Transición y tragedia

Es curioso hasta qué punto en países bien dispares se acaban planteando problemas semejantes. El diferente contexto anima no obstante a la reflexión. Quiso el azar que mi llegada al aeropuerto de Varsovia coincidiera con la de los restos del presidente Kaczynski, víctima de la tragedia aérea de Smolensko. El conductor que enviaron los organizadores del Congreso sobre «Los valores de la nueva Europa», en el que participábamos tres profesores españoles, nos recibió con dos palabras trabajosamente expresadas: «bloquedada» (la ciudad…) y «presidente», antes de echarse a llorar… No dudó, sin abordar ya enojosas traducciones, en aparcar unos kilómetros más allá y mezclarnos con la cadena de ciudadanos polacos que iba engrosándose a lo largo de todo el recorrido de la inminente comitiva.

Fue una oportuna iniciativa. Abundaban quienes llevaban pequeñas banderas polacas con un lazo negro, fácilmente identificables también en los automóviles que aún circulaban o presentes, en mayor formato, en numerosas ventanas. No faltaban tampoco flores, que acabarían delicadamente depositadas sobre el pavimento para que sirvieran de alfombra a la comitiva que hacía al fin su aparición. Los moteros y ciclistas, que decidieron espontáneamente escoltarla, acabaron dando buena cuenta de ellas. Los interesantes días transcurridos en Lublin y Wroclaw, con la propina de la nube volcánica que me recluyó forzadamente algunos más en Varsovia, invitaban a reflexionar sobre las peculiaridades de la transición polaca, con el inevitable trasfondo de la nuestra como término comparativo. En el caso español el consenso, trabajosamente tejido, no fue objeto de discusión a lo largo de veinticinco años. Sólo al cumplirse las bodas de plata de nuestra Constitución se abrió paradójicamente una creciente crítica que lo degradaba a oportunista «modus vivendi». En Polonia, por el contrario, parecen haber convivido desde mucho antes dos modos de entender su transición.

Los mismos actos conmemorativos de la matanza de Katyn resultaban ya sintomáticos. Mientras el entonces jefe de Gobierno y hoy presidente se reunía de modo formal con un Putin que, más que perdón, solicitaba olvido, el malogrado presidente de la República optaba por la memoria histórica, dispuesto a evocar un legítimo pasado brutalmente atropellado. Se hizo acompañar por figuras simbólicas, institucionales o exponentes de la sociedad civil: la cúpula militar, obispos, pioneros del mítico sindicato Solidaridad… No deja de resultar significativo que, cuando en la Diputación de Lublin pude firmar en el Libro de Condolencias, la fotografía del presidente fallecido se viera acompañada por la del último presidente que desde el exilio fue símbolo de la legitimidad del régimen presoviético. El consenso polaco no expresaba pues el carácter, entre nosotros sólo recientemente cuestionado, de un mutuo reconocimiento de errores y horrores, que invitara a un olvido menos piadoso que pragmático. En nuestras circunstancias, los problemas que suscita hoy la memoria histórica del franquismo, con su amnésico olvido de que hubo y por qué una guerra civil, no radican tanto en que acaben alimentando posibles dosis de rencor; expresan más bien una notoria falta de sentido común, en toda la riqueza semántica de la expresión. El doble formato de la conmemoración polaca adobó el imprudente vuelo unitario de tantas personalidades, en uno de los poco fiables aviones que llevaron en su día a dimitir a un alto cargo tras declinar toda responsabilidad sobre su funcionamiento. Pero la polémica continuaría después, ahogada sin duda por masivas manifestaciones de dolor compartido; toda una semana de luto oficial, que llevó a multiplicar la convocatoria de los más variados actos e incluso, en alguna ocasión, a cerrar gasolineras en pleno fin de semana. En el trasfondo quedaba la indisimulable sensación de orfandad de media Polonia descabezada, que parecía verse a corto plazo emplazada de nuevo a una situación política de partido único.

