Tras la guerra de Líbano: ¿’Quo vadis’ Oriente Medio?

Por George Emile Irani, académico árabe-estadounidense, nacido en Líbano. En la actualidad, es Director del Programa de África y Oriente Medio del Centro Internacional de Toledo para la Paz (CITpax) de Madrid. Es autor de The Papacy and the Middle East: The Role of the Holy See in the Arab-Israeli Conflict y de varios artículos académicos y capítulos en libros que versan sobre la resolución de conflictos y la política en Oriente Medio (REAL INSTITUTO ELCANO, 06/09/06):

Tema: Líbano se encuentra, una vez más, en el ojo del huracán que arrasa Oriente Medio. No es la primera vez que los actores regionales e internacionales utilizan el país de los cedros como campo de batalla.

Resumen: Hay varios factores que explican la situación actual: 1) la situación interna de Líbano tras el asesinato del que fuera su primer ministro, Rafiq Hariri, 2) la consolidación de Irán como uno de los actores más relevantes de Oriente Medio tras la guerra de EEUU en Iraq, 3) el papel de Siria, que jamás ha aceptado su retirada forzosa de Líbano en la primavera de 2005, 4) la preocupación israelí ante la realidad palestina y 5) la incapacidad de la Administración estadounidense para implementar la guerra contra el terrorismo y la incontrolable situación que se está viviendo tanto en Iraq como en Afganistán.

La guerra librada durante el verano de 2006 entre Hezbolá y las Fuerzas de Defensa Israelíes es un presagio de las nuevas realidades que se están esbozando en Oriente Medio.

Análisis: Finalizada la guerra civil en Líbano (1975-1989), el país vivió un sorprendente periodo de reconstrucción, que fue orquestado por el ex primer ministro, Rafiq Hariri. Gracias a sus contactos y a sus amistades a nivel mundial, Hariri devolvió a Líbano el respeto que había perdido, así como el papel que había desempeñó anteriormente. No obstante, el principal problema fue que Hariri se centró en la reconstrucción material del país a expensas de la reconciliación entre los libaneses.

De hecho, la reconciliación entre las distintas comunidades libanesas no llegó a producirse. Los cristianos, en particular, se sintieron derrotados y traicionados, mientras que los suníes y chiíes alcanzaron un poder y una capacidad de influencia mayores en Líbano. A diferencia de lo ocurrido en Sudáfrica y en algunos países latinoamericanos, en Líbano no ha existido nunca una Comisión para la Paz y Reconciliación que se encargara de “supervisar el pasado”.

El otro gran problema de Líbano es el papel y la influencia cada vez mayores de Hezbolá (Partido de Dios) en el país. Fundado tras la invasión israelí de Líbano de 1982, Hezbolá se convirtió en el eje de la resistencia contra la ocupación israelí de Líbano. Gracias a la ayuda de Siria e Irán, los líderes del partido lograron crear una amplia red de instituciones destinadas a responder a las distintas necesidades sociales y humanitarias de la población del sur de Líbano. Hezbolá se convirtió así en una potencia militar y social fundamental en el sur del país, una zona dominada sobre todo por chiíes libaneses. Los llamamientos realizados para enviar tropas libanesas a la frontera con Israel siempre suscitaron resistencia. El presidente libanés, Emile Lahoud (principal aliado de Siria en Líbano), siempre adujo que enviar tropas libanesas a la frontera era equivalente a actuar como defensores de la seguridad israelí. La guerra entre Israel e Hezbolá del verano de 2006 demuestra cuán erróneo era este planteamiento. Este es el motivo por el que, transcurrido casi un mes desde el principio de la ofensiva israelí, el Gobierno libanés se ha ofrecido a desplegar 15.000 soldados del Ejército libanés en la frontera. Se trata, sin duda, de una opción inviable a estas alturas, dado que Israel supedita su retirada a un fuerte despliegue de una fuerza internacional. También está la cuestión de Hezbolá y su armamento y de cómo integrar a esta milicia en el Ejército libanés, algo que posiblemente sea mucho pedir para un país pobre y desmembrado como Líbano.

