Tregua futbolística nacional

Por Patxo Unzueta (EL PAÍS, 10/06/08):

Kubala habría cumplido hoy 81 años.

“El hombre que encuentra que su patria es dulce no es más que un tierno principiante; aquel para quien cada suelo es como el suyo propio ya es fuerte; pero sólo alcanza la plenitud aquel para quien el mundo entero es como un país extranjero”. El ideal que proclama esta máxima de Hugo de San Víctor, un monje flamenco del siglo XII, es demasiado exigente. Elías Canetti, premio Nobel en 1981, escritor de origen sefardí nacido en Bulgaria, estudiante en Viena, afincado en Londres y cuya obra está casi íntegramente escrita en alemán, propuso en uno de sus célebres aforismos una sentencia más realista: dada la dificultad de interiorizar sentimientos internacionalistas, seamos “multinacionalistas”; nacionalistas de varias patrias a la vez.

Si algún día ese principio se convierte en doctrina, Kubala será considerado un precursor: nacido en Budapest el 10 de junio de 1927, hijo de padres eslovacos y nieto de un emigrante polaco, el que habría de ser icono del Barcelona y del barcelonismo llegó a esa ciudad en 1950, para jugar un partido amistoso contra el Español. Formaba parte del Hungaria, equipo integrado por futbolistas exiliados de los países comunistas del Este y que dirigía su cuñado y pronto entrenador de los azulgranas Fernando Daucik. Para entonces, a sus 23 años, ya había sido internacional (11 veces) con Checoslovaquia (adonde había emigrado tras haber debutado en el Ferencvaros de Budapest a los 16 años) y con Hungría (6 veces), país al que regresó para fichar por el Vasas. Luego sería internacional con España en 19 ocasiones, y más tarde, entre 1969 y 1980, el seleccionador nacional que más tiempo ha permanecido en ese cargo.

En sus primeros tiempos en Las Corts le llamó la atención el primitivismo de los jugadores españoles, que, por ejemplo, desconocían el disparo con efecto al lanzar los friquis. Se limitaban a golpear el balón con fuerza, comentó años después. Por entonces, el fútbol húngaro era el de más calidad y más evolucionado del continente. Pero en esa época pretelevisiva, las posibilidades de aprender de los equipos extranjeros se limitaban a los partidos amistosos de equipos en gira por aquí.

El 5 de enero de 1947 jugó un amistoso en Bilbao el San Lorenzo de Almagro, considerado el mejor equipo del mundo. Su juego se basaba en toques rápidos en corto a fin de retener la pelota y abrir huecos en la retaguardia rival. El público de San Mamés comentaba asombrado: “¡Anda, pero si juegan todos como Panizo!”. José Luis López Panizo, el cerebro de la famosa delantera del Athletic y de la selección del Mundial de Río. Esas maniobras (retrasar el balón antes de enviarlo al buen tuntún, darse la vuelta para esquivar la presión) eran sospechosas para el aficionado medio: le acusaban de lento. Tuvo que venir un equipo argentino para que obtuviera el reconocimiento de los suyos.

Hace 50 años, desde Suecia 1958, que la televisión está presente en las fases finales de los torneos internacionales, aunque aquí sólo llego para el Mundial de Chile, en 1962. Dos años despúes, el 21 de junio de 1964, millones de españoles pudieron ver en directo la victoria de España sobre la URSS en la segunda edición de la Copa de Europa de Naciones. En la primera, España se retiró por orden de la autoridad cuando le correspondió disputar los cuartos de final con la URSS. Los pasaportes de entonces llevaban impresa una leyenda que autorizaba a viajar a todo el mundo “excepto Rusia y países satélites”. La Federación española propuso jugar la eliminatoria a un partido en campo neutral, lo que fue rechazado por la UEFA. En la segunda edición, cuya fase final se jugaba en España, no hubo ese problema, pero queda para los anales el hecho de que la Guardia Civil detuvo y metió en el calabozo a un joven andaluz que jaleó ostentosamente, en el bar del pueblo, el gol con el que Kushainov empató para la URSS el de Pereda que adelantaba a España. Luego resolvió Marcelino.

