Tres años después

Walter Laqueur, director del Instituto de Estudios Estratégicos de Washington (LA VANGUARDIA, 12/09/04)

Hace unos días el presidente Bush admitió que no se podía ganar la guerra contra el terrorismo, que lo único que se podía hacer era intentar hacerles la vida lo más difícil posible a los terroristas. Esto debería haber quedado claro desde hace mucho tiempo y me pregunto quién le dio la idea al señor Bush de que se podía lograr la victoria total y final, como ocurrió en las dos guerras mundiales o en la guerra fría.

Pero también es cierto que, tres años después del 11-S, la hoja de balances demuestra que al terrorismo internacional no le han ido muy bien las cosas. A pesar de todos los atentados que se han llevado a cabo, ninguno se acerca ni remotamente a la magnitud de los de Nueva York y Washington; de hecho, desde entonces no ha habido ningún atentado en suelo estadounidense y, desde el de Madrid, tan sólo se han perpetrado unos pocos en Europa. En el 2004 ha habido menos actos terroristas en Israel/Palestina, en el subcontinente indio, en Filipinas y en Asia Central que en los años anteriores. (Siempre hay excepciones y en este caso se trata de Rusia.) El hecho de que los terroristas iraquíes asesinaran a doce pobres trabajadores nepalíes y a unos cuantos indios no contribuirá a aumentar su popularidad en Asia. Aquellos que temían (o esperaban) que el 11-S fuera el inicio de una escalada de los atentados terroristas se han equivocado.

El terrorismo, por supuesto, tuvo un impacto político, pero no fue el que los terroristas querían. Si Bush obtiene la reelección en noviembre a pesar de sus errores y los reveses que ha sufrido, será gracias al terrorismo. Si el presidente Putin se mantiene en el poder, se debe, en gran parte, al terrorismo. Si Israel tiene un agresivo Gobierno derechista y si existen pocas posibilidades de que esto cambie en un futuro cercano, el terrorismo es, sin lugar a dudas, el motivo decisivo.

Este tipo de lógica paradójica no es una novedad en la historia del terrorismo; en la década de 1970 los terroristas llevaron a cabo una gran campaña de atentados en América Latina contra lo que ellos consideraban una represión gubernamental intolerable. ¿Cuál fue el resultado? Los gobiernos que eran como mínimo semidemocráticos fueron sustituidos por dictaduras militares brutales. Tal como dijo Regis Debray, “los tupamaros cavaron la tumba de la democracia en Uruguay”. Tras varios meses de inactividad, Hamas logró hacer estallar dos autobuses en Bersheeva. ¿Cuál será el resultado? Que los israelíes construirán un muro alrededor de Hebrón, de donde vinieron los terroristas, lo cual dificultará que se cometan atentados en el futuro. Esta medida resultará muy impopular en todo el mundo, y la ONU y el Tribunal Internacional la denunciarán por cruel e inhumana. Resultará muy doloroso para los israelíes que quieren tener una mejor imagen pero que, a fin de cuentas, preferirán que los critiquen en lugar de que los hagan volar por los aires. Hamas habrá conseguido una victoria táctica, pero cientos de miles de palestinos sufrirán las consecuencias.

Tres años después del 11-S, la hoja de balances es más negativa desde el punto de vista de los terroristas de lo que muchos creen en Occidente, pero por desgracia también es cierto que no existe el más mínimo motivo para caer en la autocomplacencia respecto al futuro. ¿Por qué? No se han encontrado armas de destrucción masiva en Iraq, pero se producen en otros países como Irán. Y no es una cuestión que involucre sólo a Irán, porque si se puede afirmar casi a ciencia cierta que el Gobierno de Teherán tiene la bomba atómica, Turquía, Egipto y otros países harán grandes esfuerzos para obtenerla también. A pesar de que no se debería conceder demasiada importancia a las amenazas expresadas por los generales iraníes, no hay que ser tan optimistas en cuanto a las posibilidades de que Irán venda este tipo de armas, por muy rudimentarias que sean, a grupos terroristas. Existe un peligro similar que implica a Pakistán: ¿qué ocurriría con las armas nucleares pakistaníes si llegara al poder un gobierno más radical o si se desatara una crisis interna que provocara el caos en el país?

En resumen, la era del terrorismo todavía no ha empezado, pero, a pesar de que con un poco de suerte quizá aún disponemos de diez años de margen, el reloj ya se ha puesto en marcha. Todo el mundo dice que habría que hacer algo contra este tipo de proliferación, pero nadie hace nada. Tal vez debería ponerse en práctica alguna medida de disuasión que funcionó durante la guerra fría. Pero la guerra fría fue entre lo que los politólogos llaman actores racionales; ¿funcionará contra creyentes fanáticos, funcionará contra el terrorismo? Y antes de que se inicie la época del megaterrorismo, siempre existe la posibilidad de que un único acto terrorista importante desate una guerra a gran escala.

Hace tres años del atentado de Manhattan, y exactamente noventa del magnicidio de Sarajevo que desencadenó la Primera Guerra Mundial. Es cierto que una guerra de ese estilo (y por desgracia a uno se le ocurren varias situaciones que podrían desencadenarla) no será una guerra global, a buen seguro se trataría de un conflicto entre países pequeños. Sin embargo, en cuanto empieza una guerra resulta imposible predecir sus consecuencias políticas, económicas y ecológicas.

¿Qué se puede hacer para evitarla? Los políticos están demasiado ocupados para pensar en ello, ya que tienen que encargarse de la gestión diaria de la crisis. Nuestros filósofos están ensimismados, pensando en los derechos humanos que se han visto perjudicados en muchos países durante los últimos tres años, por culpa de gobiernos que se han escudado en la amenaza terrorista. Y me temo que nadie está prestando demasiada atención a los peligros mucho mayores que están por venir, y si hay alguien que lo está haciendo, ¿quién le escuchará?

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