Tras el asesinato de Rafiq Hariri en febrero de 2005, se adoptó la resolución 1559 del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas para exigir la retirada de todas las tropas extranjeras de Líbano (refiriéndose en este caso a Siria) y el desmantelamiento de Hezbolá como milicia. El motivo era que Israel había finalizado su ocupación del sur de Líbano y que Hezbolá se había convertido en un movimiento de resistencia discutible. No obstante, esta no fue precisamente la interpretación de Hezbolá. Para esta milicia de predominio chií, Israel todavía estaba ocupando las Granjas de Chebaa (una zona de unos 20-25 kilómetros al sur de Líbano), lo cual justificaba su recurso a las armas.

Dada la debilidad del Gobierno central libanés, el país se convirtió en un territorio predilecto para los grupos armados, deseosos de crear un Estado dentro de un Estado. Tal fue el caso de la OLP en Líbano durante al menos 25 años, hasta que Arafat y sus hombres fueron obligados a abandonar Beirut a mediados de la década de 1980. Después se creó un movimiento libanés apoyado por Irán y Siria: Hezbolá.

Desde la llegada de la Revolución Islámica a Irán en 1979, la política regional en Oriente Medio ha cambiado. El ayatolá Ruhollah Jomeini quería exportar su islam fundamentalista a lo largo y ancho de Oriente Medio y del mundo islámico. Líbano, con su amplia comunidad chií, se convirtió en el blanco predilecto de los planes de Teherán. Tras la invasión israelí de Líbano de 1982, el régimen iraní aprovechó los errores cometidos por las Fuerzas de Defensa Israelíes (FDI) para consolidar su influencia en Líbano.

La invasión estadounidense de Iraq de 2003 consolidó a Irán como un actor relevante en la región. El arco de influencia chií se extendía ahora de Teherán a Basora, hasta alcanzar Beirut. El régimen iraní aprovechó la fragmentación de Iraq para ampliar su influencia y su presencia en el sur del país.

Actualmente, Teherán está esperando a ver cómo juega sus cartas la Administración Bush (tanto en lo que se refiere a Iraq como a los programas de armas nucleares de Irán) para determinar su posición respecto de Iraq y del conjunto de Oriente Medio. En este contexto, Hezbolá se presenta como un instrumento adecuado para las políticas desestabilizadoras de Irán contra las intereses de Estados Unidos en la región.

Otro actor de gran relevancia es Siria. El régimen sirio nunca ha reconocido oficialmente a Líbano como una entidad soberana. Prueba de ello es que nunca han existido embajadas entre Siria y Líbano. En 1976, con el apoyo de EEUU e Israel, el ex presidente sirio Hafez al-Asad envió tropas a Líbano para mantener un estado de tensiones controladas. Los sirios se encargaron de que las facciones libaneses se enfrentaran entre sí para mantener su supremacía. Con el apoyo tácito de Washington, el protectorado sirio sobre Líbano se prolongó durante tres décadas.

El papel destacado de Siria en Líbano se vio desafiado por el que fuera su primer ministro, Rafiq Hariri. A Hariri, que nunca mantuvo una relación viable con Emile Lahoud, el presidente libanés designado por Siria, le indignó enormemente la decisión de Siria de renovar el mandato presidencial de Lahoud, que fue una decisión inconstitucional. Para cambiar el statu quo, Hariri, respaldado por sus aliados europeos y estadounidenses, ejerció presión para que Naciones Unidas adoptara una resolución que exigiera la retirada de las tropas sirias de Líbano y el desarme de Hezbolá.

En la primavera de 2005, tras el asesinato de Hariri, Siria se vio obligada a retirar sus tropas de Líbano. Asimismo, el régimen sirio será llevado ante un tribunal internacional que investigará todos los asesinatos perpetrados en Líbano desde la muerte de Hariri, incluido, por supuesto, el del propio Hariri.

