Tres mordazas

Una mordaza es un instrumento que impide morder o hablar, en sentido figurado cualquier cosa que ponga obstáculos a la libertad de expresión. Transmitir los pensamientos en voz alta puede que sea una primera forma de resistencia cuando se viven situaciones de injusticia. Dar cuerpo lingüístico a la discriminación ya supone una defensa. Por eso cuando de lo que se trata es de imponer cierto orden evidentemente injusto, la ley del silencio resulta una herramienta imprescindible que hay que imponer primero y transmitir luego mediante la educación.

En una sociedad democrática se supone que las restricciones sobre la libertad de decir son ya anecdóticas, al menos por ley, pero no estamos precisamente en el momento histórico en que resulte más fácil escapar a las restricciones a esta libertad. Observo desde hace tiempo las distintas mordazas que sufrimos o hemos sufrido las mujeres que venimos de un contexto migratorio y puedo enumerar al menos tres.

Machismo

El de toda la vida, el que es universal pero se concreta en formas muy locales, bien particulares. Puede ser explícito, encarnado en la figura típica autoritaria que dice que no puedes hacer, no puedes ser, no puedes decir, por el simple hecho de que eres mujer, pero lo más probable es que se manifieste como se manifiesta en la mayor parte de los sitios, a través de una sofisticada estructura que abarca el control de todas y cada una de las facetas del individuo. Nos enseñan, desde pequeñas, que por el simple hecho de no ser nuestros hermanos varones, tenemos que comportarnos de forma distinta, movernos de forma distinta, vestirnos de forma distinta, ser, hacer y decir de forma distinta. O más que distinta, igual en tanto que miembros de la sección femenina. Es un machismo que impone espacios para hombres y mujeres, códigos de vestimenta concretos para que crezcamos asumiendo que hay sospechoso en nuestros cuerpos.

Nos cuentan desde edades tempranas el mundo restringido que nos corresponde. Antes, el método para imponer este silencio sobre la fragrante discriminación en la que vivíamos era impedir que accediéramos al conocimiento, a la educación y la cultura, que son las herramientas más peligrosas para el mantenimiento del orden, pero en una sociedad donde la educación es obligatoria la estrategia ha cambiado y ha pasado a ser la de camuflar el machismo dentro de las reivindicaciones de identidad grupal. En este caso, las normas específicas para la mitad de los individuos son defendidas en nombre de la pertenencia, las raíces, la cultura o la religión propias que se tienen que conservar en un entorno que las quiere diluir.

Racismo

Mucho antes de que pudiéramos dar cuerpo y voz a nuestros discursos feministas, los racistas ya hablaban por nosotras. Sin que se nos hubieran acercado nunca, sin conocernos de nada, no solo sabían exactamente en qué dificultades nos encontrábamos sino que se erigieron en nuestros portavoces dado que nosotras, pobrecitas, no teníamos las capacidades mentales mínimas para defender nuestros derechos.

Después de que el colonialismo intentara legitimar sus intervenciones en tierras ajenas por el machismo salvaje de los nativos que iba a dominar, vino la extrema derecha xenófoba a justificar su racismo por la forma denigrante con que algunos colectivos trataban a sus mujeres. No faltan ejemplos en las tribunas públicas de personas que hablan en nombre de unas mujeres con las que nunca han tenido ningún contacto. No solo eso sino que a menudo ignoran deliberadamente la voz de aquellas que la hemos alzado para reivindicar nuestros derechos. Es un secuestro en toda regla del discurso feminista y por eso una forma de imponer el silencio.

La corrección política

Ante este panorama, ¿qué hacer?, ¿qué decir? Imposible no dudar, no desorientarse en un mar de discursos en los que somos siempre objetos y no sujetos de pleno derecho, en el que todo el mundo sabe qué nos conviene y qué tenemos que hacer. La corrección política no podemos decir que sea una mordaza equiparable a las dos anteriores, no se puede comparar con la usurpación del racismo ni mucho menos la alienación del machismo, pero también nos obliga a callar a menudo.

El espacio público es común para todo el mundo, no hay uno particular para cada colectivo y mejor que así sea, pero resulta evidente que no haremos proclamas feministas con la misma comodidad cuando sabemos que van a ser utilizadas en contra nuestra para justificar medidas radicales que no pocas veces pasan por propuestas de deportaciones masivas. También la sensibilidad de algunos sectores políticos frente a la situación de las minorías puede llevarnos al extremo de relativizar incluso el machismo y considerarlo secundario frente al racismo.

Najat El Hachmi, escritora.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *