Torquemada en la hoguera

«Voy a contar cómo fue al quemadero el inhumano que tantas vidas infelices consumió en llamas; que a unos les traspasó los hígados con un hierro candente; a otros les puso en cazuela bien mechados, y a los demás los achicharró por partes, a fuego lento, con rebuscada y metódica saña. Voy a contar cómo vino el fiero sayón a ser víctima…».

Reconozco que utilizar las primeras líneas de la novela corta de Galdós Torquemada en la hoguera para abordar la situación en la que se encuentra el ministro de Fomento y portavoz del Gobierno es cargar un poco la suerte. Sobre todo teniendo en cuenta que el propio autor ya utilizó la brocha más gorda de su propia caja de utensilios del género realista, acuciado por la urgencia de entregar su original «a la carrera y casi por compromiso» al director de La España Moderna, José Lázaro Galdiano, a tiempo para el cierre de la revista. Pero es que 150 pesetas eran 150 pesetas. Y no digamos en 1889.

El fondo del asunto al que se refiere este relato viene, sin embargo, a cuento pues no es sino la historia del alguacil alguacilado. ¿Qué más da que al ejercer durante casi una docena de años como martillo de herejes y látigo de infieles Blanco no haya recurrido al género gore de las perforaciones y la carne asada a la parrilla sino al vademécum de la oratoria sucia -«estercolero», «basura», «vomitorio»- para arrojar su tonelada de inmundicia sobre cualquier dirigente del PP en entredicho? Metáfora por metáfora, casi son preferibles las heridas imaginarias que las descalificaciones injuriosas con publicidad y alevosía.

Igualmente hay que admitir que, como él mismo dice, a Blanco mucha gente le tenía ganas no sólo por su conducta sino también por su trayectoria y ése es otro punto en común con don Francisco Torquemada, aquella «feroz hormiga», aquel «hombre frío con facha de sacristán» a quien Galdós había sacado de la miseria absoluta y el ostracismo relativo como personaje secundario de Fortunata y Jacinta para convertirlo en protagonista del medro social aupado sobre los hombros de los cambios políticos que sucedieron a La Gloriosa. No en vano viéndole mutar su «sombrero con grasa» por «una chistera de 50 reales» y la «capa deshilachada con las vueltas aceitosas» por «una muy buena con embozos colorados», para dirigirse a cobrar la renta a los inquilinos de sus 24 habitaciones de la calle de San Blas, el autor refunfuña contra «la clase media, toda necesidades y pretensiones, que crece tanto, ¡ay dolor!, que nos estamos quedando sin pueblo».

Si en la Galicia de las postrimerías del franquismo alguien hubiera augurado que aquel zagal tarambana, tirando a rogelio, de la aldea de Mosteiro en el término municipal de Palas de Rei, hijo de peón caminero y costurera, a quien apodaban Blanquito, llegaría a ministro de Fomento del Gobierno de España, sin necesidad de pasar tan siquiera por la universidad, le habrían enhebrado inmediatamente como majara endemoniado a la procesión de la Santa Compaña en su irrupción decorativa en alguna de las Comedias bárbaras de Valle. De ese triple salto mortal sin red surge el mito político de Pepiño, santo y seña del zapaterismo, heraldo y compendio de la España de las Leires y Bibianas, apoteosis de la meritocracia para los menos, paradigma de cómo la política te puede catapultar muy por encima de tu nivel de incompetencia para los más.

En los días clave de la conquista del poder, Blanco fue para Zapatero lo que Guerra había sido para González o Cascos para Aznar: el hombre de la intendencia y a la vez el ariete de las embestidas, el malo de la película, el «hijo de puta de Nixon» como se autodefinía Haldeman. Aunque, todo hay que decirlo, ejerció ese papel de forma menos abrupta que tales precursores y en su haber siempre quedará la iniciativa profiláctica de dejar de pagar los gastos de defensa de los organizadores de los GAL, al final ¿para qué está la sota de bastos sino para repartir mandobles?