Desde la llegada al poder de Ariel Sharon en Israel, la cuestión palestina se ha convertido en una preocupación de primer orden, sobre todo debido a las dimensiones demográficas del conflicto. Sharon decidió construir un muro (una “valla de separación”, según la terminología oficial israelí) alrededor de gran parte del territorio de Cisjordania, creando así una nueva realidad sobre el terreno. Por otra parte, se propuso debilitar los contactos regionales de Hamás. Desde que estallara la Segunda Intifada en septiembre de 2000, grupos pro-sirios y pro-iraníes como Hamás y Hezbolá han forjado una estrecha alianza política y militar. La victoria de Hamás en las elecciones legislativas palestinas celebradas en enero de 2006 llevó a los israelíes a tratar de deshacerse de Hamás y a minar su legitimidad en tanto que fuerza elegida democráticamente en Palestina. Nos encontramos ante un panorama político caracterizado por tres líderes débiles que tratan de alcanzar un acuerdo inalcanzable: Ehud Olmert en Israel, Mahmoud Abbas en Palestina y Fouad Siniora en Líbano.

La decisión militar israelí de derrotar a Hamás en Gaza y Cisjordania y a Hezbolá en Líbano entra dentro de los objetivos declarados por la Administración Bush en el marco de la guerra contra el terrorismo. Esta guerra se encuentra hoy debilitada por el resurgimiento de los talibán en Afganistán y la desintegración de Iraq como consecuencia de la desenfrenada guerra civil que se está librando en Bagdad y al sur del país.

Los objetivos de la Administración Bush de combatir el terrorismo y democratizar Oriente Medio están hoy hechos añicos. Ante la perspectiva de una reducción de la presencia militar de EEUU en Iraq y a la luz de la creciente influencia de Irán en la región, el primer ministro israelí, Ehud Olmert, decidió atacar Líbano. La visión conjunta de EEUU e Israel consiste en imponer un Nuevo Oriente Medio que parece más bien un oxímoron, o concepto contradictorio en sí mismo, y que no está exento de peligro.

En algunos círculos intelectuales árabes se dice que esta “nueva vieja política” es muy parecida a las ideas atribuidas a algunos círculos israelíes y estadounidenses para dividir el Oriente Medio árabe en términos étnicos y sectarios: un Estado chií en el sur de Iraq; un Estado kurdo en el norte de Iraq; un escuálido Estado suní protegido por Egipto y Arabia Saudí; enclaves alauíes, suníes y drusos en Siria; y, por último, la división de Líbano en núcleos cristianos, suníes, chiíes y drusos. La finalidad de esta balcanización –según estos círculos– es garantizar la hegemonía israelí como Estado judío en una región fragmentada en términos religiosos. Evidentemente, esta parece ser una receta para el desastre, que provocará guerras y conflictos terroristas interminables en Oriente Medio y en el mundo entero.

La guerra librada durante el verano de 2006 entre Hezbolá y las Fuerzas de Defensa Israelíes es un presagio de las nuevas realidades que se están esbozando en Oriente Medio. En primer lugar, la guerra de Líbano es la confrontación más larga entre el Ejército israelí y una milicia irregular. En general, las guerras entre los ejércitos regulares árabes e israelíes han tenido una duración media de entre una y dos semanas. Sea cual sea el resultado de esta guerra estival, lo cierto es que Hezbolá se ha convertido en un actor de peso en el futuro de la política libanesa y regional.

En segundo lugar, al utilizar a Hezbolá como un instrumento regional, Irán se ha consolidado como una potencia relevante, especialmente como protector de los chiíes en Oriente Medio. Asimismo, Irán se convertirá inevitablemente en un interlocutor de EEUU y el Reino Unido en lo que referente al futuro de Iraq. Independientemente de que estalle o no una guerra civil en Iraq, Irán es hoy una potencia importante con la que lidiar.

