Tras las elecciones

Las recientes elecciones autonómicas y municipales, debido al descalabro del partido del Gobierno, han tenido unos efectos que van mucho más allá de lo que estrictamente se dilucidaba, es decir, elegir parlamentarios autonómicos y concejales de los municipios.

En efecto, la semana pasada el PSOE tuvo que tomar una serie de medidas para poder digerir tan amplia derrota. Al final, a trancas y barrancas, con algún melodrama de por medio, el proceso ha desembocado en la designación de facto de Alfredo Pérez Rubalcaba como candidato a presidente del Gobierno en las próximas elecciones generales mientras José Luis Rodríguez Zapatero se mantiene en dicho cargo y también como secretario general del partido. De nuevo una situación de bicefalia, como en la época de Borrell y Almunia, pero con una diferencia clave: el PSOE estaba entonces en la oposición y ahora está en el Gobierno, precisamente con Zapatero de presidente y Rubalcaba de vicepresidente primero. Tal situación plantea, al menos, tres problemas de no fácil solución.

Primero, si los malos resultados de las recientes elecciones han sido un castigo a Zapatero y a su gobierno, ¿puede Rubalcaba representar algo nuevo y distinto cuando, a lo largo de los dos mandatos del actual presidente, ha sido portavoz parlamentario, ministro del Interior y vicepresidente primero, es decir, un íntimo colaborador del principal responsable de la derrota? Es muy difícil que Rubalcaba pueda ser considerado como el renovador del PSOE cuando tan implicado ha estado en los gobiernos Zapatero.

Segundo, en lo que resta de legislatura hasta las elecciones generales ¿podrá Rubalcaba dar una imagen autónoma respecto de la acción del Gobierno del que forma parte y, además, parte fundamental y muy visible al desempeñar no sólo la cartera de ministro del Interior sino también la de vicepresidente primero con funciones de portavoz? Cuando el lunes pasado declaró Rubalcaba que tenía “un programa de gobierno que ofrecer a España”, ¿es el mismo programa con el que Zapatero gobernará en los próximos meses o uno distinto? En este último caso, ¿qué papel hace actualmente Rubalcaba en un gobierno con un programa que no es el suyo?

Tercero, ante el bajo momento por el que atraviesa el PSOE, unido a las buenas perspectivas electorales del PP, ¿puede encontrar el Gobierno de Zapatero suficientes apoyos parlamentarios – PNV o CiU, más CC o BNG-para seguir gobernando, es decir, entre otras cosas, convalidando los decretos leyes y aprobando las leyes que envía al Parlamento, muy en especial la ley de presupuestos para el 2012 que deberá presentar en septiembre? La designación de Rubalcaba como candidato probablemente ha tenido la virtud de unir al PSOE y restablecer, en parte, la confianza de sus abatidos militantes pero, a su vez, tiene también como consecuencia un inevitable daño colateral: debilita al Gobierno.

Si ello es así, si ahora no sabemos muy bien quién manda en el Gobierno, si Zapatero o Rubalcaba, si la imagen pública del Ejecutivo ha quedado seriamente deteriorada por el bajo apoyo electoral del PSOE en las recientes elecciones, difícil le será hacer frente a las dificultades económicas que se avecinan. Porque, efectivamente, la situación económica, no sólo de España sino de Europa, es más que delicada a juicio de los expertos en economía. La crisis no remite sino que plantea nuevos problemas. Tras las ayudas financieras a Grecia, Irlanda y Portugal, no sólo se está hablando de medidas parecidas respecto de España sino también de Bélgica, de Italia y hasta de Francia, todo ello con el valor del euro como problema de fondo. En los próximos meses, quizás semanas, es muy probable que deban tomarse decisiones difíciles y previsiblemente dolorosas. Un presidente débil, con un gobierno en situación de casi provisionalidad, ¿será respetado y podrá influir en el ámbito exterior, ante la UE, los países del G-20 o el FMI? ¿O en el ámbito interior, por sindicatos y patronal, por las grandes empresas, los bancos, los trabajadores o el ciudadano medio?

Mucho me temo que este Gobierno, tras lo sucedido, esté llegando a su fin y mejor sería no demorarlo demasiado. En el entretanto, si de verdad el PSOE, así como también el PP y los demás partidos, quieren recobrar el prestigio perdido, probablemente lo más lo conveniente para el país en general, y para ellos mismos en particular, sea aislar lo económico de los demás asuntos y llegar a acuerdos para hacer un frente común en esta materia que permita a España restablecer su crédito en el exterior.

En cierta manera, para que los partidos – y la política-recobren su reputación, deberían mostrarse en la cuestión de la crisis económica dispuestos a colaborar para alcanzar una posición común dejando de lado sus diferencias y sus intereses electorales. Los pactos de la Moncloa, en plena crisis de la transición, fueron exactamente eso: la confianza en la política democrática aumentó y el futuro constitucional se asentó en buenas bases. Algo así debería hacerse precisamente ahora para que los ciudadanos vean en la política un instrumento a su servicio y no al servicio de quienes viven de ella.

Francesc de Carreras, catedrático de Derecho Constitucional de la UAB.

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