Trabajar y estudiar más, no menos

En algunos países de América Latina, en Chile por ejemplo, está de moda trabajar y estudiar menos. Los líderes políticos, dirigentes sindicales y empresariales, generalmente incorporan a su discurso elementos que apuntan a mejorar la «calidad de vida» de los trabajadores. Recientemente el Gobierno del presidente Sebastián Piñera, ha presentado al Congreso de los Diputados un proyecto de flexibilidad laboral, el cual, entre otras cosas, contempla trabajar 8 por ciento menos a la semana. Muchos pretenden emular a Noruega, en donde se trabajan menos de 40 horas a la semana, pero con la salvedad de que ese país hace 50 años tenía el ingreso per cápita que Chile tiene hoy. La llegada de cientos de miles de inmigrantes hace necesario adecuar estructuras para absorber nueva mano de obra. Se hacen conjeturas respecto del trabajo a distancia, del home office y de los eventuales aumentos de la productividad al trabajar menos horas. Las ponencias han llegado al extremo en que algunos quieren incluir, al menos parcialmente en la jornada laboral, los tiempos de desplazamiento desde el hogar hacia el lugar de trabajo.

En Chile hoy se trabajan 45 horas a la semana, lo que para muchos parece un exceso. Si analizamos la disposición a trabajar de manera eficiente, nos sorprenderemos al constatar que, con la irrupción del teléfono celular, el tiempo dedicado a chatear y a revisar el móvil de manera constante, son muchas las horas desperdiciadas por los trabajadores en tareas ajenas al trabajo. Los legisladores, están muy lejos de la realidad de cada sector productivo.

Los populistas de todo el espectro político, siempre están atentos a nuevos «ofertones», muchos de los cuales son irreversibles, pues una vez que la jornada laboral disminuye, jamás volverá a aumentar. Una situación parecida, se hace presente en el mundo de la educación. Recientemente, un grupo de estudiantes de Arquitectura de la Universidad de Chile ha reclamado por el exceso de carga académica y la obligación de hacer trabajos en casa, lo que les afectaría el sueño y les generaría estrés. El resumen del reclamo es que muchos jóvenes de hoy quieren estudiar menos y descansar más. Esta actitud es la que podríamos llamar: flojera colectiva. Los alumnos son expertos en derechos, pero ignorantes en deberes.

En este escenario, la autoridad política, los parlamentarios, los dirigentes y los medios de comunicación, jamás hablan de la necesidad de esforzase para lograr los recursos necesarios para vivir dignamente. Nadie entrega un mensaje de apoyo a la austeridad, al sacrificio, al compromiso con el trabajo y con el estudio como medios de dignificación del ser humano. Lo políticamente correcto es pedir cada día más al Estado y al Gobierno de turno, más subsidios, beneficios, préstamos, asistencias de salud y educación gratis y de calidad. En este entorno desorbitado, deambula parte importante de América Latina.

Los organismos internacionales, liderados por la ONU, tampoco ayudan a fomentar el sacrificio, el trabajo diario, bien hecho y responsable. La reciente celebración del Día Internacional del Trabajo, demostró que el discurso de los manifestantes es el mismo que hace 50 años. La lucha de clases y el desprecio por quien da oportunidades laborales, copó los titulares de la prensa.

Por su parte, China sigue invadiendo el mundo con sus productos y servicios, con un sistema político monolítico, con largas jornadas laborales y con millones de ingenieros y trabajadores produciendo trenes, automóviles, aviones, centrales solares y tecnología de punta en telecomunicaciones y en ciencia espacial. Ningún extremo parece razonable. La solución no va con el totalitarismo chino ni con la relajación que muchos pretenden. Nuestra sociedad debe buscar un equilibrio en el que se trabaje más y no menos y en que la eficiencia y la responsabilidad de cada uno, tenga un justo premio al cobrar el salario.

El socialismo de antes y el de hoy, pretenden unos acuerdos colectivos, en que flojos y esforzados cobren lo mismo. También el socialismo busca homogenizar la sociedad y evitar que quienes estudian más y mejor puedan llegar más lejos. Los países pobres y aquellos en desarrollo no tienen más camino que seguir trabajando para producir más y lograr acortar las brechas con aquellos países afortunados que algún día alcanzaron el desarrollo. Las soluciones mágicas al estilo Maduro, Ortega, Kirchner, Castro, Allende o Lula no van a ninguna parte. Se requiere de líderes políticos valientes que digan las cosas por su nombre y no menosprecien la capacidad del ser humano para forjarse su propio destino.

Andrés Montero es empresario chileno.

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