Transparencia y verborrea

Todos estamos encerrados en casa. Bueno, todos, afortunadamente, no. Porque quedan trabajando los que son imprescindibles para que esta sociedad que hemos construido funcione. Al fin, somos conscientes de que tiene más valor un científico o un médico que un famoso de la televisión y, aunque no creo que seamos capaces de equilibrar con justicia los sueldos de cada uno de ellos, reconforta ver que nuestros aplausos de las ocho de la tarde no vayan a reconocer un gol sino a dar las gracias por la salvación de muchas vidas.

En estos momentos de encierro y crisis juega un papel fundamental la comunicación. La que hacen los gobiernos, la que hacen los políticos, la que hacen las empresas o la que hacemos cada uno de nosotros con nuestros seres queridos.

Seguro que muchos se hacen esta pregunta: ¿qué esperan los ciudadanos de sus líderes y de lo que les cuentan en épocas de crisis como esta? Pues en primer lugar esperan que trabajen, que se pongan manos a la obra, que los gobernantes hagan el papel que la sociedad les ha otorgado mediante sus votos, que es el de ser gestores de lo público. Y lo público ahora es vital para muchos de esos ciudadanos, que quieren que los ministros y los altos cargos estén en su despacho -oficiales o virtuales- consiguiendo que lleguen respiradores, que haya mayor capacidad y más medios en los hospitales, que los trabajadores sanitarios o los policías o tantos otros estén protegidos; en definitiva, que todos estemos a salvo. Por eso, la imagen de los líderes en el escaparate de manera permanente, lejos de tranquilizar no aporta nada.

Además, los ciudadanos esperan que les informen con transparencia. Pero ser transparente no quiere decir ser un charlatán de feria, que habla continuamente y dice muy poco. No es cuestión de cantidad sino de calidad. Felipe González, expresidente socialista, decía hace unos días, y lo comparto, que en estos momentos la comunicación tiene que ser «lo más directa posible, lo más breve posible y lo más empática posible». Desgraciadamente no es la comunicación que estamos viviendo. Una comparecencia tras otra, repetitivas, mitineras y condicionadas por unas ruedas de prensa sin preguntas directas de los periodistas (como los propios informadores han denunciado) no son ejemplo de buenas prácticas de comunicación. Muchos regímenes han gestionado la comunicación por saturación y agotamiento, no es una cosa nueva. Fidel Castro, por ejemplo, hacía discursos de horas y horas para decir muy pocas cosas. Es un fallo común confundir transparencia con verborrea. Pero por hablar mucho tiempo no contamos muchas cosas.

La comunicación no es un fin en sí mismo. Es un medio para conseguir otros fines, como convencer, seducir, enamorar, tranquilizar o liderar. Comunicamos para contar cosas y eso tiene que tener su justa medida porque si nos pasamos provocamos cansancio y dejarán de escucharnos.

En el caso de las empresas asistimos a una situación diferente. No ha habido ruedas de prensa de Amancio Ortega, ni de Sánchez Galán ni de Marta Álvarez, ni de Sol Daurella ni de tantos otros. Pero sí hemos conocido sus hechos. Sabemos que se han puesto manos a la obra, al frente de sus organizaciones, para dar el servicio al que sus empresas están obligadas: por ejemplo, dar luz a todas las casas o a los hospitales o, por ejemplo, llevar la compra a casa de muchas familias que tienen que seguir comiendo. Pero, ademas, han regalado equipos médicos para los hospitales o han puesto a disposición de todos su capacidad logística. Han comunicado con hechos y la sociedad se lo reconocerá.

Y ¿cada uno de nosotros? Pues hemos intentado aliviar la soledad de nuestros seres queridos con llamadas, con cariño, con empatía, usando todos los medios a nuestro alcance. Y nos hemos dado cuenta de lo importante que es decir «estoy a tu lado» aunque no pueda estar a tu lado. Y, seguro, hemos aprendido a valorar palabras como «te quiero» o «te necesito» que teníamos, tal vez, poco utilizadas.

En momentos de crisis las sociedades necesitan liderazgos, pero liderazgos sólidos, con contenido. La comunicación puede ayudar a superar este trago, pero el exceso de información solo genera saturación. En estos momentos necesitamos más hechos y menos palabras, menos verborrea y más transparencia. Necesitamos que lo que nos cuenten sea cierto, no aburra y nos llegue con afecto, poniéndose en el lugar de la gente que sufre y tiene incertidumbre y angustia. No es tiempo de hacer comunicación política ni es tiempo de dar mítines, es tiempo de contar la verdad y hacer comunicación humana.

Benito Berceruelo es consejero delegado de Estudio de Comunicación.

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