonte, y que el camino por delante, permaneciendo abierto, tiene bastante sentido, para la mayor parte de nosotros, cuando lo proyectamos imaginativamente como una narrativa de «nosotros los europeos» a la busca de una sociedad mejor, a la que los europeos de hoy suelen referirse, tentativamente, con los simbolismos de la libertad y la justicia.

Creo que ése es el “nosotros” que nos incumbe, y nos incumbe en especial ahora. Compartimos con todos los humanos muchas cosas; pero específicamente compartimos con franceses, italianos, daneses, polacos y tantos otros el cuidado por la casa común, para empezar, la próxima, y, para seguir, la casa común europea. No nos toca romper las bases de inteligencia práctica y de amistad cívica generalizada sin las cuales esa comunidad europea acabaría siendo un juguete roto. Ahora, precisamente ahora. No nos corresponde dejar abierto un flanco de desorden, un foco de confusión y de arrebato en lo que es una Europa vulnerable e incierta, que apenas puede con la coyuntura del momento. Debemos hacer las cosas, entre todos, de modo que eso no ocurra. Por lo pronto, sobre todo, acertar con la actitud adecuada, hecha de inteligencia y de ánimo amistoso. Luego podrán venir los tacticismos prudentes, que permitan evitar los desastres, vislumbrar lo mejor, y acercarnos a ello.

Víctor Pérez-Díaz es catedrático de Sociología de la Universidad Complutense de Madrid.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *