Toros y política

Por Fernando Sánchez-Dragó, escritor y periodista. Actualmente, dirige el ‘Diario de la Noche’ en Telemadrid (EL MUNDO, 03/07/07):

Lo dijo Ortega, lo dijo Pérez de Ayala, lo dijo Marañón, lo dijeron muchos: en España no cabe entender lo que se cuece en el horno de la política si no se mira al trasluz de lo que sucede en el albero de las plazas de toros. «Ruedo ibérico», añadiría Valle-Inclán, en ambos casos.

Así ha sido siempre y siempre será así. Tal era el ritornelo, sapientísimo, que impregnaba el discurso de Sinuhé, el Egipcio, en las páginas de la mejor novela escrita en el siglo 20. Razón llevaban él y sus paisanos.

Lo que el pasado 17 de junio -día de la reaparición de José Tomás- sucedió dentro y fuera de la Monumental de Barcelona, y lo que previamente había sucedido (y venía sucediendo) en las bancadas, covachuelas y poltronas del ayuntamiento de la misma ciudad, corrobora los dos asertos: el concerniente al paralelismo e interdependencia de los toros y la política, y el relativo a la inmutabilidad de la condición humana y el funcionamiento de la sociedad que de ella se deriva.

Voy a hablar hoy aquí sólo de la ocurrencia -liberticida (y, por ello, perversa) e innecesaria (y, por ello, estúpida)- de declarar a Barcelona ciudad antitaurina. Fue sólo una intentona, que no cuajó y se quedó, a la postre, en nada, pero el espíritu de aquel propósito descabellado, que lo era de toro de Miura (y perdónenme los de Izquierda Republicana que recurra, para definirlo, a dos símiles -descabello y Miura- procedentes del ámbito y léxico taurinos), sigue hoy vivo en buena parte del gobierno de la ciudad y del de Cataluña entera.

¿De dónde salen, si no, los muchos millones de euros gastados en vísperas de la reaparición de Tomás por quienes desde las filas, mayormente anglosajonas, del llamado movimiento antitaurino coparon páginas y páginas de la prensa de Barcelona con anuncios de la manifestación que el 17 de junio iba a recorrer, desde las Atarazanas hasta la Monumental, las calles de la ciudad y a poner, como remate, cerco de histeria, amenazas, insultos y rostros desencajados por la maldad hipócritamente buenista y animalista al coso donde el torero iba a exhalar, y vaya si lo hizo, su inconfundible e indefinible soplo?

Dijo Savater por aquellos días -los de la profesión de fe taurófoba decretada manu militari por los ediles del tripartito- que declarar antitaurina una ciudad era chorrada (sorry) tan grotesca y tan mayúscula como la de declarar Sevilla, creo que fue ese el topónimo escogido para el parangón, ciudad antibutifarra a la catalana. O Madrid, añado yo, antichistorra y San Sebastián antimadroños y osos emasculados por las feministas. ¡Qué mundo el nuestro! El español, digo, no el de extramuros, que tampoco anda últimamente, a fuer de satiricón, lucha de civilizaciones y fin de época, mal servido.

¡Bonita forma de entender la democracia! Creer que elegimos gobernantes para que se dediquen a la tarea redentora de cambiar un país hasta que no lo conozca, como dijo el Guerra ( no el torero, sino el otro), ni la madre que lo parió es flagrante extralimitación de funciones y, por ello, despotismo sin rebozo, además de dislate manifiesto. Y quien acuñó la frase y la comparanza del parto –me refiero a don Alfonso- no es, precisamente, antitaurino, dicho sea de paso.

Por cierto: me estremece la posibilidad de que mi madre, en vida, no me hubiese reconocido. Me gustaba que me conociese, y a ella que yo lo hiciera. También me gusta conocer -reconocer- el país donde he nacido gracias al mantenimiento de sus usos, costumbres y señas de identidad. No pago a los políticos para despertarme un mal día, mirar a mí alrededor, llevarme un susto y exclamar: «¡Ésta no es mi España, que me la han cambiado!». No, no, la política no está para eso, sino para administrar debidamente una finca heredada proindiviso, vinculada y vinculante.

