Trampas de la memoria histórica

¿Vamos camino de un mundo sin recuerdos? ¿Acaso el mundo tiene recuerdos? ¿Y las naciones, y los estados y las masas tienen recuerdos? Fundamentalmente los recuerdos siempre fueron patrimonio de los individuos, pero después de las grandes matanzas contempladas por la población civil a través de los nuevos medios de comunicación del siglo XX, sobre todo la fotografía, el cine y, más contemporáneamente, la televisión, se fue equiparando la memoria colectiva a la individual, es decir, la real. Hoy se perdona más el olvido individual que el colectivo. El olvido colectivo provoca una manifestación de desastre moral o político.

Tony Judt advirtió de la pérdida de eco universal que comenzaba a tener la Shoá. El creciente olvido de la misma sería como hacer oídos sordos a otros grandes crímenes intemporales contra la humanidad como la esclavitud, la deportación o los exterminios en masa producto de los estados totalitarios. Esta memoria moral puede ser universalmente compartida, comprendida, defendida y transmitida. Lo peor no es el olvido de lo que no deberíamos olvidarnos, sino de la escritura y reinterpretación del pasado y el control acertado de la memoria colectiva. Paul Ricoeur insiste en que recordar es un deber moral. Las víctimas murieron por nosotros. Pero, ¿y si, a largo plazo, el olvido fuera inevitable cuando hasta incluso en un plazo relativamente breve el recuerdo de un suceso maligno, la Shoá misma y sin excluirla, no lograra ni siquiera proteger a la sociedad de sus futuras repeticiones?

David Rieff en su magnífico y nada complaciente libro Elogio del olvido pone en entredicho respetuoso y provocador las opiniones de Ricoeur, Avishai Margalit o Todorov quienes defendiendo sin límites la necesidad del recuerdo, también hablaban del abuso a veces partidista de la rememoración. Rieff, sin temor, abre el debate entre quienes dudan que el recordar sirva para algo y aquellos otros que defienden la necesidad de la memoria colectiva. Los primeros muestran que las sociedades humanas son perecederas: naciones, civilizaciones, culturas…; que todo tiene una fecha de caducidad -incluso la memoria histórica-; y que ha levantado nuevos conflictos civiles incruentos como las denominadas “guerras de la memoria” en Francia, un debate intenso y casi permanente sobre sus guerras coloniales, muy semejante al que aún hoy perdura en nuestro país sobre nuestra última Guerra Civil.

Pero ¿qué es lo que debe ser recordado y por cuánto tiempo? ¿Cómo ha de celebrarse esta rememoración? De no llevarse a cabo estaríamos en la amnesia vergonzosa a la que se refería el gran filósofo francés de origen judío Jankélévitch. Recordar es un acto moral que combate con las armas de la razón cualquier tipo de negacionismo del mal. Pero ¿cuántos hechos históricos han sido suprimidos de la historia de un país? Nunca hay garantía de que todos los hechos históricos han de ser recordados y, aún menos, cuando los siglos van transcurriendo a buena marcha. ¿Recuerdos históricos sin sentido para nuestra actualidad tan cambiante? ¿Materia científica sólo para historiadores? ¿Huellas para un turismo cultural sin criterio? ¿Se puede olvidar lo que se desconoce?

La memoria caprichosa conduce al olvido o, como decía Adorno, a la nada. Todorov en Los abusos de la memoria la defendía pero advertía de su envés: la mentira. Le Goff animaba a los lectores a que se aseguraran la verdad de la memoria colectiva que conducía a la libertad. A la libertad y a la cura de sus heridas. ¿Acaso el ser humano tiene otra memoria que no sea la de sus heridas? Pero memoria real y no ficticia. El poeta polaco y Premio Nobel de literatura, Milosz, criticaba la sacralización de la memoria colectiva porque conducía a muy grandes distorsiones de la realidad. Él lo supo muy bien con la reescritura de la historia de su país a través del relato estalinista-soviético. La memoria colectiva es una metáfora psicológica.

Como Rieff y todos los autores aquí citados proclaman, hay que reconstruir la memoria colectiva siempre a la luz del presente y en positivo. Deformarla partidariamente conduce de nuevo a graves riesgos. La memoria histórica no se puede levantar sobre recuerdos legendarios y mitológicos enfrentados a los demás. La interpretación de los hechos históricos también cambian con el tiempo: no son ni fácticos, ni proporcionales, ni estables, ni neutrales. No hay que negar el valor de la memoria, pero la histórica no la mitopoética. Muchos autores, y Rieff lo recoge, coinciden en que el apego a la memoria hace a muchas sociedades inmaduras y conflictivas.

La memoria es un componente en la construcción de la identidad europea, pero habrá que explicar pacíficamente las convulsiones que provocaron tantos conflictos a lo largo de la historia continental. Garton Ash añade otra inquietud más, ¿cómo no solo explicar a los europeos quiénes son, sino también a estas multitudes que llegan a nuestras costas que ni saben ni comparten ninguno de esos recuerdos y además traen los suyos propios?

Recordar para ser piadosos con los ancestros. Olvidar es una manera de impiedad. Recordar en una justa medida pues el exceso de memoria colectiva nacional es a veces peligroso. Lo mejor es el espacio que queda entre una justa medida de recuerdo y de olvido. Y que este espacio entre ambos no sea demasiado doloroso, que pueda ser soportado por todos, que no impida un porvenir de paz, respeto y reconciliación. El rencor es ajeno.

El peligro está, y Rieff lo subraya a la perfección, en la confusión entre memoria e historia, en la apropiación de la segunda por la primera, de la misma manera que la política también se ha apropiado de la memoria. Peligro de que la memoria colectiva legitime tendencias particulares, a unos partidos políticos frente a otros. Peligro de que esta “democratización” de la historia subordine a la propia historia a la memoria colectiva. El tiempo conduce al olvido, despega a las posteriores generaciones de aquellos acontecimientos de los que se consideran cada vez más ajenos. Los verdugos pagaron o ya no se les puede hacer pagar. Las víctimas fueron reconocidas y recordadas, pero individualmente ya no tienen representantes.

Recordar y olvidar en el recuerdo. Olvidar-recordar equivale a pedir justicia. La justicia supone superar el resentimiento que acarrea. El resentimiento, su carencia, supone superar el complejo de perdedor. Pero incluso recordando Auschwitz, la humanidad siguió llevando a cabo atrocidades. Aquello de Santayana de que los que no pueden recordar el pasado están condenados a repetirlo no siempre se cumple. Por lo general el irracionalismo y el egoísmo se imponen.

Arte de la memoria, arte del olvido. Primero reconocer la culpa, luego el perdón. La memoria histórica resucita a los protagonistas del pasado en el presente. ¿No es esto una distorsión? La memoria histórica no es a veces un deseo de libertad y de reemplazar el mundo dado por otro emocionalmente imaginario de creación propia. No hay que olvidar la verdadera historia y evitar los excesos del recuerdo y del olvido. Recordar es, sobre todo, reconocer la verdad ocultada por la memoria.

Rieff, al referirse a la Transición democrática española, la califica de “pacto de olvido” entre la izquierda y la derecha. Aunque nunca se formalizó “resultó esencial para el acuerdo político que restauró la democracia. En gran medida la transición llegó sobre las alas de la reescritura y del olvido”. Y añade el historiador norteamericano que la Ley de Memoria Histórica aprobada por el Parlamento español en 2007, en cierto sentido era una ley de “olvido histórico”. La memoria debe ser fundamentalmente una prevención contra el fanatismo.

César Antonio Molina es escritor, ex director del Instituto Cervantes y ex ministro de Cultura.

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