Trasvase en la Izquierda

Imagino que millones de españoles se habrán sentido la mar de satisfechos con la patada en el trasero que les han dado a los dos grandes partidos. Patada merecidísima, me apresuro a decir, por su comportamiento durante las últimas décadas, con casos de corrupción que claman al cielo, ya que en la tierra han venido escaqueándose de la justicia, hasta que unos jueces y juezas de instancias inferiores les han dado el alto, pues las superiores las tienen más o menos controladas. Y merecidas también, porque la partitocracia en que ha devenido la democracia española viene a ser una dictadura del PP y PSOE que se han repartido poderes y prebendas con tanto descaro como impunidad.

Si a ello se une que su gestión gubernamental ha sido, por parte del PSOE, un desastre, dejando al país a los pies de los caballos, y por parte del PP inclemente, con un ajuste duro que no ha sabido completar del todo ni explicar bien, se entiende que hubiera verdaderas ganas de darles un escarmiento.

Y se lo hemos dado, sin duda alguna. La sangría de votos de ambos ha sido inmensa. El prestigio de sus líderes anda por los suelos y, por lo pronto, ha acabado con la carrera política del jefe de la oposición, pudiendo recordar el del Gobierno aquello de «cuando las barbas de tu vecino, etcétera, etcétera». Bien, muy bien, extremadamente bien, dirán muchos. Pero ahora ¿qué?

Los efectos del llamado «terremoto electoral» son visibles en la casi totalidad de los países europeos. En unos más que en otros, naturalmente, pero todos acusan daños, incluida Alemania, donde hasta la CDU-CSU pierde votos en su fortín de Baviera. Francia es la más dañada, al menos así se presenta, dado el formidable avance del Frente Nacional de la nieta de Le Pen, más temible que su abuelo, que exhibía el parche de pirata en un ojo. Pero, ¿qué me dicen de Grecia, donde los comunistas antieuropeos se han alzado con la victoria? ¿O en el Reino Unido, donde el Partido Independiente se ha situado delante de conservadores, laboristas y liberales? Esos sí que son vuelcos.

En España no lo ha habido. Pese a sus significativos retrocesos, los dos grandes partidos conservan una considerable ventaja sobre el resto, pero las ganas de que ese vuelco ocurriera ha hecho que unos medios de comunicación que se guían más por las pasiones que por las reflexiones hayan dado como ganador de las elecciones a Pablo Iglesias, líder de Podemos, la gran sorpresa de la jornada.

Sin duda, haber conseguido cinco escaños en el Parlamento europeo con un partido que tiene cuatro meses de vida oficial es toda una hazaña. Pero vamos a analizar con frialdad de dónde han salido esos votos. De entrada, de Izquierda Unida, la «izquierda verdadera» como gusta presentarse, no en vano es la heredera del partido comunista, a la que las encuestas venían dando un crecimiento muy superior al que obtuvo. Luego, a UPyD, que bajo Rosa Díaz ya venía succionando votos al PSOE, su antiguo partido. Y puede que también recibiera alguno de las pequeñas formaciones que han surgido como hongos en esa banda del espectro político al calor de la indignación. O sea, que ha sido un trasvase dentro de la izquierda, no un avance de la izquierda.

Mientras en la derecha ha ocurrido algo parecido, aunque no exactamente lo mismo. Seguro que el PP ha perdido votos a favor de Ciudadanos y de Vox, que no han podido ser muchos visto lo que obtuvieron. Sus pérdidas han tenido que deberse principalmente a la abstención, a esos seguidores suyos que se quedaron en casa desencantados con algún aspecto de su política, o con varios, pero que no quisieron dar su voto a ningún otro. Es lo que le ha librado a Rajoy de un desastre parecido al de Rubalcaba. «Ha salvado los muebles», dicen los tertulianos. Pero si quiere seguir con ellos tendrá que hacer importantes cambios en los mismos.

La tendencia de Rajoy es dejar que la realidad ponga las cosas en su sitio. Es una tendencia sabia, sobre todo en un país de precipitados como el nuestro. Tiene, sin embargo, un inconveniente. La realidad, para devolver las cosas en su sitio, necesita tiempo. Y tiempo es lo que empieza a faltarle. El verano se echa encima y a la vuelta, las elecciones municipales y autonómicas estarán ya a la vista. Sus resultados indicarán una tendencia para las generales. Mientras la recuperación, aunque continúe, será lenta, como lentos serán sus efectos en la calle. Como las medidas fiscales que anuncia, que tampoco podrán poner en peligro el equilibrio presupuestario. Más que reactivar la economía española, Rajoy tiene que conseguir que la economía española se reactive por sí misma. Pero eso necesita más tiempo del que dispone.

¿Qué tiene que hacer, entonces, para recuperar a los votantes que ha perdido? Pues animándoles a votar. ¿Cómo? Desgastadas por el uso, mal uso mejor, las palabras, solo hay un camino: el ejemplo. Sin vacilaciones ni rodeos. Siendo, por una vez, audaz. Demostrando, con hechos, que el PP es el partido que defiende la unidad de España, que respalda la ley y el orden, que acaba con los privilegios, que elimina las manzanas podridas en su seno, que no tiene miedo a los enemigos externos ni internos, que no se avergüenza de ser de centro-derecha, que sirve a los españoles en vez de servirse de ellos. Algún golpe de efecto en ese sentido no vendría mal. ¿Qué les parece eliminar las tarjetas de crédito dentro del partido, si es que queda alguna, o recortar las prebendas que tienen sus parlamentarios respecto al resto de los españoles?

Y puede ayudarle a reconciliarse con sus electores naturales el menos esperado: Pablo Iglesias. El Parlamento de Estrasburgo no es un estudio de televisión, ni una tertulia, ni una clase en la facultad de Políticas de la Complutense, ni una foto fija en un cartel publicitario. Es una apisonadora, donde las decisiones se toman por lo que más odia Pablo Iglesias, por consenso, pero imponiéndose siempre la mayoría, como en todo parlamento democrático. Y la mayoría no le es favorable. Aparte de que tendrá que vérselas con aquellos a quienes ha quitado votos. Cuando esos electores naturales del PP y los españoles en general se den cuenta de que busca dinamitar la Comunidad Europea, de que para él la ciudadanía –ese ente abstracto de los textos marxistas– tiene más importancia que el ciudadano, de que Podemos no es un eslogan copiado de Obama, sino poder perder la segunda vivienda si no la ocupa, de que significa fuera vallas para los inmigrantes, de que los modelos de Estado que se manejan en su entorno son la Cuba de Castro, la Venezuela de Chávez y la Alemania del Muro, los votantes indignados del PP se habrán dado cuenta del riesgo que estamos corriendo. Si no se han vuelto locos, claro.

Se me dirá que, confrontado con la realidad de Bruselas y Estrasburgo, Pablo Iglesias cambiará la imagen telemática que viene exhibiendo de héroe del pueblo y se adaptará a la coyuntural. No lo creo. Es un cruzado de su causa y necesita lo menos treinta años para convencerse de lo equivocado que está.

Aunque admito que en esto último el equivocado puedo ser yo.

José María Carrascal, periodista.

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