Tras la era de la codicia

Por Antoni Domènech, catedrático de Filosofía Moral en la Facultad de Ciencias Económicas de la UB, y Daniel Raventós, economista y profesor titular de Sociología en esa misma facultad. Son miembros fundadores de la revista política internacional SinPermiso (EL PAÍS, 31/12/06):

Tras la euforia de la era de codicia y pelotazo de los años noventa (¿se acuerdan?: la «nueva economía» de prosperidad indefinida, el punto.com, el fin liberal-democrático de la historia, el triunfo definitivo del centro y la moderación, etcétera), la resaca.

La resaca. Amenazantes terrores procedentes de enigmáticos fanatismos -nacidos, al parecer, de la nada-. Intempestivas guerras preventivas «imperiales» -¡ipsissima verba!-. Un alza imparable de los precios del crudo que trae inopinadamente a la memoria lo que interesadamente habíamos olvidado por unos lustros -que estamos en la recta final de la era de los combustibles fósiles, la base energética de nuestra civilización-. La catástrofe ecológica planetaria del efecto invernadero -ahora traducida ya a unas cifras crematísticas inteligibles hasta para los ejecutivos y los tertulianos-. Aparición de nuevos colosos económica y geopolíticamente intranquilizantes al Este -que, encima, aceleran el fin de la era fósil-. La llaga más y más lacerante de la agonía palestina -en el corazón del polvorín que es el Oriente Medio-. El drama del sistemático despojo a que, «planes de ajuste estructural» mediante, vienen siendo sometidas las economías y los ecosistemas del llamado Tercer Mundo, y las difícilmente represables oleadas migratorias consiguientes -que algunos han comparado históricamente a las oleadas generadas por catástrofes bélicas de grandes dimensiones-. Una verdadera rebelión «populista» (sedicentemente «socialista»: ¡lo que faltaba!) en América Latina, e irrupción política allí, por vez primera en la historia, de los pueblos «sin historia» -esa mayoría de población indoamericana premedita e inveteradamente excluida en las falsas repúblicas neocoloniales-. Socavación de los derechos sociales conquistados por cinco generaciones del movimiento obrero mundial, no ya por efecto de misteriosas fuerzas competitivas anónimas de la «globalización», sino por apuesta políticamente decidida de lo que gentes tan poco sospechosas como los editorialistas del New York Times o el archimillonario William Buffet han dado en llamar «lucha de clases desde arriba». Incremento indecible, año tras año, no sólo de la pobreza en el mundo, sino de la polarización social por doquier -también, y sobre todo, en Estados Unidos; también en Europa-.

También en Europa. Hasta los publicistas del establishment se percatan. «El centro se encoge», lamenta en el prestigioso semanario social-liberal alemán Die Zeit Werner Perger. «El centro pierde cada vez más poder», constata un editorial del conservador diario suizo Neue Zürcher Zeitung. Los grandes partidos de centro (a derecha e izquierda) cada vez suman menos votos y escaños. La CDU-CSU y la SPD alemanas recogen hoy, juntas, menos votos y escaños que nunca desde el final de la II Guerra Mundial. Lo mismo en Holanda, en Dinamarca, en Suecia, hasta en Cataluña. El famoso «duopolio político espacial» que, de acuerdo con el teorema de Hotelling, obligaba a los partidos a maximizar sus votos pescando electoralmente en el centro, está desapareciendo a ojos vistas.

La «crisis del centro» y la consiguiente tendencia a la radicalización y/o fragmentación de la «oferta política» en Europa occidental no nace de la mala voluntad o de la impericia de la élite política duopólica tradicional, como dan a entender los habituales columnistas de opinión biempensantes o los «teóricos» sociales mediáticos ajenos a la investigación empírica, sino que parece hundir su raíz más profunda en la acelerada polarización de la estructura social europea. La «crisis del centro» viene del fin del tipo de sociedad en que se sustentaba su predominio duopólico. Los mileuristas crecen sin parar: ya son el 57% de la población trabajadora en el Reino de España, en donde, dicho sea de paso, en los dos últimos años la remuneración salarial ha pasado de representar el 47,71% al 46,12% del PIB, mientras que los beneficios empresariales han pasado del 41,78% al 42,25%. La Fundación Ebert acaba de publicar un concienzudo estudio que ha significado un verdadero aldabonazo en la opinión pública alemana, incluso por el léxico retro empleado («subclases», «precariado dependiente»). Y el politólogo británico Colin Crouch habla del fin de la democracia bienestarista en Europa y de una incipiente «posdemocracia» autoritaria (¿à la Blair o à la Sarkozy?) que se amoldaría supuestamente mejor a los miedos que despiertan en los ciudadanos europeos las restricciones disciplinantes de la «sociedad de concurrencia global» del capitalismo contrarreformado de nuestros días.

Los ciudadanos europeos son cabalmente conscientes -todos los estudios empíricos competentes coinciden- de la impotencia, dígase así, de los grandes partidos tradicionales frente a la transformación de la vida social impulsada sin estorbos aparentes por las empresas transnacionales y los mercados financieros internacionales. El ala izquierda del «centro» paga ahora su incapacidad para defender siquiera el capitalismo reformado y el consenso social básico forzados manu militari por los estadounidenses en la Europa de posguerra, y aun su colaboración más o menos vergonzante en la contrarreforma neoliberal.

El auge de la Linkspartei en Alemania, el espectacular éxito del nuevo Partido Socialista de Marijnissen en Holanda -que ha sabido capitalizar el no holandés al Tratado Constitucional europeo de impronta neoliberal, arrancando centenares de miles de votos a un desnortado partido socialdemócrata que no tuvo mejor idea que poner de mascarón de proa electoral a un antiguo ejecutivo de la transnacional petrolera Shell-, o la estimable subida de ICV-EUiA en las últimas elecciones autonómicas catalanas, son tal vez indicios de que hay alternativas político-electorales a las nada halagüeñas perspectivas que ofrece el statu quo político europeo: o la abstención creciente, o el voto ritualmente fiel a un «centro» más y más desacreditado y escépticamente resignado a un mal menor que es cada vez mayor, o, finalmente, la capitulación ante el ascenso de la demagogia xenófoba y autoritaria de la «posdemocracia».