Tragedia griega y tres Europas

Hace mucho tiempo que se habla de Europa como una unidad. Heródoto nos la pintó como una hermosa doncella cabalgando elegantemente a lomos de un toro que volaba sobre el mar. Pero a esa bella mujer los avatares de la Historia la han dividido, invadido, destrozado, violentado, sometido a guerras infinitas, reunificado y vuelto a dividir, hasta que hoy, repuesta y escarmentada tras la peor guerra de todas, se nos aparece casi totalmente unida, desde el Ártico hasta Lampedusa, desde Lisboa hasta Riga, en esta organización de nombre poco imaginativo pero elocuente: la Unión Europea.

Sin embargo, tras esta fachada de unidad, las viejas naciones, aunque han renunciado a algunas prerrogativas de la soberanía en beneficio de la Unión, siguen siendo los principales sujetos operativos. Pero, además, entre las naciones y la Unión existen tres grandes regiones con historias y sustratos culturales muy diferentes, que constituyen tres subcontinentes cuya realidad aún cuenta. Son, por supuesto, el Sur, el Norte y el Este, o, más descriptivamente, el área mediterránea o latina, el área noratlántica o germánica, y el Oriente eslavo. Estas zonas o áreas presentan rasgos lingüísticos y religiosos: con excepciones, por supuesto, el sur es católico; el norte, protestante; y el este, ortodoxo. Una línea imaginaria que uniera Finisterre con el Montblanc y éste con la desembocadura del Danubio separaría la Europa mediterránea de la nórdica, y otra línea que fuera de Stettin a Trieste sería la frontera de la Europa oriental. Con importantes excepciones, los tres bloques son homogéneos y están determinados por una mezcla de factores geográficos e históricos cuya importancia y persistencia producen asombro al historiador.

RAÚL ARIAS
RAÚL ARIAS

En todo caso, nadie niega hoy que quien lleva la batuta del concierto europeo es la Europa del norte, la región más rica, más poblada, más estable políticamente. Cierto que esto no es nuevo: Inglaterra, Francia y Alemania han sido las tres grandes potencias europeas desde mediados del siglo XIX. Pero si nos remontamos más atrás, las cosas cambian. Hasta la derrota de la Armada Invencible en 1588, Inglaterra fue una potencia de segunda en el concierto europeo, y Alemania no existía. Y si nos remontamos mucho más atrás, unos 20 siglos, tanto la Europa del norte como la oriental eran, simplemente, tierras de bárbaros y todo el poder, la riqueza y la civilización residían en la orilla norte del Mediterráneo, primero en Grecia y luego en su ex colonia, Roma, y su imperio. Durante la Edad Media tuvo lugar una gradual proceso de equilibrio entre la Europa del norte y la del sur, y fue en la Edad Moderna cuando se cambiaron las tornas: el proceso fue lento, unos 13 siglos, pero la Europa del norte, que en el siglo IV era bárbara y atrasada, en el XVII era ya la región más civilizada, rica y poderosa del mundo.

Las causas de esta convergencia serían demasiado largas de analizar aquí. El caso es que esta gradual homogeneización entre la Europa del norte y la del sur se interrumpió cuando los países septentrionales, que nunca habían pertenecido al Imperio Romano, rompieron con la organización que sucedió a éste, la Iglesia de Roma, y adoptaron los credos protestantes. Este cisma contribuyó a ahondar la barrera cultural entre el norte y el sur, barrera que subsiste hoy, pese a la creciente laicidad. Según la conocida tesis de Max Weber, el triunfo del protestantismo en la Europa del norte habría contribuido poderosamente a su éxito económico. Que el sustrato religioso explique las diferencias de comportamiento económico entre el norte y el sur es una posibilidad que no se puede descartar. Sin duda, la rígida e individualista moral protestante es más favorable a las seguridades jurídica y transaccional que tanto facilitan el funcionamiento de los mercados. Pero también la latitud geográfica tiene un peso sorprendente sobre los patrones de comportamiento: las tasas de alfabetización acostumbran a ser más bajas, en un mismo país, en el sur que en el norte, y el mismo tipo de diferencia se da entre países meridionales y septentrionales.

