Torre y cumbre de la medicina

En la primavera de 1965, cuando ocupaba en la Universidad de Salamanca la cátedra de Obstetricia y Ginecología, recibí con sorpresa una propuesta del Instituto Nacional de Previsión (INP) para dirigir en Madrid una maternidad cuya edificación estaba a punto de terminarse. Iba a ser la mayor de Europa, y para ello se quería un funcionamiento dispar del hasta entonces vigente en los hospitales del Seguro Obligatorio de Enfermedad. Este, creado en 1942, se completó después con el Plan Nacional de Instalaciones Sanitarias, que preveía la construcción de hospitales del Seguro en las capitales de provincia y otras ciudades populosas. A finales de los años 60 se coronó la red de hospitales que, con inclusión de los de otra procedencia, se convirtieron en eje y motor de la asistencia sanitaria. Previamente el Ministerio de Trabajo al que pertenecía el INP dictó la Ley de Bases de la Seguridad Social. Si los hospitales del Seguro funcionaron inicialmente con actividad sólo quirúrgica y régimen similar al de las clínicas privadas, experimentarían una transformación radical con el establecimiento de la llamada jerarquización hospitalaria. Sirvió de modelo la experiencia piloto de la clínica Puerta de Hierro de Madrid, creada en 1964, con admisión de pacientes no quirúrgicos, coordinación de los Servicios, dedicación completa del personal e incorporación de actividades de investigación y de docencia para posgraduados. Una institución modelo que pronto mostró sus excelencias.

Dentro de la estructuración de los nuevos hospitales, en función de la población abarcada se crearon las Ciudades Sanitarias que incluían, a veces en diferentes edificios, áreas de hospitalización general y específica especializada; por ejemplo, Obstetricia, Pediatría o Traumatología. Uno de estos complejos fue La Paz, en Madrid, cuyo hospital general se inauguró en 1964, mientras que la Maternidad y el Hospital Infantil lo hicieron en 1965, ahora hace cincuenta años. El tiempo transcurrido ha ofrecido margen a muchas cosas, entre ellas, en la Maternidad, a asistir al nacimiento de cerca de setecientos mil niños. Se atendió el primer parto el 6 de julio de 1965; a final de ese año se habían asistido 5.917 partos, y en los cinco primeros años de funcionamiento, 105.353. Para ello hubimos de acomodar nuestra actividad asistencial a los cambios surgidos tanto en la dinámica funcional hospitalaria como en las técnicas de asistencia.

El aluvión de partos caído sobre la Maternidad de La Paz se explica por la desaparición casi absoluta, en aquellos tiempos, del parto domiciliario. A la posibilidad de parir en el hospital se acogieron de buen grado las gestantes de aquel momento, y la mayor parte de los partos de beneficiarias del Seguro de Madrid (e incluso de su provincia) se ubicó en La Paz, dada la escasez entonces de conciertos con otros hospitales madrileños. Por otra parte, los requerimientos de la especialidad ginecológica y la nueva dinámica en la asistencia hospitalaria exigían que en la Maternidad no sólo se asistiesen partos, sino también a las embarazadas con complicaciones de la gravidez o a enfermas ginecológicas con diferentes patologías. Además, en la segunda mitad del siglo XX, se produjo un desarrollo espectacular de nuevas tecnologías en Medicina. Y por ello la Obstetricia volcó sus esfuerzos en la atención al feto, susceptible, merced a exploraciones novedosas, de merecer una atención directa. Nos cumplió en La Paz vivir en directo la incorporación de los ultrasonidos a la exploración obstétrica. La llamada ecografía, con sus múltiples aplicaciones, experimentó una progresión ascendente en aparataje y posibilidades diagnósticas. La Paz fue pionera en el uso de los primitivos ecógrafos procurando en la medida de lo posible adaptarse a los avances ininterrumpidos. También muy precozmente nos adaptamos a otras metodologías, como el registro electrónico de la frecuencia cardíaca fetal, la llamada monitorización fetal intraparto. Y la amnioscopia, la amniocentesis, los microanálisis de sangre fetal, la lucha contra la incompatibilidad Rh, fueron hitos de una época de progresos a los que la Maternidad se adhirió con entusiasmo irrefrenable. Ciertamente todo ello obligó a crear numerosos servicios, algunos de nuevo cuño.

Muy especial preocupación nos mereció siempre el cotejar resultados estadísticos, y de ello son testigo las Memorias editadas. Así pudimos comprobar con satisfacción que nuestras cifras de mortalidad perinatal (de fetos y recién nacidos) fueron rápidamente equiparables a las de los países más avanzados de Europa, y para ello disfrutamos de la estupenda colaboración del Servicio de Neonatología del Hospital Infantil. La Maternidad contó desde su inicio con médicos residentes formando parte del equipo asistencial, iniciándose un programa de formación de posgraduados en la especialidad, embrionario precursor del plan MIR después incorporado oficialmente a nivel nacional. Cuando se integró La Paz en la nueva Universidad Autónoma de Madrid, significaron el agraz de una Escuela que no ha cesado de desarrollarse.

No he tenido aquí posibilidad de incluir nombres propios, porque tendrían que ser muchísimos los dignos de figurar y de ser agradecidos. En cualquier caso, mi gratitud alcanza a todos los médicos que colaboraron en la tarea ingente, empezando por los secretarios generales de los tiempos primeros, seguidos del personal directivo de épocas posteriores. Mención especial merece el cuerpo de matronas, colaboradoras insustituibles en su entregado trabajo diario. Así mismo, las enfermeras, auxiliares, asistentes sociales, celadores, personal administrativo y de oficio, que conformaron un conjunto ejemplar de trabajadores. La armonía como denominador común del trabajo realizado sirve de satisfacción a los partícipes en una tarea fructífera que se asentó en la voluntad de acierto, el afán de progreso y el espíritu de convivencia. La Maternidad de La Paz ha sido a lo largo de su existencia una suma de voluntades orientadas al bien común de una labor en ocasiones heroica, porque hubo de gravitar sobre una presión asistencial que constituyó su pesadumbre, pero también su gloria.

Hemos recorrido un camino empedrado de dificultades pero esmaltado de ilusiones. Y vemos con esperanza la continuidad abierta al futuro que aporta el trabajo y el esfuerzo de los que han tomado el relevo con ejemplar dedicación y destreza. La torre de la Maternidad, situada en un tiempo en el punto más alto de Madrid, está hoy empequeñecida por otras torres altivas que la rodean. No sé cuál será su futuro material, pero siempre quedará como símbolo la verdad inmanente de su aportación esencial a la Ginecología española.

José Antonio Usandizaga Beguiristáin, ginecólogo y profesor emérito de la Universidad Autónoma de Madrid.

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