Tres décadas sin Tierno Galván

Cuando se cumplen hoy 30 años del fallecimiento de Enrique Tierno Galván quienes crecimos a su lado nos preguntamos qué quedan de sus enseñanzas y de aquella mesura y templanza a la hora de concebir la convivencia, en lo humano y en lo político. Unas formas nacidas de la sabiduría, pero también de la formación, del bagaje cultural, que le indicaban que el buen camino es el que se transita paso a paso, sin saltos alocados ni búsqueda de atajos inciertos.

Quienes crecimos a su lado y aprendimos de su ejemplo compartimos una concepción del mundo y de la interrelación personal basadas en el diálogo, la comprensión, la transacción y la solidez en los principios éticos. Un espíritu que, se diga lo que se diga contra ella, marcó la Transición democrática, fundamentó su viabilidad y concilió a la mayoría de los españoles en una idea común, en una especie de motor utópico que nos ha permitido vivir con relativo sosiego tres décadas en el país más tradicionalmente alborotado de Europa.

Mucho de cuanto ocurre hoy en España y en el mundo lo expuso el ‘viejo profesor’ a finales de los años 70, en aquel extraordinario texto sobre ‘Europa y el fin de la utopía’. Analizaba el desarme moral de Europa, la necesidad de búsquedas de nuevos paradigmas, las amenazas del nacionalismo y la necesaria regeneración cultural.

Su lectura, hoy, continúa siendo un caudal de ideas que nunca se atendieron. Por eso 30 años después de su muerte la mayoría de los problemas mundiales, europeos y nacionales no han sido resueltos, sino que se han incrementado por un fundamentalismo de raíces religiosas, por la pertinaz insensibilidad del mercado y por el poder globalizador de las nuevas tecnologías.

El ‘viejo profesor’ nunca se asomó a los laberintos de la vida (y de la política) desde el desconcierto, sino desde la capacidad analítica de un matemático filósofo, por contradictorio que parezca. Se disfrazaba de antiguo y reflexionaba como lo hubieran hecho Aristóteles, Montesquieu, Rousseau y el dependiente de la tienda de ultramarinos de la calle Ferraz, contemplando así los diversos puntos de vista, como sobrevolando el problema.

Y luego, suspirando para acopiar una vaharada de aire fresco, exponía un pensamiento que con mucha frecuencia sorprendía a cuantos le escuchábamos. Mezclaba la sensatez con la ironía, la lógica con el sarcasmo y la contundencia con el posibilismo, y como sus conclusiones nos parecían, en muchas ocasiones, excesivamente generosas para el adversario, cualquier reacción radical de los más jóvenes la contrarrestaba pidiéndonos paciencia, sosiego y estudio, convenciéndonos de que el triunfo en política es la suma del sentido común y la capacidad de liderazgo, sin dejar de añadir después que actuásemos con cautela, sin soberbia, porque si uno se atribuye el mérito de la lluvia, no puede quejarse de que le culpen luego de la sequía.

No se puede saber cómo habría reaccionado ante el laberinto político español de estos días, resultado de los nuevos escenarios políticos, pero no es difícil imaginar que hubiera aconsejado el camino de la conciliación y de la renuncia, desbrozado en un diálogo de altas miras para encontrar una salida a la coyuntura vigente, para propiciar soluciones de Estado.

Pero para ello sería imprescindible la existencia de personas de su talante y de su concepción de lo global que presidieran un proceso que, dados los actuales pilotos, es de temer que zozobre. Si los dirigentes políticos, todos ellos, se tomaran unos días libres para repasar lo fundamental de la vida y obra de Tierno Galván, sería más que probable que luego pudieran sentarse a unas mesas de diálogo liberados del peso de los prejuicios y de algunas cargas ideológicas, muchas de ellas comprometidas con nadie, tan solo con ellos mismos y algunos de los suyos.

Sin renunciar un ápice, por supuesto, a los principios éticos que cada cual tenga, a los que nunca hay que desoír. Pero, si se piensa bien, hay mucho más de forma que de fondo en esos principios, en esos deberes morales endebles como todo principio moral defendido «a capa y espada» sin perspectiva histórica.

Por no adentrarse, dicho sea de paso, en los fundamentalismos nacionalistas que tanto daño están intentando procurar a una nación que decidió hace décadas renunciar a la independencia absoluta para fortalecer la unidad europea, optar por la igualdad de todos los ciudadanos y por la libertad relativa de los que nacimos en el seno de la comunidad occidental.

YA LO dejó escrito el profesor Tierno: «Descubrí dos clases de nacionalismos: el nacionalismo abrupto, casi salvaje, que está metido en la tierra y en la negación, y el nacionalismo inteligente que está incluido en la cultura universal y en la afirmación razonable respecto a la información universal y de la síntesis universal». Si algunos partidos nacionalistas reflexionaran sobre ello, acaso no transitarían por caminos cortados, con sus límites al vacío del abismo.

Treinta años después de la muerte del profesor Tierno, apenas tenemos puntos de referencia intelectual que nos indiquen soluciones o respuestas al conglomerado de problemas que estamos creándonos unos a otros, y entre todos a España.

Precisaríamos, en general, aquí y afuera, contar con dirigentes políticos y sociales que fueran más dados al pensamiento que al impulso, al sosiego que al nerviosismo; a la lectura que a los platós de televisión. Y que además leyeran atentamente, como beben agua los pájaros: una mirada al papel y luego levantar la cabeza para digerir lo leído.

Creo que Tierno Galván, hoy, nos diría algo así. Aunque entre tanto vocerío, nadie lo oyera. O le prestara «oídos de mercader», como a veces se lamentaba en sus bandos municipales.

¡Cómo se nota su ausencia!

Antonio Gómez Rufo es escritor.

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