Pepiño nunca le hizo ascos a esa tarea y se entregó a ella con denuedo, zurriagazo va, zurriagazo viene; pero cuando al inicio de la segunda legislatura empezó a barruntarse que aquello tendría un final y que Zapatero ni siquiera repetiría como candidato, vio muy claro que él no se retiraría junto a su mentor y que quería una oportunidad de tocar poder de verdad, es decir, un trozo de presupuesto que repartir y unas cuantas páginas del BOE a su disposición. Fue entonces, en la malhadada crisis de 2009 mientras Calamity Helen ocupaba una pequeña porción de la silla vacía de Solbes y Chaves llegaba a Madrid a preparar con Felipe la operación Alfredo, cuando Blanco logró quedarse con los treinta y pico mil millones del gran ministerio inversor.

Fue una metamorfosis equivalente a la del Torquemada de Galdós, quien a medida que medraba «se sentía, con la buena ropa, más persona que antes; hasta le salían mejores negocios -atención-, más amigos útiles y explotables; pisaba más fuerte, tosía más recio, hablaba más alto y atrevíase a levantar el gallo en la tertulia del café». De repente Blanco se había convertido en el interlocutor y confidente de todos los grandes empresarios del país, en el hombre del momento, en el salvavidas de cientos de naufragios, incluidos algunos periodísticos. «Pero la vanidad no le cegó nunca -seguimos con Galdós-. Hombre de composición homogénea, compacta y dura, no podía incurrir en la tontería de estirar el pie más del largo de la sábana. En su carácter había algo resistente a las mudanzas de formas impuestas por la época, y así como no varió nunca su manera de hablar, tampoco ciertas ideas y prácticas del oficio se modificaron».

De la noche a la mañana resultó que Blanco iba para cacique. Y no se conformaba con una ínsula cualquiera. Él tenía una hoja de ruta cuya estación término era -seguirá siendo si sobrevive a este episodio- la Presidencia de la Xunta de Galicia. Desde el mismo día en que fue nombrado ministro tuvo esa obsesión en la cabeza: él no quería retirarse, a semejanza de su jefe, a disfrutar de la felicidad conyugal «como supervisor de nubes recostado en una hamaca y mirando al cielo». Él prefería las emociones fuertes cerca del mundanal ruido. Y ser profeta en su tierra. No sólo en Palas de Rei, no sólo en Lugo, sino en toda Galicia. Quería ser el Fraga de la izquierda para regresar triunfalmente rodeado de gaiteiros: de don Manuel a don Pepiño.

Para eso necesitaba hacer amigos por delante y no dejar enemigos a sus espaldas. Todos celebramos el buen talante con que entró en el ministerio. Tras las altanerías de mercado de abastos de la bien definida como «ministra macarra» llegaba un prócer con la mano tendida tanto a las comunidades del PP -así se ganó a Esperanza Aguirre- como a los famélicos medios de comunicación cuyos dedos se hacían huéspedes tan sólo de oír hablar de un posible convenio con Renfe, con Adif o con Aena.

Y éste fue el modelo que comenzó a aplicar en Galicia, en régimen de regadío intensivo: inversiones y más inversiones, subvenciones y más subvenciones, un maná en medio de la penuria, para ir tejiendo una red clientelar a la vieja usanza pronto conocida como la «comandita de Blanco» con sus correspondientes capitanes, sargentos y costaleros. No es casualidad que un excelente periodista del lugar me confesara nada más aflorar en EL MUNDO la acusación en sede judicial de Dorribo que «toda la prensa gallega tiene síndrome de Estocolmo con el ministro por lo mucho que está haciendo por su tierra».

Blanco ha emprendido en suma el mismo tortuoso sendero del altruismo interesado y la filantropía egoísta que enfiló el usurero Torquemada cuando se le metió en la cabeza que sólo sus buenas obras salvarían la vida de su hijo enfermo. Y, como al personaje de Galdós, su problema es que se le nota demasiado que todo tiene un sentido instrumental, que tras la fachada de la misericordia late implacable el interés. Por eso la tía Roma, la vieja doméstica maltratada durante décadas, rechaza los súbitos melindres autocompasivos de Torquemada y despotrica contra su falsa conversión: «¡Véngase ahora con jipíos y farsa!… Valiente caso le van a hacer».

