Tormentas de verano

Desde hace unas semanas, fuentes generalmente bien informadas hablan de avances en la resolución de una de las secuelas más graves de la crisis, el problema de la deuda europea. Hay un consenso general, entre los observadores que no son parte interesada, sobre el daño que causa el excesivo peso de la deuda en las cuentas del sur de la eurozona: contribuye a impedir que se consolide la recuperación y condena el mercado de capitales de la eurozona a sufrir una volatilidad mayor de lo deseable. Es de esperar, pues, que esos intentos de solución terminen por dar fruto, y quizá sea este un momento para dar un repaso a alguna lección que de todo ello podemos aprender.

No cabe duda de que la gestión de la crisis casi desde sus inicios ha sido muy mala. Estimaciones cuantitativas realizadas para Estados Unidos llevan a concluir que si en la eurozona la crisis ha ido mucho peor que allí, ello se debe al menor acierto en las políticas aplicadas. Los motivos de esas diferencias residen no tanto en las políticas –que, desde luego, fueron mucho más acertadas en EE.UU. que aquí– como en las razones que las inspiraron: en la eurozona, en particular, se tardó más en reconocer la gravedad de la crisis; se quiso imponer un diagnóstico único, el que encajaba con el caso de Grecia, a otros países de la periferia, y las políticas impuestas estaban dirigidas sobre todo a salvaguardar los intereses inmediatos de los grandes acreedores hasta donde aguantara la eurozona, cuando hubiera debido ser al revés.

En el diseño de esas políticas ha tenido un papel principal Alemania. Ello se debe no sólo a que la economía alemana es la primera de Europa, ni tampoco a que Alemania fuera la principal acreedora de los países del sur, sino quizá ante todo a la historia del euro. Alemania siempre ha expresado dudas de la oportunidad de la creación de la moneda única en el 2002 y ha procurado que una creación que consideraba prematura la perjudicara lo menos posible: por ello desde el inicio de la crisis trató de que las deudas de Grecia frente a la banca alemana (y francesa) fueran las primeras en quedar saldadas.

De ahí que insistiera también en preservar la integridad del sistema bancario europeo, para evitar lo que pudiera haber sido una cadena de quiebras en el sistema alemán.

Quizá lo que más daño ha hecho haya sido el empeño en justificar políticas inspiradas en intereses nacionales por principios a los que se suponía validez universal: es verdad, hay que pagar las deudas, pero también lo es que hay que esperar a que el deudor esté en disposición de pagarlas. Además, pueden concurrir circunstancias excepcionales que hagan inevitable una condonación de parte de la deuda, y la historia nos enseña que ninguna crisis financiera se ha saldado sin alguna forma de reestructuración de la deuda. Alemania ha estado desempeñando el papel del servidor ingrato del evangelio, que ahoga a su deudor cuando acaba de ser perdonado por su acreedor: porque a nadie como a Alemania le ha sido perdonada tanta deuda en la historia reciente.

Esto no es una diatriba contra Alemania, porque los países periféricos no están exentos de culpa: unos trucaron sus cuentas; otros hicieron tonterías con el dinero prestado; otros incumplen una y otra vez sus compromisos. Admitamos, sobre todo, que en la posición de Alemania todos hubiéramos tratado de comportarnos de la misma forma: nuestros electores no nos hubieran consentido un acto de generosidad hacia nuestros socios más imprudentes o menos afortunados. Tomemos lo anterior como enseñanzas de una crisis, que todos deberíamos compartir para hacer más llevadera la próxima.

Quizá la lección más importante es que la eurozona, y Europa, no sobrevivirán sin un elemento de generosidad, porque es la falta de generosidad, en el fondo, lo que la ha llevado a donde está. Pero todo tiene un límite: uno puede esperar que sus socios le ayuden en momentos de dificultad, y ha de estar dispuesto a ayudarlos en lo que pueda si hace falta, pero esas expectativas no constituyen un derecho. El que recibe no debe exigir, y es legítimo que el donante espere que su ayuda sea bien empleada: ahí está el secreto de la reciprocidad. Así, es lógico que Alemania espere nuestra ayuda en el problema de los refugiados, que es suyo y no nuestro, pues es a Alemania y no a España adonde los refugiados prefieren ir, y es lógico que nosotros esperemos que en un momento difícil Alemania nos ayude, no necesariamente en la misma moneda.

Que pongamos esa actitud en práctica es urgente, porque los estados de la Unión se enfrentan ahora a problemas que ninguno de ellos puede resolver por sí solo: la globalización, las consecuencias de la revolución digital, las relaciones con el resto del mundo presentan problemas que no pueden ser resueltos en el marco nacional: el asunto de los refugiados es un ejemplo, pero no el único. Vistos así, los rencores surgidos de la crisis son un acné juvenil. Tormentas de verano.

Alfredo Pastor, cátedra Iese-Banc Sabadell de Economías Emergentes.

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