Trayectoria

En la primera mitad del siglo XX había bastantes hogares con oratorio particular, en los que se celebraba la misa a diario. Asistía toda la familia. A partir del desayuno posterior, tempranero, bendecida la mesa por el patrón, cada uno se dirigía a su destino profesional, colegial o universitario.

Todos los asistentes, distintas generaciones concurrentes, habían recibido una acendrada formación católica: el bachillerato en el colegio, regentado por religiosos, y la carrera en la ciudad universitaria o en determinada escuela especial.

La tranquilidad del ambiente casero durante el período infantil y su indiscutida fe se arraigaban en las aulas colegiales.

La iniciación universitaria despertaba las primeras sorpresas; el joven, que quería estar «a todas», comenzaba a cuestionarse las dogmatizaciones espontáneamente recibidas. Al principio se encrespaba ante el escepticismo circundante. Poco a poco, contrastaba las inesperadas impresiones con sus sentimientos. Los amoríos con parejas de origen homogéneo no turbaban su conciencia inquisidora, pero las dudas le inquietaban.

El amor, matrimoniado al fin, le ponía en pista. El cuerpo, ignorante aunque auténtico, señalaba el camino. Su pasión era verdad indiscutible: transmitía la vida. Así que recuperó en parte la fe en todo aquello que sentía, mucho más que en lo que pontificaban «los que sabían».

A medida que pasan los años sigue practicando, en creyente, pero frío. Juzga a su entorno, lee, escucha; ve cómo se descristianiza su patria. El amor físico, entre sus parejas amigas, no expresa ya una atracción anímica irresistible, natural y llena de ternura; solo busca un placer sensual egoísta y calculador —no más de dos niños—: la población disminuye; las familias son cada vez más cortas: el país no tiene siquiera la juventud que su actividad exige. Se impone la inmigración; nuevas razas, desaparición de las sacralidades. La mujer que siempre fue admirada y respetada por su sensibilidad, finura, particular y distinta inteligencia, pasa a, en casos, competir más que a sumar; trabaja, claro, fuera de casa y no tiene tiempo para sembrar su esencia en el hogar. La felicidad, relativa, se torna esquiva. Las caras, espejo del alma, en vez de alegría muestran prisa preocupada. Pero piensa que ella, alma, por su naturaleza, de la casa familiar, orgánicamente ligada a su prole (distraída parcialmente por el amor conyugal durante su período fértil), reacciona ya, recuperando el entrañamiento hogareño al reordenar su actividad: dedica el amanecer y el crepúsculo tardío a sus hijos; jubilada, como abuela, se convierte en complemento cariñoso y funcional del mediodía central que, cuando madre, consume en el puesto laboral. La mujer universal no permitirá jamás la desaparición de la médula familiar.

La sociedad joven, despistada, parece desconocer la diferencia entre el bien y el mal. Los políticos, en persecución de la cúspide, rompen, en pactos indignos, los conceptos básicos que crearon nuestra civilización.

Las Reales Academias, históricamente prestigiadas, evitan hoy menciones religiosas: las sesiones necrológicas, habitualmente celebradas con una misa, quedan reducidas a meros perfiles nostálgicos del finado.

La recurrencia de la humanidad a un Poder Infinito es, desde su origen, talismán inseparable de su existencia. A diferencia de la teoría constructivista contemporánea que se cree (Dios) capaz de crear su propia representación de la realidad. Todo procede, servilmente, de un mando internacional, cuya consigna evidente es la desaparición del cristianismo, a la busca de un gobierno global único, residente, por supuesto, en zona rubia. ¿Será capaz de someter a la inspiración mediterránea?

Si bien las cuevas, chozas, pobrezas y hambre han disminuido aparentemente, incluso en España, la independencia y la libertad brillan por su ausencia y, sin ellas, el orgullo y la autoestima decaen. Solo un fútbol de estrellas de distintos colores hace, es un decir, patria.

Y sigue juzgando. Le resulta evidente que la pedantería de los sabios que certifican el origen del universo como resultado de combinaciones químico-biológicas no despejan sus dudas: solo describen lo que emana de su tesis numeral —su invención— de la matemática, de lo concreto y preciso que, cuando cristaliza, aparece como un mundo robótico, rígido y peristáltico. No deberían adjudicar (en reflexión técnicamente elaborada) a una explosión desde la «nada lúcida» la autoría de una sinfonía bethoviana, de una saeta macarena, del «beso de Klimt», de un girasol a la busca de la luz, de un pavo real exhibiendo su celo en el bellísimo abanico de su cola; ecos emocionantes del Creador. Pero predican y siguen a la busca. Hacen bien porque, aunque encuentren, no llegan. En cualquier caso se consideran coautores de la vida. Por no creer, inventan para negar todo aquello que ha surgido espontáneamente en la formación de las doctrinas adoradoras. Una vez en el púlpito, gozan del mal de altura. La humildad se da por desaparecida. Su suficiencia distante, en vez de convocar, aleja. La mayoría no sabe a dónde apuntar.

Él, ya viejo, ha aprendido a gozar mientras goza; a darse cuenta cuando toma unos churros con chocolate de lo bien que los está disfrutando; no como antes, que sólo volvía a tomarlos porque recordaba lo buenos que estaban. Vuelve a fiarse más de lo que siente que de lo poco que puede afirmar porque sabe.

El cultivo del mal por quienes mandan le ha entristecido y no ha hecho más que recordarle la historia. Siempre han existido los demonios, sí, no se rían, los demonios. El mal es necesario para que el bien acrezca sus defensas. El Gran Creador siembra el bien del que el mal es respuesta crítica autónoma; surge la antagonía que argumenta la lucha por la vida.

Hoy vivimos el estertor de una etapa en la que el poder ha rendido pleitesía exclusiva al oro, a la ocupación lujosa del «sitio», al alarde y vanagloria con un único resultado para la esperanza: el vacío. Y se atisba un horizonte que cumplirá con su turno de culto a la austeridad, honestidad y bonhomía.

Parece que nuestro universo reacciona para renovar sus caminos particularizados de adoración al Ser Supremo. Cada religión le rinde su homenaje regional en idioma distinto. El nuestro, el ibérico, sigue siendo ingenuo. La iconoclasia, de la que nuestro protagonista fue partidario en otro tiempo, se le quedó deshuesada; su admiración por las bellezas idolátricas que inspiraron a los grandes maestros del Renacimiento le hacen sentirse en casa a pesar de la elementalidad avergonzada de sus réplicas actuales: adoramos torpemente como podemos y hoy hay pocos que pueden, aunque ya lo intentan.

Y al ver a los —no tantos— que se mantienen firmes en los principios que mamaron, alegres en su camino glorioso, recupera la paz, a la que siempre aspiró. Lo pasa bien al hablar con el Ser Inabarcable, Quien nos hizo entrega de su Hijo, traductor a escala humana de La Verdad orientadora; lo que hasta hace poco le resultaba aburrido.

El sentimiento, enriquecido despaciosamente, le dirige hacia La Gloria. Eso cree, al menos, transportado de nuevo por aquella Fe, la de siempre, la de entonces, la que le introdujo en La Vida.

Por Miguel de Oriol e Ybarra, académico de número de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando.

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