Resulta interesante, en virtud de todo lo anterior, que la gran crisis del siglo XXI haya reproducido esta antiquísima divisoria europea, que se supone que la Unión debiera contribuir a borrar. A las antiguas provincias del Imperio Romano se las designó peyorativamente como PIGS (Portugal, Italy, Greece, Spain) por su vulnerabilidad a la crisis, y su irresponsabilidad fiscal. La Unión, bajo la influencia de la rígida institutriz protestante alemana, acudió en socorro de los meridionales en dificultades (y de otros no tan meridionales, como Irlanda e Islandia) a cambio de que pusieran su casa en orden e hicieran reformas que los fortalecieran frente a otras posibles eventualidades, poniéndoles en disposición de dejar de entramparse e incluso de devolver las deudas contraídas y gran parte de las ayudas de la Unión. Como era de esperar, todo ésto dividió políticamente a los países: los sacrificios y las dificultades (la tan denostada austeridad) dieron lugar al desencanto cuando no a la saña, y ello trajo consigo la aparición o el crecimiento de partidos populistas, es decir, que propugnan soluciones simples, y a menudo imposibles, para problemas complejos que requieren cautela y serenidad. Estos partidos no aparecieron sólo en los países del sur: el antieuropeísmo (UKIP) ganó fuerza en Inglaterra, y el Frente Nacional, en Francia; pero en los tres países claves del sur, España, Italia y Grecia, surgieron, de la noche a la mañana y explotando la desesperación causada por la crisis, Podemos, Movimiento Cinco Estrellas y Syriza. En Grecia surgió además un partido nazi, Amanecer Dorado, y uno de extrema derecha, nacionalista xenófobo, actualmente aliado con Syriza (Anel).

La posición de Grecia sintetiza lo peor de los PIGS, en contraste con la seriedad de los del norte, que en esto se ven acompañados por los del este, venidos del frío comunista y deseosos de homologarse con los occidentales. El país heleno fue admitido el año 2000 en la Eurozona falsificando sus cuentas públicas; en vista del éxito, la falsificación continuó hasta que en 2009 se hizo público que el déficit presupuestario nominal del 3,7% del PIB era en realidad del 12,7; poco después se supo que, de verdad verdadera, era del 13,6%. Con una deuda pública entonces del 120% del PIB (hoy cerca del 190%), Grecia no encontraba quién le prestara y la UE tuvo que concederle dos rescates a cambio de medidas de austeridad que provocaron un gran rechazo popular. En 2014 los sacrificios empezaron a dar sus frutos: la economía griega volvió a crecer y el presupuesto dio un pequeño superávit tras décadas de déficit.

PERO la esperanza se vino abajo cuando en enero los electores votaron por Syriza, que había prometido abandonar la austeridad y negociar con la UE y el FMI para que siguieran subvencionando al país aunque no hiciera reformas. El crédito de Grecia se desplomó y los ciudadanos volvieron a su vieja costumbre de exportar capital de un país en bancarrota. El Gobierno de Tsipras utiliza como arma negociadora el miedo de Europa a dar la campanada con la salida de Grecia de la Eurozona y a que este país, el flanco oriental de la NATO, se entregue en manos de Rusia; en mi diccionario esto se llama chantaje. Y las declaraciones del ya ex ministro Varoufakis en este periódico el 4 de julio pueden calificarse suavemente de inexactitudes, como cuando dijo que la UE había cerrado los bancos griegos, simplemente porque no les había pagado el chantaje reclamado. Los bancos griegos están en situación de muertos vivientes porque su Gobierno los ha saqueado, y porque sus clientes no se fían y han retirado sus fondos.

Por desgracia, la última jugada del Gobierno heleno, el referéndum del domingo, le ha dado resultado y el no ganó por goleada. Tras las elecciones de enero, el electorado griego ha dado un segundo salto mortal. Dicen que ha sido algo muy democrático, propio del país que inventó la democracia. Olvidan añadir que la democracia ateniense condenó a muerte a Sócrates. Para colofón, Tsipras ha sacrificado a Varoufakis como Agamenón sacrificó a su hija Ifigenia: para aplacar a los dioses, en este caso, el Olimpo de Bruselas (y por haber mentido en EL MUNDO).

Bromas aparte, si Europa cede al nuevo truco de Tsipras, la brecha europea entre el sur y el norte se hará más profunda. Pertenecer a la Eurozona requiere disciplina: si se hicieran excepciones, se estaría dando un pésimo ejemplo y proclamando que la picaresca y el chantaje funcionan. Volveríamos a la desunión europea. Y los máximos perdedores seríamos nosotros, los europeos del sur. ¿Harán los griegos hoy con Europa lo que sus antepasados hicieron con Troya?

Gabriel Tortella es economista e historiador.

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