Tregua Dei (y 2)

En mi último artículo pregunté por qué la radicalización parece convertirse en un sinónimo de deshumanización, de una mengua de convenciones compartida incluso entre terroristas. ¿Se trataba de una estrategia o había que hablar de causas más profundas? Los recientes acontecimientos en Francia, como el asesinato de un sacerdote católico, han añadido más ejemplos. Pero la explicación parece hallarse más lejos que nunca. En la época medieval existía una convención llamada Tregua Dei según la cual los sacerdotes, las mujeres y la población de menor edad no debían recibir la muerte bajo ninguna circunstancia, por grande que fuera el espíritu de la guerra o del enfrentamiento civil.

¿Tiene tal vez ello algo que ver con una especial inhumanidad entre los musulmanes? Tales prácticas, por supuesto, no son comunes en el pasado más reciente. Ahí está la historia del emperador Federico y Saladino, el máximo mando de los árabes en la tierra santa (de hecho era de origen kurdo). Federico era una de las figuras más ilustradas y tolerantes de su tiempo, un humanista antes de que el humanismo estuviera en boga. Sus contemporáneos le llamaron stupor mundi , un auténtico milagro y ejemplo para la humanidad aunque, de todos modos, participó en las cruzadas. Llegó a oídos de Saladino que un grupo de conspiradores templarios planeaba asesinar al emperador con ocasión de una visita al río Jordán. Saladino informó inmediatamente al emperador aludiendo tanto a la moralidad como al espíritu de caballería entre los motivos concurrentes.

Es bien conocido que prevaleció un cierto código de conducta entre los revolucionarios sociales rusos en la década de 1880 y la de 1910, incluso entre los comprometidos con el terrorismo a gran escala. En una famosa obra de Albert Camus, Los justos, uno de los grupos terroristas ha decidido asesinar a un archiduque ruso. Pero cuando se presenta la posibilidad de que como consecuencia del lanzamiento de la bomba su mujer e hijos inocentes podrían ser también asesinados o resultar heridos, el plan se suspende aun a riesgo de poner en peligro la vida de quienes van a cometer la acción terrorista. Se basa en un episodio verídico, que no fue el único en su género.

Hace años, un fiscal militar de un país occidental me comentó que acababa de interrogar a un sospechoso de terrorismo. Le había preguntado si dudaría en arrojar una bomba en una iglesia o una sinagoga. Dijo que no habría dudado. A continuación, se le preguntó si habría dudado en lanzar la bomba en un campo de fútbol o en una instalación deportiva similar. Contestó que, probablemente, su organización no habría emprendido una acción semejante. ¿Decía la verdad?

El ataque contra los Juegos Olímpicos de Munich sigue siendo todavía bien recordado y, en fecha reciente, las autoridades han detenido a varios atacantes sospechosos en las inmediaciones del estadio olímpico de Río de Janeiro. En lo concerniente al terrorismo, las cosas acostumbran a no ser lo que parecen. Entre quienes abogaban por la acción más violenta perpetrada por terroristas a finales del siglo XIX, había dos inmigrantes alemanes que fueron a Estados Unidos, Johann Most y Karl Heinzen, cuya retórica nadie podía superar, pero de hecho ninguno de ellos mató a nadie en absoluto y acabaron ateniéndose a una trayectoria política.

En nuestros días, la acción terrorista más violenta, como los ataques del Estado Islámico, ha sido planeada y llevada a cabo por antiguos agentes del régimen iraquí de Sadam Husein. Pero estos terroristas no eran en absoluto piadosos musulmanes, sino antiguos miembros del partido Baas. Ello levanta dudas en lo que se refiere a las motivaciones del terrorismo. Es indudable que formas extremistas de religión desempeñan un papel importante pero, como muestra el ejemplo iraquí, no aparecen como única motivación.

Se nos ha dicho que un club gay de Florida fue atacado, con el resultado de muchas víctimas, por el odio incendiario de un atacante musulmán contra todos los homosexuales. Pero ahora parece que el terrorista en cuestión es bisexual y lo mismo puede decirse en verdad del terrorista de Niza. Si es así, hemos de consultar a Sigmund Freud sobre la represión de la homosexualidad. Pero desde que Freud argumentó que todos los seres humanos son inherentemente bisexuales, esto no nos lleva muy lejos.

Obviamente algunas culturas, periodos y religiones ofrecen más facetas fanáticas que otras y se ha observado con acierto que la gente que vivía en la época medieval habría entendido con mayor facilidad las acciones inhumanas y en ocasiones bestiales cometidas por terroristas de nuestra época, con mayor facilidad en efecto que la de numerosos contemporáneos que han crecido en una era que cree en el progreso y la ilustración.

Pero sobre la cuestión de por qué debería ser así, habremos de aguardar algo más en busca de explicaciones.ç

Walter Laqueur,  historiador estadounidense, autor de ‘Una historia del terrorismo’. Traducción: José Mª Puig de la Bellacasa.

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