La cuestión debatida fue si los restos del presidente y su esposa deberían descansar en Cracovia, acompañando a reyes y alguna figura señera, en la gigantesca cripta del Wabel; o si más bien deberían hacerlo en la capital del Estado, como símbolo de una nueva etapa que no tendría por qué identificarse con la vieja monarquía. Si no fuera porque no hubo allí guerra civil, sino mucho de opresión compartida, la castigada derecha polaca y determinada izquierda española parecerían darse la mano.

Mientras, la población intentaba superar su conmoción, que encontraba desahogo en gestos y símbolos religiosos. Los numerosos crucifijos, no pocas veces gigantescos, colocados en lugares públicos sin que decenios de dominación soviética hubieran logrado hacerlos desaparecer, se vieron rodeados de flores y pequeñas luminarias. Lo mismo ocurría en algunos restaurantes, como en la plaza de Kazimierz, que exhibían en sus ventanas fotografías de recientes visitas del fallecido presidente y su esposa. Lo religioso y lo gastronómico convivían en público como pacíficos elementos del paisaje, sin que agnósticos ni vegetarianos parecieran sentirse perturbados. Resultaba frecuente contemplar, ante esas evocadoras ofrendas, a ciudadanos arrodillados; como doblaban la rodilla en el palacio presidencial los que, en una incesante fila presente en las televisiones, pasaban ante el féretro.

Cabría apuntar que en la puerta de la Diputación lublinesa había sólo dos fotografías y una larga banderola sin connotaciones religiosas: pero, cuando nos adentramos en ella hasta llegar a su hemiciclo, éste aparecía decorado por retratos que (menos en un caso) correspondían a antiguos presidentes de la institución. La excepción la merecía una reproducción de Tomás Moro, ilustrada con una elocuente inscripción: patrono de los políticos. Eliminar en nombre de la neutralidad símbolos religiosos, preservados del totalitarismo ateo, parecería para el polaco de a pie un modelo demasiado paradójico de transición a la democracia.

Por supuesto el polaco no se trata de ningún régimen confesionalmente católico pero, a la hora de organizar funerales de Estado, actuaron con notorio sentido común, teniendo en cuenta (como nuestra Constitución ordena…) las convicciones dominantes en la sociedad. Pude asistir en Wroclaw al que tuvo como marco una misa de rito católico en la plaza principal de la ciudad, presidida por el arzobispo, acompañado de obispos y sacerdotes, con presencia y participación de las principales autoridades políticas, militares y académicas. El Rector de la Universidad, por ejemplo, no tuvo inconveniente en recitar revestido de su traje y atributos uno de los pasajes de la oración de los fieles.

El pluralismo religioso de la Constitución polaca, en la que se invoca a Dios sin mayores complejos, no se vio sin embargo marginado. El acto tuvo un inequívoco carácter interconfesional, obviamente acordado por los representantes de los diversos credos. Siendo viernes, al representante de la comunidad judía se le facilitó por ejemplo abrir el acto, tras la procesión inicial antes de que arrancara la liturgia, dada la inminencia vespertina del sabbat. Pronunció unas sentidas palabras y entonó en hebreo su responso. Prefirieron esperar al final de la ceremonia un obispo grecocatólico, acompañado de su clero que atiende a los ucranianos, un prelado ortodoxo y un obispo evangélico, para que interviniera por último un imán, que en trabajoso polaco invocó al Corán y entonó sus preces en árabe.

Nadie pudo pues quejarse, aunque el protagonismo de la amplia homilía arzobispal resultara indiscutible. Aprovechó por cierto para criticar que buena parte de la clase política, que en esos días sólo veían virtudes en el fallecido presidente, hubiera dedicado años a criticarlo acerbamente por considerarlo demasiado apegado a lo nacional, demasiado católico y quién sabe si demasiado polaco, al cuestionar algún que otro Diktat europeo con el consabido lema, que también se nos aplicó en su momento: ustedes cojan sus fondos de cohesión y quédense calladitos sin dar la lata. No faltaron quienes, al negarle sepultura en el Wabel, argumentaran que junto a los reyes sólo reposan figuras cuya probada heroicidad superaba la mera muerte en acto de servicio. El acto acabaría con todos los presentes entonando el «Dios salve a Polonia», convertido de facto en el segundo himno nacional. Toda comparación suscitaría un interesante debate…

Andrés Ollero Tassara, de la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *