Traditori

Traduttore, traditore, el dicho italiano (más citado, al parecer, en España que en Italia) habrá venido estos días a la mente de muchos. Lo curioso del caso es que la expresión se utiliza habitualmente en el ámbito de la traducción literaria, en el que la libertad creativa puede llevar a una traducción tan libre que haga difícil reconocer el original. Las dificultades de este noble oficio fueron advertidas ya por Cervantes, en boca de Don Quijote, al afirmar que «traducir de una lengua a otra, como no sea de las reinas de las lenguas, griega y latina, es como quien mira los tapices flamencos por el revés» (P. II, C. LXII). Y, más recientemente, en su brillante y docto discurso de ingreso en la Real Academia Española, en 2013, el gran traductor Miguel Sáenz («Servidumbre y grandeza de la traducción») se hizo eco, con autorizada desenvoltura, de los autores que sitúan la traducción entre las profesiones más antiguas del mundo, como la prostitución, con la que compartiría, según ellos, el rasgo de tener que hacer por dinero lo que debiera hacerse por amor. «Aunque [la traducción] está peor pagada», añadía el recipiendario, siguiendo a los mismos autores.

TraditoriY, sin embargo, donde se ha cometido la traición estos días ha sido en el ámbito de las traducciones que podemos llamar oficiales, en las que la libertad creativa del traductor tiende a cero, porque lo que prima es la veracidad y la exactitud de lo traducido. El paradigma de los traductores oficiales es el traductor jurado. La configuración de esta profesión podrá variar de un país a otro pero, en todos ellos, se caracteriza por dos elementos. Primero, por que el Estado obliga a los que aspiran a ser traductor jurado a que demuestren, mediante un exigente examen, unos altísimos conocimientos de la lengua en la que desean acreditarse, incluido, de modo muy especial, el dominio de los lenguajes jurídico y económico. Y, segundo, por que el Estado exige en muchos casos que, cuando se presente un documento en una lengua extranjera, se acompañe una traducción realizada por un traductor jurado. Su trabajo goza, pues, de una presunción de veracidad y exactitud que los propios profesionales ponen de manifiesto concluyendo su texto con su firma autógrafa y una fórmula solemne. (En España: «Es traducción fiel y completa», como impone una Orden del Ministerio de Asuntos Exteriores de 2014).

Los traductores jurados son, en suma, profesionales altamente cualificados sobre los que pesa la obligación de cumplir su función con veracidad y profesionalidad. No suelen, por ejemplo, dejarse seducir por los peligrosos «falsos amigos», como el famoso adverbio inglés «eventually», que no quiere decir –como es sabido– «eventualmente», sino «finalmente» o «con el tiempo». Nunca he encontrado este error en una traducción jurada y sí, algunas veces, en traducciones ordinarias. (Entre los últimos errores de traducción que tengo repertoriados encuentro esta tronchante pieza cazada en YouTube, donde un exitoso cuentateniente traduce al español la letra francesa de la versión del vals peruano «Que nadie sepa mi sufrir», cantada por Édith Piaf bajo el nombre de «La foule». Como recordarán los fans de la Môme, la cantante y su ligue repentino se sienten tan atraídos que, nos dice ella, después de bailar muy apretados: «Nos deux mains restent soudées» (soldadas, fundidas). Y traduce, tan campante, el youtubero: «Se nos quedan las manos sudadas». Así lo habrán leído el casi medio millón de visitantes de su página).

Repongámonos de la carcajada, porque el motivo de estas líneas es muy serio ya que nos estamos refiriendo, ya imaginan, a la traducción de unas declaraciones del juez Llarena que se han presentado ante un tribunal belga para intentar cuestionar su independencia. ¿Cómo puede un profesional haber traducido al francés «si tal fuera el caso» por «et oui c’est ce qui s’est produit», es decir, por una frase que convierte una hipótesis en una afirmación (i.e.: «y eso es lo que ha ocurrido»), frase que, además, es la esencia de la fraudulenta pretendida demanda. En mis ocho años de ejercicio de funciones consulares y en mis más de treinta de práctica de la abogacía y el arbitraje he tenido acceso a cientos de traducciones juradas y nunca he visto un dislate parecido. Cuando leí la primera noticia sobre este lamentable incidente no pude darle crédito. ¿Cómo podía un traductor –jurado, según se decía– amparar con su firma que eso es una traducción «fiel»? Días después se aclaraba el embrollo: la falsa traducción (no me merece otro nombre) no figuraba en ninguna traducción jurada sino en el cuerpo mismo de la citación (equivalente a un anuncio de demanda) redactada, al parecer, por tres abogados belgas y uno español. (Aunque llama la atención que la traductora jurada, al trasladar la citación al español, para que le fuera notificada al pretendido demandado, no haya traducido el texto francés trucado, contenido en la citación, sino reproducido, sin más, las declaraciones auténticas del juez en castellano. Algo así, salvadas sean las distancias, como si el traductor de la «La foule» cantada la Piaff, con letra de Michel Rivgauche, nos transcribiera la letra original de «Que nadie sepa mi sufrir», escrita por el maestro argentino Enrique Dizeo).

La conducta de los abogados de los demandantes –de ser, como parece, los fautores de la traducción: por favor, si traducen esta frase condicional al francés no la conviertan en afirmativa– no puede quedar sin la adecuada reacción de la justicia belga que, por muchas singularidades que presente, seguro que cuenta con una norma similar al artículo 247 de nuestra Ley de Enjuiciamiento Civil, que prevé la imposición de sanciones y medidas disciplinarias para reprobar la mala fe procesal consistente en confundir burdamente las palabras, los hechos y las intenciones.

Y, en fin, por no perder el sentido del humor, preguntémonos si también en este caso se ha seguido la escandalosa pauta retributiva de la que se hacía eco jocosamente el ilustre académico y traductor que citaba al comienzo.

Santiago Martínez Lage, diplomático y abogado.

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