El dilema entre la democracia liberal -laissez faire, laissez passer- y la liberticida -prohibir, intervenir, orientar, sermonear, multiplicar las leyes y eliminar lo que califican, con una mueca de horror de vacíos legales- viene de antiguo… Del tercer tercio -más símiles taurinos, sin ellos es imposible hablar buen castellano- del siglo XVIII, punto de arranque ése de las dos grandes tradiciones democráticas del mundo occidental: la norteamericana y la francesa.

Los Padres de la Independencia de los Estados Unidos, con el libertario Thomas Jefferson a la cabeza, cargaron todo el peso de las leyes por ellos proclamadas sobre la necesidad de defender los derechos del individuo en cuanto tal, como único gestor legítimo y eficiente de sus no menos legítimos y, por definición y lógica democrática, sacrosantos recursos y decisiones. La función del Estado se limitaba, de iure y de facto, a garantizar el libre ejercicio de esos derechos y a proteger al ciudadano sin inmiscuirse en su vida privada, en su conducta, en sus gustos, en sus costumbres, en sus creencias, en su modo de pensar o en su forma de hablar.

La otra tradición, la francesa, la que condujo desde el principio a la escabechina no sólo de los disientes, sino también de los coincidentes, la que ha imperado e impera en Europa y la que ha conducido ésta, una y otra vez, al totalitarismo, el bonapartismo, el cesarismo, el jacobinismo, el comunismo y el gulag, el nazismo y los hornos crematorios, los fascismos de derechas y de izquierdas, y las dos peores guerras de la historia, es la que alienta, hoy como ayer, excesos tan nauseabundos, y tan peligrosos por la jurisprudencia que sientan en lo relativo a problemas de mayor enjundia, como el de intentar prohibir que en un determinado núcleo urbano o rural se celebren, por ejemplo, corridas de toros enraizadas en el sentir del pueblo y por éste avaladas.

No es verdad, como aducen los taurófobos, que los taurófilos estemos hoy, por lo que hace al conjunto del país, en minoría y vergonzosa desbandada, pero tampoco sería eso argumento, si así fuera, para meterse en camisas de once varas ni en espectáculos de tres. ¿Acaso la democracia no obliga -es ése, incluso, uno de los aromas más preciosos y apreciados en su tarrito de esencias (otra expresión taurina)- a tomar en consideración, proteger y respetar la opinión y los derechos de las minorías en todos los casos y, de modo muy especial, con mayor ahínco, cuando esas minorías son numéricamente cualificadas y surgen al paso y a impulsos de una ancha y caudalosa tradición? ¿A do van, por ejemplo, los derechos históricos –adquiridos tras largo usufructo- de los aficionados en una ciudad que así misma, por ucase de quienes momentáneamente la rigen, se declara antitaurina? ¿O es que van a prevalecer, por la fuerza, los derechos de los animales sobre los de los seres humanos? Eso, amigos, tiene nombre. Se llama Ecología Profunda, y fueron las leyes de limpieza étnica del Tercer Reich quienes la inventaron.

Y ni siquiera, para colmo, hay unanimidad taurofóbica, ni mucho menos, en las filas de los partidos que desean y plantean la proscripción y erradicación de los festejos taurinos. Recuérdese, sin ir más lejos, el rubor que tiñó el rostro de los dirigentes de Herri Batasuna cuando alguien, no recuerdo quién, los citó de frente recordándoles la exitosa carrera como novillero de Ion Idígoras, que alcanzó cierto cartel en las plazas de Vasconia y del resto de España bajo el apodo de El Niño de Arrasate.

El otro día, en la Monumental, había, sobre todo, barceloneses, muchos de ellos catalanistas, de igual modo que en la Semana Grande de Bilbao llenan el coso los de izquierdas y los de derechas, los vasquistas y los españolistas, bilbaínos, eso sí, en su mayor parte, los unos y los otros.

¿Qué es una ciudad sino una comunión de individuos cuyo talante -ya saltó la dichosa palabreja- se va formando al hilo del correr de las generaciones y cristaliza en algo vivo, ponderable y tangible, perceptible, cierto, pero que por poliédrico, difuminado y plural escapa a toda tentativa de adjetivación y definición?

Las ciudades viejas, sin fecha conocida de fundación, y Barcelona no tiene otra que la mítica de Hércules, alcanzan su carácter por lenta sedimentación, y no es fácil que lo muden, en virtud (o vicio) de lo que hagan y deshagan los de arriba, de un día para otro.

