Tres jóvenes en Auschwitz

Por Antoni Puigverd (LA VANGUARDIA, 31/01/05):

Uno de los libros más sutiles y conmovedores sobre el exterminio de los judíos durante el periodo nazi es una novela que no habla de los campos ni de su horror, sino del descubrimiento de los claroscuros del amor. Me refiero a El jardín de los Finzi-Contini, de Giorgio Bassani. La narración está situada en 1951, años después del holocausto.

Paseando entre unas tumbas etruscas, el narrador evoca a una chica de la que estuvo enamorado: la imprevisible y espontánea Micòl, hija de una aristocrática familia judía de Ferrara. Los Finzi-Contini eran laicos y no se relacionaban con la comunidad judía. Poseían una gran mansión rodeada de un jardín invisible. Cuando las leyes de Mussolini empiezan a crear dificultades a los judíos italianos, los Finzi-Contini abren la casa y el jardín a los jóvenes judíos de Ferrara. Las relaciones que tejen estos jóvenes fundamentan la novela. Estimulados por los juegos, la intimidad y las lecturas, discuten con pasión, se divierten, descubren las ideologías y abren los ojos al mundo: henchidos de entusiasmo, atormentados por las primeras decepciones. La novela recrea con deliciosa sutileza el tránsito de estos jóvenes a la edad adulta. Sobre ellos se proyectan los habituales claroscuros de la edad, pero también la sombra inquietante de la historia. Esta sombra, y aquí está el acierto principal de la novela, no empaña la formidable experiencia juvenil, aunque la determina y condiciona. Como todos los jóvenes, ellos probarán las agridulces frutas del amor y la amistad; y abandonarán lentamente los muros protectores del jardín. Y, sin embargo, su viaje vital no culminará, como sucede generalmente, con las renuncias de la edad adulta, con la resignada aceptación de la realidad ante la que, de una manera o de otra, todos acabamos claudicando. No, aquí el viaje de la juventud conduce
a los hornos crematorios. Esos hornos engulleron a Micòl.

Bassani habla en forma elíptica de los campos de exterminio. A pesar de su origen judío, se libró de ellos al comprometerse con los partisanos antifascistas, años antes de que Mussolini entregara a todos sus compatriotas hebreos. El autor que con más precisión narra la infravida de los campos nazis es, como todo el mundo sabe, otro italiano extraordinario, Primo Levi. Si esto es un hombre no parece una novela, aunque los hechos que describe están presentados, como ha señalado Jordi Llovet, según las normas de la narrativa realista: la infinita crueldad de los verdugos; las impensables torturas que jalonan de día y de noche la realidad cotidiana de los internos. La narración del horror, apuntalada por los mecanismos de la novela, consigue iluminar mejor la verdad que un testimonio espontáneo o un trabajo histórico. No voy a resumir en cuatro líneas el infierno de Auschwitz, pues sería una burla. Transcribiré tan sólo un fragmento del apéndice que, pensando en las nuevas generaciones, escribió el propio Levi para una edición escolar del libro. Ami entender, la cita subraya la aportación básica de la novela, a saber, que la operación de exterminio implica por parte del verdugo la previa deshumanización de sus víctimas. “En los campos no sólo se producía la muerte: una inmensa cantidad de detalles maniacos y simbólicos servía para demostrar y confirmar que los hebreos, los gitanos y los eslavos eran animales, hierba para ser pisada, inmundicia. Hay que recordar el tatuaje de Auschwitz, que imponía a los hombres la marca que se usa para el ganado bovino; el viaje en vagones para animales, nunca abiertos, a fin de obligar a los deportados (¡hombres, mujeres y niños!) a tumbarse durante días entre sus propios excrementos; el número de matrícula en lugar del nombre, la falta de distribución de cucharas (a pesar de que en los almacenes sobraban) que obligaba a sorber la sopa a la manera del perro, el aprovechamiento de los cadáveres, tratados como cualquier anónima materia prima: el oro de los dientes, cabellos como material textil, cenizas como fertilizante agrícola, hombres y mujeres convertidos en cobayas…”.

Levi sobrevivió a Auschwitz, paradójicamente, gracias a una enfermedad. Lo mismo le sucedió al adolescente Imre Kertész, judío húngaro que sobrevivió en la enfermería, entre cadáveres. Sin destino narra el sufrimiento y la crueldad desde la óptica de alguien apenas recién salido de la infancia. Un sufrimiento que tampoco puede contarse en cuatro líneas. Finalmente, regresa a Budapest. Cadavérico. Su aspecto provoca indiferencia, incredulidad o interés mezquino. Sus padres han desaparecido en los campos. El piso está ocupado. Unos ancianos vecinos le invitan a cenar. Le escuchan. El joven habla y habla. No le basta con saber que ha viajado al fondo del horror a causa de su condición de judío, una característica de la que antes de ser deportado no tenía conciencia. No le basta este destino, no le sirve para entender el porqué. Habla y habla. Llega un momento en el que los ancianos judíos no pueden soportar sus palabras. Ellos quisieran que el sufrimiento de millones de hermanos exterminados tuviera, al menos, un sentido. El joven Kertész no lo encuentra. Desolados, los ancianos judíos le piden que se calle. Nuestro deber, en cambio, es hacer que el libro siga hablando. Las páginas del monólogo final de Kertész tocan el nervio más íntimo: la falta de sentido de la tragedia humana. Son las palabras más impresionantes que he leído en mi vida.