La televisión forma parte del fútbol desde entonces, pero ha sido en los últimos años cuando se ha convertido en el factor determinante de todo lo que ocurre en este deporte: ingresos, horario de los partidos, calendario de 11 meses; con consecuencias como el desgaste más rápido de los jugadores, la ausencia de público infantil de los estadios (e interrupción de la renovación generacional de las hinchadas); pero también universalización del fútbol y difusión instantánea. Ya no hay que esperar a los partidos amistosos para aprender las últimas novedades técnicas. Hoy, un regate de Cristiano Ronaldo es visto (y repetido desde diferentes ángulos) simultáneamente en Londres o Lisboa y en cualquier barrio de una ciudad africana o campamento de refugiados de Oriente Próximo. Al día siguiente, miles de niños tratarán de imitarlo. Eso explica, más que cualquier otro factor, la aparición de jugadores procedentes de cualquier país, incluso los de menor tradición futbolística, como titulares de los mejores equipos del mundo.

En la alineación de la selección checa vencedora en el partido inaugural del pasado sábado no había ni un solo futbolista que juegue en la liga de su país. De los 23 seleccionados franceses, más de la mitad juegan en ligas extranjeras. Por otra parte, cuatro de esos 23 son nacidos en África y otros seis hijos de inmigrantes (cinco de ellos africanos). Los dos goles de Alemania a Polonia, el domingo, fueron marcados por Podoslski, cuyo apellido lo dice todo. Para España, la novedad es que hay cinco seleccionados que juegan en clubes ingleses y que ningún equipo español cuenta con más representantes que el Liverpool.

La selección inglesa ha quedado fuera pese a que tres de los cuatro semifinalistas de la Champions han sido británicos. ¿Será esto una confirmación de lo que aquí se ha dicho siempre: que el desfase entre los buenos resultados de los equipos de club españoles en competiciones europeas y los mediocres de la selección se debía al peso abrumador de los extranjeros en nuestro campeonato? Podría ser, ya que el movimiento en sentido inverso, de las islas al continente, apenas registra movimientos. Pero a España, que siempre ha sido importadora, puede venirle bien equilibrar la balanza con esas exportaciones que han dado ocasión a jugadores como Cesc o Torres de foguearse en un medio más competitivo.

Esa presencia hispana y la eliminación de la selección inglesa han inspirado a la cadena Sky la propuesta de que el público británico apoye a la selección de Luis en la Eurocopa. Y ello ha suscitado a su vez el comentario de que ese apoyo puede compensar el que no tendrá de los aficionados vascos y catalanes. En la selección hay seis catalanes (y otros tres recriados en la cantera del Barça) y cuatro andaluces; ninguna otra comunidad supera los dos representantes. Históricamente, el equipo que ha aportado más jugadores a la selección ha sido el Barcelona, seguido por el Madrid y el Athletic. Catorce de los 21 jugadores de la selección española que inauguró la furia española en Amberes eran vascos.

Es cierto que hay un sector del nacionalismo que dice preferir que pierda España, pero es una actitud bastante impostada, al menos entre los que además de nacionalistas vascos o catalanes son aficionados al fútbol. Se comprueba en el seguimiento de los partidos importantes de la selección, tanto en los hogares como en bares (e incluso en los batzokis del PNV).

La utopía de una identidad europea que no ha creado el proyecto de Constitución de la UE (y mucho menos el festival de Eurovisión) podría acercarse por vía futbolística. Tal vez llegue el día en que los europeos se identifiquen a la vez con varios países e idiomas de la UE -el de nacimiento, aquel en que hizo un Erasmus, el de residencia- del mismo modo que muchos chavales son de manera espontánea hinchas a la vez de Portugal (por lo bien que juega Ronaldo) y de Alemania, sin dejar de desear que gane España.

La agresividad étnica que todavía emana de los estadios es asunto de adolescentes, biológicos o de mentalidad, y más que expresión de una identidad lo es del anhelo de tenerla. La mayoría prefiere acogerse a la tregua (nacional, generacional) que suele acompañar a torneos como el que hoy se inicia para la selección española.