Toros bravos

Los hierros más serios, los que presentan más bravura y más cara, los que embisten sin dulzura... Estas virtudes de un campo ganadero, profundamente cultural y arraigado en lo más propio de la tierra y los pueblos, se encuentran hoy acotadas a encierros y festejos taurinos menores, fuera de la gran mayoría de ferias de primera y segunda categoría. Más «corridas serias» en los carteles supondrían un reclamo para festejos atractivos, emocionantes, dramáticos pero gloriosos. Sería quizá entonces posible que toreros del escalafón intermedio, fajados diestros capaces de torear las circunstancias, llenasen más plazas.

No tengo conocimiento de estadísticas que me informen de la cantidad de encierros que se celebran en pueblos, suburbios, ciudades de España y el continente taurino. A los encierros van mitológicos ejemplares de res bravía, hermosos y poderosos animales muy serios de cara, con ambición de embestir. Hay que llenar las plazas para ver los atractivos carteles, pero también llenarlas para ver mayor variedad (y estilos) de toros, animales que deslumbren, que acojonen al personal con solo verlos asomar por la puerta de chiqueros.

Mis amigos son toreros de arte y aproximación; no solamente se ponen frente a un toro, que ya es mucho decir, sino que son también un puñado de artistas heroicos, que esperan una buena res que les acompañe en el encuentro y la construcción de una faena que llene el alma. Pero me parece a todas luces necesario, para el destino de las corridas de toros, que viejos hierros –los llamados duros– no entren en cuarto menguante, relegados a vender –o alquilar– formidables toros a las fiestas populares. Hay dos tendencias que están obligadas a entenderse: la de los carteles atractivos con nombres propios y un público que espera ver cuajadas faenas para el recuerdo; y la de tardes que se atragantan de bravura y vértigo. Ganaderos, toreros, subalternos y respetable solo pueden ganar con esta propuesta de «revolución en la alquimia» de los toreros todos y la variedad de hierros. Todos queremos ver asomar a un toro serio, que asuste de solo verlo desde el tendido. Las ganaderías habituales no corren peligro. Un campo más democrático (acompañado por el concierto de empresarios, fair play, maestros y quien corresponda) va a provocar un efecto inmediato y atractivo. Prueba de ello es la feria del toro, Pamplona. Además de los encierros y el interés turístico mundial, existe allí un público que llena la plaza «para ir a los toros». Ni menos ni más. A ver grandes figuras, a ver temibles morlacos serios de cara, a merendar, a pasar calor y emociones. «Ir por ir» es la mejor de las razones. Pero cuajar carteles (temporadas) atractivos que ofrezcan 6 toros 6 a la medida de los toristas y los carteles de relumbrón (conviviendo en atractivos programas), bien podría potenciar el reclamo para llenar las plazas y conformar la «nueva ingeniería» de un respetable que responde a variopintos estímulos: ver a las figuras, abroncarlas, reclamar premios, merendar antes del cuarto y vibrar con las animales de hechuras «de mitología», auténticos torazos bravos.

El toreo de arte puede convivir con lidias de «mayor brega y soluciones in extremis» frente a animales serios, de fincas ganaderas que podrían desaparecer para horror del público partidario de ver «más animales y menos nombres propios». Es verdad que existe un puñado de ganaderías que resultan imprescindibles –o inevitables– en la mayor parte de los carteles, pero el atractivo de una complicada lidia de Santacolomas, Atanasios o de legendarios Miuras es la prioridad de multitudes de aficionados que defienden la existencia de la tauromaquia a su manera. La aparición del joven fenómeno peruano Andrés Roca Rey le da más vida al toreo. Posee un valor heroico, ostenta condiciones para seguir asombrando y una juventud que nos hace creer en más años para esta Fiesta. Más épocas. Pero es posible que las corridas necesiten una nouvelle cuisine que mezcle los ingredientes para bregar por más plazas llenas, con un respetable menos dividido en la «eterna discusión» (toros o figuras), con nuevos reclamos atractivos para llenar de emociones las plazas de toros. Simón Casas presentó con éxito el «desafío ganadero» (primero en Valencia y, este año, en Madrid) y una semana a de ganaderías de las llamadas «duras» en San Isidro. Sin embargo persiste el interrogante: ¿Hay público para llenar plazas sin el reclamo de los carteles de relumbrón? ¿Las figuras están dispuestas a arriesgar el tipo –y la anatomía– frente a los hierros más complicados? ¿Se les puede exigir el sacrificio personal para un probable bien general de la tauromaquia?

Dicho esto corresponde aclarar (por si oscurece) que tengo entrañable amistad con algunos toreros de arte (tan buenos artistas como personas), ensimismados en confeccionar lidias de transmisión, de compás y pasándose el toro muy cerca. Acudo, entonces, al reclamo de los carteles atractivos porque «me gustan los artistas». Me aburre como a cualquiera una tarde «sin toros», con toros que no se mueven, pero intento irme de la plaza con alegría, así llueva un diluvio inédito en Madrid o las faenas se presenten aburridas. Y en eso Madrid es muy especial. Madrid es crítico con todos los animales, especialmente exigente con algunos toreros y severo con las hechuras de los toros. Mientras en el mundo crece una corriente de intolerancia y desinformación que, en forma de falacias, pretende bombardear la existencia de la tauromaquia; mientras futuras generaciones están adiestradas para enfocar el repudio en un aparente maltrato animal (mientras el hambre se cobra miles de víctimas humanas por día), el mundo del toro sigue pendiente de esta liza interna, desconfiando del lobby ganadero, de las exigencias de los artistas, dispuestos a abroncar a Morante en una tarde opaca sin ayuda de los astados y cotizando a la baja los triunfos provinciales para salir conformes del coso. Pero todo vale mientras los toros existan. Hay que tragar al público bullanguero. Hay que saber aburrirse con temple… y seguir esperando que salga un toro en condiciones de la puerta de chiqueros. Uno que se mueva, que humille… Un toro de asombro. Sembrando idénticas cantidades de miedo y emociones.

Andrés Calamaro, músico y escritor.

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