Ninguna ciudad -por ser todas coro y asamblea de hombres libres, de gentes soberanas- puede ser taurina o antitaurina, como tampoco puede ser, pongo por caso, agnóstica o creyente. En ella deberán convivir los unos y los otros, los creyentes y los agnósticos, los taurinos y los antitaurinos, los nacionalistas y los españolistas, en medio, por lo general, de un océano de indiferentes a los dos polos de tales y tan forzadas (y forzudas) antinomias.

Vi el otro día, en la manifestación animalista de Barcelona, cuyos organizadores y animadores encarnaban a la perfección la españolísima tacha -que rima con facha, pues fascismo es eso- de despreciar cuanto se ignora, carteles que rezaban: Con mis impuestos, no. ¿Será posible tanta necedad, tanta incultura, tanta demagogia de todo a cien, tan cerril y sordo desprecio de la razón? Ningún gobierno nacional o autonómico, que se sepa, subvenciona o promociona la Fiesta. Sucede más bien lo contrario: es la Fiesta la que suministra alpiste de impuestos, turismo y subasta de cosos a los ayuntamientos.

Si los toros existen es porque hay gente, mucha, que acude a verlos después de pasar por taquilla. Y si esa gente -la afición- dejara de ir, las corridas también dejarían de celebrarse y la tauromaquia moriría en el acto, fulminada, y no a volapié o recibiendo, por arte de valor y estoque, sino de muerte natural. Así de sencillo. Y como a nadie le ponen, ni en Barcelona ni en Pamplona, una pistola en el pecho para que vaya a los toros, la polémica se resuelve sola. Consiéntasenos, pues, a los aficionados celebrar en paz nuestro inmemoriales ritos, y quédense en buena hora los antitaurinos en sus casas, en los divanes del psicoanalista, en los púlpitos y confesionarios o en los lugares que apetezcan para su solaz y sanación.

No sé si me resta espacio para una última consideración entre las muchas que cabría formular. Es ésta: confundir taurinismo con españolismo, y no digamos con francofascismo, equivale a no discernir entre las témporas y el culo. Mucho antes de que Isabel y Fernando casaran sus coronas ya se corrían toros de Creus a Finisterre, de Peña Tú a las columnas de Hércules. Y hay que ser muy ignorante para no saber que en la querella de los taurinos y antitaurinos -no es de hoy, siempre la hubo- fue el pueblo llano quien una y otra vez, sin traicionarla nunca, se colocó al lado de la Fiesta y la respaldó con cañas o con lanzas, cuando fue preciso. La historia de la lidia, desde que existen datos, ha sido siempre, con alguna que otra excepción aúlica o eclesiástica de escurrida presencia y poco trapío, la de los de abajo contra los de arriba, y no, nunca, ni por asomo, al revés. Si el pueblo no la hubiese hecho suya, hace ya mucho que la Fiesta -rito arcaico, sacramental, sexual, dionisíaco, pánico y mistérico que sobrevive, con bravura, a contrapelo de la modernidad- habría desaparecido.

El toreo nació a caballo y echó pie a tierra, y arraigó en ella, porque, a diferencia del rejoneo, que no es espectáculo taurino, sino circense, era voz del pueblo que exaltaba al villano frente al señor. ¡Más cornadas da el hambre! fue el grito de dolor y de valor que durante muchos siglos -¡en pie los parias de la tierra!- sirvió al toreo y a sus maletillas de banderín de enganche. En los años de la República se celebraban las corridas con idéntico empaque al que hoy las adorna, se desplegaba y lucía la tricolor en palcos, balconcillos, barreras y burladeros, y en 1936, al amartillar sus fusiles los cuatro generales de la canción de Paul Robeson, buena parte de los diestros y casi todas las gentes de sus cuadrillas estaban inscritos en sindicatos de clase.

La izquierda española y también la -por nacionalista- antiespañola tendrán que retocar y afeitar orwellianamente los pitones y atributos de su historia si insisten en el empeño de forjarse un pasado antitaurino. Allá ellas si tal hacen: los cadáveres de sus padres fundadores y de sus antepasados y combatientes darán un respingo en sus tumbas, las abuchearán y gritarán ¡al corral! ¿Memoria histórica, señores? Pues empiecen por dar ejemplo y bébanse un frasco de tan contundente purga.