Al margen de ese problema no menor de credibilidad, Blanco ha tenido la complicación añadida de que para no perder el punto de apoyo interno sin el que todos sus planes se tornarían quimeras, ha tenido que simultanear el alma buena del ministro escanciador con el alma mala del vicesecretario vareador. Esta esquizofrenia política es la que hoy está pasándole factura pues sus puñaladas traperas a costa del caso Gürtel no son cosa del pasado sino, como quien dice, de ahora mismo. ¿A quién puede extrañarle que el PP esté suministrándole ya el embudo de su propio ricino?

En el plano de la responsabilidad política su situación es idéntica a la de Camps cuando él comenzó a pedir su dimisión. Dorribo es el Álvaro Pérez de Blanco y la cita de la gasolinera, de la que el portavoz del Gobierno eludió hablar el viernes una y otra vez, equivale al «amiguito del alma», las visitas al sastre y los detallitos por Navidad. Se me replicará que hay múltiples indicios de que a Camps le regalaron los trajes y que nada salvo la palabra de Dorribo acusa hoy a Blanco de cohecho. Pero es que, al margen de que 400.000 euros darían para mil trajes, desde EL MUNDO siempre planteamos que, tuviera o no consecuencias penales, la mera intimidad imprudente del presidente de la Generalitat con quien resultó ser el coordinador de una trama mafiosa le situaba en una posición políticamente insostenible. O sea, lo mismo que sucede ahora.

Cuando el propio ministro de Fomento y portavoz del Gobierno nos reconoció que había visto a Dorribo «tres veces, una de ellas en una estación de servicio» nosotros ni parpadeamos. Ah, sí, claro, en una estación de servicio. Debió de ser echando gasolina. ¡Hombre, Dorribo, tú por aquí…! Pero no, no… ¿cómo iba a bajarse el ministro del coche oficial para sacar en persona la manguera del surtidor? Es que el asunto no fue ése sino que habían quedado expresamente allí, previa intercesión del primo de Blanco, contratado por el susodicho. Claro, claro.

Bueno, tampoco tiene nada de particular… todo el mundo queda con todo el mundo en las gasolineras… sería, como ha dicho Elena Valenciano, para tratar una «cuestión privada». Paradójicamente, esta versión de la portavoz del PSOE es la que más se aproxima a la de Dorribo cuando asegura que el ministro le dijo: «Si tú te portas bien conmigo, yo me portaré bien contigo». Pero es que resulta que Blanco ha admitido ya que de lo que hablaron fue de subvenciones públicas. En el interior del coche oficial, con un vehículo de la Guardia Civil delante y el de los escoltas detrás. Desde que Felipe II resolvía con sus secretarios los asuntos del Estado convirtiendo los lomos de las mulas de su séquito en improvisadas mesas de despacho nunca habíamos visto actuar de forma tan expeditiva a un gobierno itinerante.

Habrá que esperar al levantamiento del secreto del sumario y a la previsible remisión de las actuaciones al Tribunal Supremo para empezar a atisbar si la de Guitiriz era una simple gasolinera o toda un área de servicios en el más plural sentido del término. Pero entre tanto ya le hemos visto los costurones al vestido de ceremonia del diligente y aplicado ministro de Fomento, tan devoto de su tierra. Por eso lo que escuchamos mientras cae la cortina del primer acto es la voz rezongona y castiza de la tía Roma, galdosiana por antonomasia: «Usted quiere ahora poner un puño en el cielo. ¡Ay señor, a cada paje su ropaje! A usted le sienta eso como a las burras las arracadas… Si se pone bueno el niño, volverá a ser usted más malo que Holofernes».

Pedro. J. Ramírez, director de El Mundo.

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