Toro de España

Soy un vino de sangre y de misterio. Una madre de castas asentada en el fondo de las duelas del tiempo. No recuerdo mi origen, aunque sepa quién soy: un instinto que escribe a dos tintas mortales su lenguaje -paréntesis terrible donde escrituro el aire a mi nombre, para que el aire afile mis límites sagrados-, un lenguaje que traigo, sostenido en mi frente, como un mudo esperanto con el que se entienden millones de criaturas, aunque muchas de ellas no sepan pronunciarme. No sé de dónde vengo. Nadie, en verdad, lo sabe. Pero dicen mi nombre y sobran parentescos. A mi sangre primera quizá le picara un tábano de luna que le dejó por dentro este mar incendiado y oscuro, imprevisible mar que se extiende en remanso o golpea furioso con duros oleajes que le rompen los brazos a la piedra y al aire. O fue que la retaron los vientos iracundos y cuando el viento quiso doblar aquella frente, se rompió en su dureza y nacieron dos rayos, estos rayos que ahora desatan en los ruedos tormentas de delirio.

Soy un vino de sangre. Yo no soy una aislada vendimia, un casual de uvas con latidos: me empujan desde lejos, desde siglos y siglos, sangres que se quedaron madurando por dentro, envejeciendo bravas, sin prisas. Como el vino. Y como el vino puedo encender una fiesta o dejar sobre el hule -borrachera de muerte- a quien no haya sabido beberme con respeto, a quien se descuidara de mis tragos mortales, a quien se le subiera mi vino a la cabeza. Soy el toro de España, el bravo que ha creado a su alrededor un mundo donde tiemblan la espada y las encinas. Un mundo estremecido de hombres que se dejan la edad pronunciando mi nombre, hablándome en silbidos, interjecciones, ese otro lenguaje de dehesa que nació solamente para sonar conmigo. Fuego sobre otro fuego, al año ya he sentido la identidad candente, y la navaja en la oreja. Ya sé que el hierro quema. Pero sé que es sólo por mí por lo que se extiende el campo y se aparta el cemento, se agrupan las encinas, se levanta la yerba, y -se me posan en bando de aladas banderillas- yo soy el caballete de los espulgabueyes. El campo que yo impongo no es un erial acorralado: crece la vida en mí y en cuanto me rodea. Mi vida exige vida: aire, sol, agua, espacio, verdor, sombra, silencio, pastizales abiertos, noches por las que sólo se mueven los vuelos atrevidos y luceros que guiñan en el azul sin fondo, y una luna que amaga como curvo unicornio, o se muestra como un ruedo de estaño, como tarde dividida en alto solisombra.

Soy el toro de España. Mi divisa es España con todas sus banderas, con todas sus palabras, con todos sus acentos. Y mi plaza es España, redondo mapa mío sin puntos cardinales. España es esa patria redonda de mi sangre, esa tonsura urbana que tienen las ciudades con órdenes taurinas. Yo podría vivir domesticado, esclavo de carretas y yugos; yo podría vivir en las estampas del viejo ayer -retrato de mi ausencia- sin gloria y sin defensa. Y soy terrateniente de dehesas. Tengo bieldos dispuestos a batirse con el vuelo travieso de las telas y la gracia de luces del engaño. Por mí existe, más hermoso, el caballo, porque por mí se hicieron artistas -toreros- los caballos. Yo le doy a la tierra la paz que otros le niegan. Por mí se ha creado un lenguaje entre los hombres, un lenguaje sin el cual tartamudearía la palabra que suena hecha idioma asentado. Por mí se han creado oficios que son artes. Y por mí se han inmortalizado poetas y pintores, músicos y escultores. Por mí convive un mundo heterogéneo que mi nombre convoca a la misma ceremonia. ¿Quién pide que me vaya, si adonde yo me vaya todos vendrán conmigo, si ya no hay quien separe lo que unieron los siglos, las pasiones, la fiesta, el arte, la hermosura? No son nuevos los gritos; estoy hecho a los verdes pañuelos, a los cambios de tercio de los ánimos públicos. Estoy hecho a reveses. Ayer, siglos atrás, lo mismo fui motivo de anatema -cuando ni San Lucas pudo librarme de tiaras- que, más tarde, ocasión benéfica para salvar a un santo.

Según conviniera, fui vino de pecado o tónico milagroso. He sentido sobre mi lomo las flores del aplauso y las puyas invisibles de mis contrarios. Estad tranquilos. No es la primera vez que me sale al encuentro un frente de enemigos queriendo desmocharme, clamando por mi amparo -son otras las razones: no es por mí tanto grito, es por esa piel mía que se echa en los mares con el hierro de España quemándole en las ancas-, cuando yo no valdría para morir de manso, congelada tormenta, disecados carbones, domada llamarada, desnortada querencia que caminara errática hacia un cerrado sin casta al pie de los cabestros.

Soy un vino de sangre. Mi mundo es la bodega de mi sangre, y mis cuidadores tienen más de bodeguero que de ganadero. Soy un dios en los versos, un octosílabo entero frente a un estoque de pluma, arte mayor cuadrado en dos cuartetos, seguidilla que tiene la gracia dentro. La estampa más completa en los lienzos cuarteados de las pinacotecas, el ritmo de la música que ensarta pasodobles, y soy bronce o soy piedra cuando llegan las manos a copiar mi figura. Y soy voz ya de todos: por mí pronuncian todos lo que sin mí serían los puntos suspensivos de imposibles palabras… Soy el eje clavado en el centro de España, para que por mí giren felices las pasiones. Acepto mi suerte de bravo que pelea, de bravo que prefiere una recta rúbrica de estoques, antes que una vejez de sangre sin respuesta. No es por mí tanto grito: yo tengo mis defensas, nadie amarra mi suerte, y mis astas no tienen jamás misericordia, si la carne se pone donde el error la lleva. Si a mí no me dejaran vivir en ese pozo donde mi sangre es agua que levanta triunfos, o doloroso remolino que ensarta cuanto alcanza, vagaría sin sexo, eunuco de dehesas, afeminando el campo que es varón por mi nombre. Estad tranquilos. No se mata un idioma cercenando la lengua: seguiría sonando -sin voz, pero sonando- en cuanto el pensamiento «pronunciara» mi nombre. Mi voz está en las voces. Estad tranquilos. Aunque haya algunos que pidan mi vuelta -¿a qué dehesas?- mientras con el silencio mantienen bárbaras tradiciones donde trota sin salida mi bravura amarrada, y consienten que vaya en mofa de borrachos y torpes sanguinarios que me sueñan gandinga por las calles del pueblo, en un trato sin nombre de errados matarifes. No podrán con mi nombre -y creen que me derriban tirando en los alcores mi perfil de hojalata-; que vengan a mi frente a hablar de plebiscitos, que los bravos no somos tibieza de consulta ni aceptamos más juegos que morir como bravos en arenas de tardes que dejan al desnudo naipes de espadas duras y de telas de engaños. Estad tranquilos. Pasto tras las sonoras alambradas de las partituras, bebiendo semifusas, ramoneando corcheas, y estoy en los pinceles y estoy en las paletas, y estoy en todo el arte que acompaña mi danza.

Estad tranquilos. No escribiré a cornadas las respuestas precisas. Que me basta saber -y que lo sepan- que «la lengua en corazón tengo bañada/y llevo al cuello un vendaval sonoro». Y soy más inmortal cuanto más muero.

Antonio García Barbeito