Tras la caída de Sarkozy

En política, el investigador de las causas de los eventos ha de dividir su tiempo casi en partes iguales entre la anécdota y la categoría. En el caso de la caída de Nicolas Sarkozy, la incoercible personalidad del derrotado presidente saliente ha permitido una gran explotación de la cantera de la anécdota, con lo que quizá sea más útil ocuparse un poco de la categoría, que aquí estaría representada por la forma de gobierno francesa.

Según observó un autor italiano, la constitución de la V República, en su versión genuinamente gaullista (es decir, la aprobada en 1958 y corregida en 1962), estaba basada en la apuesta de que coincidirían dos mayorías surgidas en dos momentos distintos: el de la elección presidencial y el de las elecciones parlamentarias. Si la apuesta se perdía, es decir, si el presidente de la república se veía enfrentado a una mayoría parlamentaria hostil, entonces el motor constitucional entraba en un régimen distinto: el de la cohabitación. En la cohabitación, el presidente, que apoyado en una mayoría parlamentaria amiga era más poderoso que un primer ministro británico, pasaba a ocupar una posición solo un poco más relevante que la del presidente de una república parlamentaria. De esta posibilidad de transformación viene el nombre de «Rey-Proteo» que Maurice Duverger daba al jefe de Estado francés.

Como es sabido, el socialista François Mitterrand tuvo que cohabitar con dos primeros ministros de centro-derecha, Jacques Chirac (1986-1988) y Édouard Balladur (1993-1995); y el propio Chirac, tras una imprudente disolución de la Asamblea nacional en 1997, cayó en una cohabitación de cinco años con el socialista Lionel Jospin de primer ministro. ¿Cabe encontrar alguna regularidad en este conjunto de elecciones parlamentarias que han ido convirtiendo al presidente de la república de máximo dirigente nacional en simple poder moderador? Sí: desde 1978, los franceses han enviado en cada elección a la Asamblea nacional una mayoría de color político opuesto al anterior. Es decir, que, elección tras elección, se ha ido produciendo una alternancia de mayorías conservadoras y socialistas con la perfecta uniformidad de la serie de casillas blancas y negras en una columna de tablero de ajedrez. Hasta 2007 no consiguió una mayoría parlamentaria (que en este caso fue conservadora) obtener un segundo mandato.
Al menos una conclusión se impone inmediatamente: el electorado francés de los últimos treinta años es un cliente difícil. En un informe de principios de 2010, el llamado Médiateur—equivalente francés de nuestro Defensor del Pueblo— se inquietaba sobre la fatiga psíquica y la gran tensión nerviosa de la sociedad francesa. Sobre este fenómeno y sus causas se ha reflexionado mucho en Francia. Entre otras explicaciones, se ha dicho que los franceses son especialmente sensibles a los estruendos y los conflictos de la globalización. En este sentido, el ex primer ministro Alain Juppé decía no hace mucho que sus conciudadanos tenían «una angustia sorda y no expresada con los trastornos del mundo».

En todo caso, este cuerpo electoral tan doliente y descontento es muy proclive al voto de castigo y, como se ha visto, lo ha venido ejerciendo en las elecciones parlamentarias durante casi tres décadas. Sin embargo, hasta la elección de Sarkozy, el presidente de la república estaba bastante protegido de las inclinaciones punitivas del electorado francés. Esta protección se debía a que la elección presidencial y las elecciones legislativas tenían calendarios distintos: al presidente le correspondía un mandato de siete años y la Asamblea nacional se elegía cada cinco, salvo que hubiera sido disuelta antes por el propio presidente. El desdoblamiento del calendario electoral daba a los electores franceses dos oportunidades para lanzar su voto de castigo, y, por regla general, nuestros vecinos han preferido utilizarlo en las elecciones legislativas. Es cierto que Giscard no consiguió mantenerse en el Elíseo en 1981, pero en cambio tanto Mitterrand como Chirac fueron elegidos para un segundo mandato (en 1988 y 2002, respectivamente); y esta relativa facilidad de la reelección presidencial contrasta sin duda con la gran dificultad de las mayorías parlamentarias para renovar su mandato. En síntesis, hasta ahora los franceses reelegían a sus presidentes, sin perjuicio de, llegado el caso, capitidisminuirlos en sede parlamentaria.

Pero la descrita situación terminó en el 2000, año en que una reforma constitucional ampliamente respaldada por las fuerzas políticas redujo de siete a cinco años el mandato del presidente de la república, unificando así el calendario electoral y eliminando en gran medida el riesgo de cohabitación. En 2002 Chirac fue reelegido (ya por un quinquenio) y en la Asamblea nacional una mayoría conservadora sustituyó a la anterior mayoría socialista. Por último, en 2007 fue elegido Sarkozy y, excepcionalmente, el centro-derecha mantuvo su mayoría en el Parlamento, sin duda gracias al impulso del nuevo presidente. Y así llegamos a la convocatoria de 2012, en la que los electores franceses han recobrado su vieja afición por el voto de castigo, pero con una diferencia decisiva: al haberse unificado el calendario electoral, ya no disponían de otra ocasión para ejercerla, con lo que el castigo se ha concentrado sobre el presidente saliente. En el sistema anterior a la reforma de 2000, el centro-derecha habría sin duda perdido las elecciones legislativas en este año de 2012, pero en cambio Sarkozy habría tenido una alta probabilidad de ser reelegido en 2014, coincidiendo con un nuevo giro de la rueda del descontento.

Tras la caída de Sarkozy, ¿qué reflexiones cabe hacer sobre el futuro de la forma de gobierno francesa? ¿Qué nuevas transformaciones le esperan al Rey-Proteo de Duverger? Si el electorado francés sigue actuando como hasta ahora, hay dos escenarios posibles. En el primero de ellos, el presidente de la república es consciente de la extrema dificultad de su reelección, pero aun así se compromete e intenta ejecutar un programa político, con la ayuda del primer ministro, que acabará probablemente sucediéndole a la cabeza del partido político de que se trate. Este que podemos llamar «modelo mejicano» es el que ha seguido Sarkozy. François Fillon, su primer ministro, ha acabado siendo el «tapado» de la UMP y ahora es el candidato natural para convertirse en líder de ese gran partido conservador francés. En el «modelo mejicano», el presidente de la república se transforma, porque su reelección queda casi descartada; y el primer ministro gana en importancia, porque en el sistema anterior rara vez accedía después de cesar al liderazgo de su movimiento político.

Un segundo escenario podría ser inaugurado por el nuevo presidente, François Hollande. En su debate televisivo con Sarkozy, Hollande insistió en que sería un presidente «normal», respetuoso con los ciudadanos y las instituciones, y que nunca se referiría al primer ministro como «mi colaborador», como lo había hecho el hiperpresidencialista Sarkozy. Todo ello suena a una aproximación a la presidencia arbitral y moderadora propia de las repúblicas parlamentarias. Pero habrá que ver si esa tendencia se confirma y se mantiene. Nunca hay que subestimar los efectos que sobre cualquier hombre, por normal que se crea, puede tener la subida de la escalinata del Elíseo, mientras en su mente retumban ya los acordes de «La Marsellesa», que al poco rato sonarán en el parque del palacio. Y es que, a veces, la anécdota se come a la categoría.

Leopoldo Calvo-Sotelo Ibáñez-Martin, profesor del Instituto de Empresa.

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