En tercer lugar, el viejo orden regional árabe controlado por países de predominio suní, como Egipto, Arabia Saudí y Jordania, se está derrumbando. Arabia Saudí ha perdido su influencia, especialmente desde los atentados terroristas del 11-S (la mayoría de los terroristas eran saudíes). Egipto, por su parte, está viviendo una transición que puede acabar desestabilizando el país. Además, la victoria de Hezbolá en Líbano supone un auténtico balón de oxígeno para el destino político de grupos como los Hermanos Musulmanes en Egipto y Jordania y Hamás en Palestina. Por otra parte, Jordania está pagando las consecuencias de las guerras de Iraq, Palestina y, más recientemente, Líbano. El futuro de la monarquía hashemí estará determinado por la inestabilidad regional y la intervención mundial.

Por último, Europa y Occidente tendrán que superar un cambio de paradigma sustancial. Los interlocutores árabes de Occidente han cambiado. Quienes querían traer la democracia y la liberalización a Oriente Medio han sido derrotados en la guerra de Líbano. Occidente tendrá que aprender a negociar con los nuevos interlocutores y a aceptar una visión islamista más radical en la región. Sin embargo, por desafortunada que le resulte esta opción, Occidente deberá adoptar un enfoque diferente hacia la región. Esto se aplica especialmente a la Administración Bush, cuya visión maniquea del mundo es una copia exacta de la percepción que los islamistas tienen de Estados Unidos.

Vencedores y perdedores de la confrontación entre Israel e Hezbolá del verano de 2006

El conflicto terminó con la adopción, el 11 de agosto, de la resolución 1701 del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas. En ella, la comunidad internacional definió los principios para una solución duradera a la crisis. La resolución 1701 del Consejo de Seguridad de la ONU hace un llamamiento al “cese total de las hostilidades” entre Hezbolá e Israel y reitera el “firme apoyo al pleno respeto de la Línea Azul” (que separa Israel de Líbano) de la comunidad internacional. También exige la “plena aplicación de las disposiciones pertinentes de los Acuerdos de Taif” (que pusieron fin a la guerra civil libanesa en 1989) y el “desarme de todos los grupos armados en Líbano”. Asimismo, la resolución 1701 exige la liberación de los soldados israelíes secuestrados y de los presos libaneses, además de la delineación de las fronteras, especialmente en la zona de las Granjas de Chebaa. Por último, solicita el despliegue de un máximo de 15.000 soldados, que pasarán a formar parte del contingente de la Fuerza Provisional de Naciones Unidas en Líbano (FPNUL) en el sur del país. En el momento de redactar este artículo, Francia e Italia habían proporcionado la mitad de estos soldados.

Hasta la fecha, los principales perdedores de la guerra árabe-israelí más larga, que no es otra que la librada este verano, son el Gobierno israelí, el pueblo libanés (la evaluación inicial de los costes directos de la guerra asciende a 2.500 millones de dólares), la guerra contra el terrorismo de la Administración Bush y la campaña de promoción de la democracia de Estados Unidos en Oriente Medio.

Según muchos observadores de EEUU, Europa y Oriente Medio, el principal vencedor es el secretario general de Hezbolá, Sayyed Hassan Nasrallah. Nasrallah se ha convertido en un auténtico héroe en el mundo árabe al lograr enfrentarse al Ejército más poderoso de Oriente Medio durante más de cuatro semanas. Evidentemente, para que esto fuera posible se ha tenido que pagar un alto precio en vidas humanas y en términos materiales. El lado negativo de la victoria de Nasrallah tiene que ver con la posición que adoptará Hezbolá: convertirse en el brazo de Irán en Líbano o aceptar formar parte de la reconstrucción del Estado libanés. Según fuentes libanesas, Hezbolá colaborará con el despliegue del Ejército libanés en el sur. El grupo chií se niega a desarmarse mientras haya soldados israelíes en territorio libanés.

La guerra librada durante el verano de 2006 es una advertencia para el Gobierno y el Ejército israelíes. Se trata de la primera guerra de envergadura entre un ejército regular altamente sofisticado y una guerrilla conocida por recurrir al terrorismo desde sus inicios.

Si hay algo claro es que la política de retirada unilateral de Gaza y Cisjordania, promovida por Ehud Olmert, ha recibido un duro revés y ha perdido su credibilidad para la opinión pública israelí. El resultado final es que los colonos han salido ganando. Su voz y sus preocupaciones serán trasladadas por el principal opositor de Olmert, Benjamín Netanyahu, y no se descarta un cambio en el Gobierno israelí. Lo mismo puede decirse de las tácticas y estrategias bélicas de las Fuerzas de Defensa Israelíes. En suma, Israel no aceptará el statu quo actual y hará todo lo posible por lograr una victoria fulminante contra su implacable enemigo chií en Líbano.

En lo que se refiere a la Administración Bush, el fiasco libanés se suma a una posible guerra civil en Iraq y a la inestable situación que se vive en Afganistán. Otro punto que conviene destacar es que la campaña de democratización de EEUU en Oriente Medio ha recibido un duro varapalo.

Conclusiones

¿Hacia dónde nos dirigimos?

1. Líbano deberá ser reconstruido una vez más. Es necesario garantizar que las fronteras del sur de Líbano no vuelvan a ser utilizadas como una plataforma para lanzar ataques contra Israel. Para ello, deberá desplegarse una importante fuerza de pacificación internacional o bien ampliarse el mandato de la FPNUL, conforme a lo dispuesto bajo el Capítulo VII de la Carta de las Naciones Unidas.

2. Una nueva realineación en la región que dependerá del resultado del conflicto actual. Si Irán logra conservar su influencia tanto en Iraq como en Líbano, hará todo lo posible por mantener su programa de armas nucleares. Estos factores (chiíes en Iraq y Líbano y el programa nuclear) serán la baza de Irán en una posible negociación con Estados Unidos.

3. Una posible reestructuración de la influencia regional, al conceder a Irán un derecho de protectorado sobre Iraq, especialmente sobre su región de mayoría chií. Israel podría mantener su control de lo que queda de Cisjordania. Egipto y Jordania también podrían participar en este condominio.

4. El régimen sirio sobrevivirá, pero con las alas cortadas y con algún tipo de influencia indirecta sobre Líbano. EEUU y Francia seguirán teniendo capacidad para decidir sobre el futuro de Líbano, aunque esto es algo que depende totalmente del resultado de los cambios presidenciales en EEUU y Francia (la Administración Bush y Jacques Chirac en Francia). Los líderes sirios están ansiosos por conocer los resultados de la Comisión de Naciones Unidas que investiga el asesinato del ex primer ministro libanés, Rafiq Hariri, que serán presentados a lo largo de septiembre.

5. Las implicaciones para EEUU y la guerra contra el terrorismo consisten en que habrá más reclutas disponibles para Al Qaeda y sus seguidores, especialmente tras los fracasos en Líbano e Iraq. Por este motivo, es fundamental que EEUU y la comunidad internacional pongan fin de manera inmediata a la guerra de Líbano entre Israel e Hezbolá y promuevan la reconstrucción del país. Líbano necesita urgentemente un Gobierno central sólido y un Ejército bien formado. En la actualidad, el gran reto consiste en encontrar una solución duradera que convenza a todas las partes implicadas. Los acuerdos regionales tendrán un fuerte impacto sobre el futuro de Líbano y la estabilidad regional. EEUU desempeñará un papal importante, pero deberá tener en cuenta los intereses regionales (Israel, Irán, Arabia Saudí, Egipto y Jordania).

6. Es necesario que se encuentre cuanto antes una solución duradera al conflicto israelo-palestino. Todo retraso desatará las fuerzas desestabilizadoras en Jordania, un aliado regional que EEUU no puede permitirse el lujo de perder.

7. Por último, existe una necesidad urgente de establecer un proceso similar al Proceso de Helsinki (Conferencia sobre la Seguridad y Cooperación en Europa, CSCE) para vigilar las violaciones de los derechos humanos en Oriente Medio y, sobre todo, para establecer un mecanismo de control de armas. Se trata de una labor urgente, dado que el próximo enfrentamiento podría librarse con armas nucleares tácticas. Sin duda, un panorama angustioso cuando se combina con el miedo, la desconfianza y el fanatismo religioso en Oriente Medio.